Por: Carolina Echeverri O

El Cruce Columbia es una de las carreras de trail más antiguas y famosas de este continente por su antigüedad, lleva 17 años; por su distancia, 100 kms en total; por su formato, 3 días; por la logística, se duerme dos noches en campamentos; y por su calidad y excelente organización. Una carrera que cumplía con todas las expectativas de una corredora amateur como yo, por la geografía en la que se desarrolla (los Andes Chileno-Argentinos), porque cada año cambia la ruta y se reinventa, y porque ofrece todo lo necesario para hacer de ésta, más que una carrera, una experiencia de vida.

O por lo menos así la viví yo. Porque correr montañas, sea donde sea, es como una prioridad de mi vida, como una obsesión. Y estar en los Andes, en el sur del planeta, lo convertían en un sueño y un reto que logré hacer realidad. Esta es la crónica.

La historia

Digamos que mi año 2018 estuvo destinado solamente a entrenar para esta carrera, pero tuve otras aventuras, igual de increíbles, de la mano de mi coequipero Atómico y nuestro proyecto Estoy Vivo, que incluyeron dos grandes travesías: Peruloid y Sin Tripas Corazón, la participación en carreras como La Cocha Trail en Pasto, la Media Maratón de Medellín, el Campeonato Nacional de Trail en Cali y 5K en Ibagué, lo que me ayudó a sumar kilómetros y a convencerme cada vez más de que podría hacer una carrera tan larga.

Todo esto de la mano de mi Coach Andrés Cubides, quien desde el inicio me dio su mejor energía para llevarla a cabo y, a pesar de no ser tan juiciosa con los entrenamientos por todas las actividades que ya mencioné, él siempre estuvo pendiente de mí, de mi salud, de la comida; me ayudó a armar la maleta, me prestó su mochila de correr, juntos estudiamos la altimetría de los tres días y su energía me acompañó durante toda la carrera. Gracias Andreu por estar siempre ahí, eres el mejor.

Así me fui para Chile: con kilómetros de montañas en mis piernas, el amor de Dani, Emilio y mi mamá, y la mejor energía de mis amigos cercanos. Estaba lista.

La carrera

El 3 de diciembre llegamos a Santiago de Chile y el 4 viajamos a Temuco en avión y por tierra a Pucón. Digo viajamos porque esta aventura la hice con mi amiga Cata, que fue la mejor compañía.

El 5 de diciembre fue la inauguración de El Cruce en la playa del Gran Hotel Pucón, con la asistencia de los más de 3.000 corredores de los tres días de largadas: el 6 salían avanzados y teams, el 7 amateur y el 8 otro grupo de amateur. Con este dato, imagínense la logística tan impresionante para tener -a la vez- dos grupos de 1.200 corredores en dos campamentos diferentes. Ahora les cuento por qué.

La noche del 6 de diciembre mi grupo (Amateur día 7) entregaba a la organización la maleta con todo lo que necesitaríamos durante los siguientes días en los campamentos. Para esto, ya nos habían enviado una lista de elementos obligatorios más otra de sugeridos. Así que esa tarde dejé mi maleta en unos camiones enormes que se las llevaban y sólo me quedé con lo que usaría el primer día de carrera. Esa noche, como podrán imaginarlo, casi no dormí; los nervios y sobre todo la emoción eran enormes, así que me desperté mil veces en la noche. Hasta que sonó el despertador.

Primera etapa. La nieve

Puedo decir sin dudarlo que fue la etapa más emocionante.

A las 7:30 de la mañana del 7 de diciembre salimos en buses rumbo al lugar de largada. Antes de subirnos a estos, tal y como nos lo habían informado, debíamos mostrar a los voluntarios de la carrera nuestras maletas de carrera para confirmar el equipo obligatorio: hidratación, primera capa, impermeable y que los geles fueran en empaques reusables. Esto por un tema ambiental, para no dejar rastro en los caminos.

Ya en los buses nos desplazamos unos 50 minutos hasta llegar al lugar de la largada. La fila de corredores era enorme, nunca había visto tanta gente; muchos voluntarios organizándonos en filas de cinco personas que es como saldríamos, lo cual hizo que fuera menos lenta la largada de toda esa multitud.

No puedo explicar con palabras la emoción que sentía de saber que estaba AHÍ, que ya comenzaba todo lo que había planeado con tanto tiempo. Y como diría el Atómico: “más reversa tiene un bollo”. Salí con un grupo de brasileños. Mi cara de felicidad se ve en la foto, jeje.

Comenzamos por un carreteable que duró unos cinco kilómetros y al pasar el primero punto de hidratación (ellos lo llaman “oasis”) comenzó el ascenso por un bosque. Muy empinado y cerrado, lo cual hacía difícil poder pasar gente, y era mucha, mucha gente. Pasamos de 1.000 a 2.000 metros de altitud en 7 kilómetros, llegando hasta la nieve. Nieve de verdad, jeje. ¡NIEVE! Corrimos por el volcán Quetrupillán, el cual -por la época- aún tenía mucha nieve. Fue una sensación increíble sentir hundirse una y otra vez en esta superficie húmeda, escarchada y helada. Daba los pasos largos y como con saltos para no enterrarme, con lo cual iba más rápido. Y feliz. En un punto hubo una pequeña bajada que terminó siendo un tobogán de hielo, donde más de un corredor se regresaba para volverse a tirar, fue genial. La gente se divirtió mucho en este paso.

Y el mejor regalo: la vista… cadena de montañas nevadas donde sobresalía majestuoso el volcán Villarica con su fumarola encendida, y el Lanín y el Shoshuenco más lejos; el día estaba tan claro que valía toda la pena solo admirar los 360 grados de paisaje una y otra vez. Fue una emoción que no olvidaré jamás. Y de la nada, detrás de las montañas, salieron dos helicópteros de la organización: uno tomaba fotos y videos, el otro fue a dejar un violinista que, en uno de los pasos de nieve, estaba tocando una canción de Gun’s & Roses. Ya. Lo máximo. Todo era irreal y por supuesto inolvidable.

Llegamos a los 2.200 metros de altitud y comenzamos a bajar. Primero por una arenisca como morrena del volcán, que si la cogías rápido era como “surfear” (me la gocé un montón y me pasé un montón de gente también) hasta llegar a un bosque, que intuí era el mismo por el que habíamos subido y sí, luego viendo la ruta fue así, solo que ahora las raíces de los árboles no ayudaban a trepar sino que impedían un poco la bajada, tocaba tener mucho cuidado. De hecho, mucha gente se cayó en ese tramo.

Volvimos al mismo oasis, ahora en el kilómetro “veintialgo", y siguió el carreteable hasta llegar al mismo punto de donde habíamos salido. Era como medio día. Nos esperaba un río helado para descansar un poco las piernas, choripan, sandía, agua y bebida hidratante. Allí tomamos los buses que nos llevaron al primer campamento, a una media hora, dispuesto en un terreno muy muy grande donde estaban las carpas donde dormiríamos, las cuales tenían un número y al llegar te decían cuál te correspondía. Busqué mi maleta grande (la que había mandado el día anterior) ubiqué mi carpa, dejé las cosas y me fui a comer, moría de hambre. En otra carpa blanca y muy grande estaba el comedor: muchas mesas redondas con una opción increíble de cortes de todo tipo de carnes: res, cerdo y pollo, más pasta, ensalada y bebida (agua o hidratante. Cerveza y vino era pagando extras).

Comí feliz, después me fui a un río que estaba al lado del campamento, de aguas heladas, y con mucha fuerza de voluntad me metí para soltar piernas. Me estuve una media hora y volví al comedor, a seguir comiendo, jeje. Esa tarde hice tres amigos argentinos (Alex, Mario y el abuelo) con los que hablé y hablé y no paré de reírme.

En la noche cenamos juntos, el mismo menú del almuerzo, conversamos como hasta las 10 pm (a esa hora se oscurecía) y a dormir.

Afortunadamente me tocó sola en la carpa, con lo cual dormí a pierna suelta. Estaba cansada.

Segunda etapa. El clima

Quizá la etapa más dura, por el mal tiempo y la altura.

Diferente al primer día, el segundo amaneció nublado. Desayunamos y éste es tal vez el único lunar de la organización y consejo para los que quieran hacer esta carrera: muy pobres los desayunos: café instantáneo (que para mí es terrible) o té, y UN pan. Sí, UNO. No se podía repetir… ¿te vas a meter 34 kms y no te dan más de un carbohidrato? Que -para completar- venía con margarina (guácala) y una especie de mantequilla de chocolate barata (reguácala). Yo ni la probé y menos mal había llevado mantequilla de maní y mermelada de fresa. Pero en un solo pan… y sin fruta… casi lloro. En fin.

Salimos nuevamente en buses hasta el punto de partida, el mismo del día anterior, pero hacia otra ruta. Comenzamos nuevamente por un carreteable, en ascenso pero no muy marcado, hasta el kilómetro ocho, donde nos internamos en un bosque hermosísimo de araucarias; hacía frío porque era temprano, pero el cielo se había despejado por el viento, con lo cual no duró mucho. Cuando comenzamos a dejar el bosque para subir la ladera del volcán Villarica, los voluntarios de la carrera que estaban arriba nos pidieron sacar los impermeables: el clima dio un cambio drástico nada más salir del bosque, y los siguientes quince kilómetros fueron de llovizna, nubes muy bajas -que tapaban todo el paisaje-, tramos de hielo y barro, y un frío condenado. Llegamos a los 1.600 metros (después de haber arrancado en 800) caminando con mucho esfuerzo por el viento y el ascenso. No dio tregua el día.

Comenzó la bajada extrema en el kilómetro diez y ocho y todos pudimos comenzar a correr, pero más buscando el calorcito. Recuerdo que los voluntarios del oasis del kilómetro 25 nos dijeron que, a pesar del frío, el día había estado perfecto, porque al grupo del día anterior (avanzados y grupos) les había tocado el solazo de nuestro día 1 y varios corredores habían renunciado por golpe de calor… No sé… el frío también es duro. Pero es lo que hay, y se disfruta y se supera. Y se llega.

Llegamos directamente al nuevo campamento, el 2. Recuerdo que los últimos cinco kilómetros los hice con un uruguayo que no me dejó “morir”, porque yo ya quería solo caminar, y el hombre me animó y me conversó, y hasta hicimos un “pique” al cruzar el arco. Fue genial. Pero ahí dejé todo lo que tenía. Estaba muerta de los cuádriceps, y para rematar, con ese día tan gris, no daban muchas ganas de meterse al río que también tenía este campamento.

La disposición muy parecida a la del campamento anterior, aunque las carpas en otro orden, entonces tocó dar vueltas para encontrarla. Me metí como cinco minutos al río, el frío era terrible y estaba muy cansada. Me encontré con mis amigos argentinos y no fuimos a comer como si no hubiera un mañana. Luego me fui a la carpa que estaba tibiecita por el calor de la tarde y me quedé dormida un rato. Estiré pero no fue suficiente; la carga del día anterior y la de éste se sentían muy fuerte. Estaba muy adolorida.

Cenamos y a la cama. Me dolía todo. Me tomé un Dolex, me hice masaje en los muslos y a dormir. No sabía “con qué” iba a correr el último día, pero sí sabía que iba a correr.

Tercera etapa. La fuerza

La etapa más completa, más bella en variedad de paisajes y en caminos.

Arrancamos del campamento por el mismo carreteable del día anterior, ahora en ascenso fuerte, con lo cual dolían menos las piernas, hasta el oasis (kilómetro seis) y comenzó una bajada que me hizo ver estrellas, no podía casi correr sino caminar con mucho esfuerzo.

Llegamos a una zona muy abierta, parecía un río… y lo era, pero también era un brazo sólido de la lava de la última erupción del volcán Villarica años atrás. El paisaje era impresionante, todo gris y muy abierto. Saltábamos por las formas que había dejado la erupción y entre el agua del río que bajaba.

Luego nos adentramos en un bosque de retamos amarillos tan hermoso… me sentía como en una película, no podía creer que todo un bosque podía estar así de florecido, fue una belleza y un alivio a la mente, porque el cuerpo lo levaba “en la mala”. Mis piernas estaban reventadas, pero corría cada vez que podía, así fuera lento. En las subidas me sentía mejor, pero en los descensos (de 800 metros a nivel mar) era terrible, parecía impedida, me sentí real sobre todo de no poder exigirle a mi cuerpo, aunque realmente eso era lo que estaba haciendo.

Bajamos por un camino de piedra hasta el siguiente oasis, como en el kilometro 25 (faltaban diez) los cuales fueron todos en plano, los primeros tres por una autopista pavimentada. Esa parte fue dura, por el asfalto, pero muy emocionante porque los carros pitaban y gritaban dándonos ánimo, fue muy bonito, se sentía una emoción en el ambiente. Mi corazón por momentos reventaba de alegría, iba a llegar, era mucha emoción.

Los últimos kilómetros fueron por un bosquecito que rodeaba Pucón. Corrimos al lado de un río muy grande que entraba al lago Villarica, donde estaba la llegada. En ese pequeño tramo pasamos dos ríos pequeños, con mucho barro (¿en serio?) con lo cual era terminar con los zapatos repesados… para completar.

Llegó la playa. Estaba a 800 metros del arco de llegada. El corazón se me iba a salir, no podía creer que lo había logrado. Y ya saben lo que pasa en ese momento: se sacan las fuerzas de la “reserva” y se olvida el dolor y el cansancio; ya no hay hambre ni penas, sólo emoción pura que corre por las venas y las inyecta de adrenalina que te pone a correr y a sentirte el ser más feliz de la tierra. Ni siquiera me pareció tan terrible la arena, sólo trataba de contener las lágrimas de felicidad para llegar solo con una sonrisa; no podía entender llorar en ese momento.

Y llegué. Lo hice. El Cruce Columbia 2018. Puesto 507 entre 1.200 corredores del Día 7 amateur.

Hasta ahora, ha sido la mejor carrera de mi vida. Allí lo dejé todo, desde el dinero (porque me costó un montón, jajaja) hasta las piernas, o mejor, el cuerpo completo. Es una carrera que se merece un diez en todo y que recomiendo ciento por ciento. Los paisajes australes son impresionantes, nada parecido a nuestro trópico, así que, si se lo está pensando, es el momento de planear.

Lista de empaque

Hay mucha material para llevar a esta carrera, desde el obligatorio que va en la maleta con la que corres hasta el que hay que llevar para los campamentos, pero todo eso sale en las “cartas” que manda la organización. Sin embargo, aquí les dejo tres imprescindibles:

  • Polainas
  • Bastones
  • Tapaoídos (para las noches de carpa)

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