PACIFIKTRAIL SURAL, 2017

A veces veo a las personas adultas con sus rectilíneas y responsables posturas, conversando temas muy relevantes, y me pregunto, ¿cuándo seré adulto yo? Siento que mi cabeza y mi gesto facial es parecido al de los perritos cuando les hablas y como que entienden a medias y tuercen un poco la cabeza a un lado y arrugan el ceño.

El 7 de diciembre de 2016, a la salida de los 13 días de hospitalización, luego del ataque infructuoso de la “leptospira”, la doctora, muy carismática ella, me recomendó que me alejara de las actividades físicas extremas y que cambiara mis rutinas tal vez por un par de horas de gimnasio; consejo que fue muy bien recibido mientras salía del blanco y crudo lugar hasta el 31 de diciembre del 2016, día que empecé a forjar mi gesta para la “Master A”.

De acuerdo con mis resultados históricos en la “general”, que básicamente es un todos contra todos, anduve promoviendo, como que mi inesperado y acelerado ingreso a la categoría adulta sería un empezar a salir hasta en la caja premiada de los Choco Krispis; pero ante el consejo de mi carismática doctora, se me empañaba el sueño del cuarto de hora de fama.

Después de mis consabidos actos de contricción (no lo vuelvo a hacer, no lo vuelvo a hacer) y un par de suaves entrenamientos visitando a la Pachamama, ha llegado la hora de competir. Cinco meses después, ha llegado la hora de volver a las carreras, de volver a pararse en la línea de partida, ha llegado la hora de Pacifik Trail Sural 2017!

Muy relajados y serios, como la gente adulta, me presenté en el aeropuerto El Dorado de Bogotá con la Pandilla Atómica a las 4:30 am del día sábado 18 de marzo, para subirnos al remedo de ave que nos acercaría a cumplir nuestra cita en el Lago Calima, municipio de El Darién en el Valle del Cauca. Estando en los cielos, nos abrimos paso por entre un mar de nubes blancas y amarillas que el despunte del alba matizaban, inmensos valles de algodón más amplios que el mismo océano, dejando entre ver allá en el fondo el copete canoso del viejo y maltrecho gran Nevado del Tolima, compañero constante de mis días de buena suerte, compañero visible a nosotros por más de la mitad del vuelo, compañero que cuando perdimos de vista empezamos a observar los riscos escarpados que componen la cordillera central en cercanías a un próximo sueño: el Nevado del Huila.

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El volcán nevado del Tolima y la fumarola del Ruiz, punto de partida de esta aventura Pacifik Trail Sural…

Fue un vuelo fantástico, lleno de buena suerte, suerte que iba a necesitar, pues anhelaba el podio y mi mente ocupaba la mitad de su rendimiento en la concentración por ese objetivo.

Amigos de todos lados por casualidad en la ruta se hicieron presentes, no era para más, estábamos acudiendo a la más importante carrera de «trail running» de Colombia.

Las mismas coincidencias ocurrieron al llegar al parque principal de El Darién, donde los lazos de amistad se estrecharon y fundieron en abrazos y sonrisas, arengas de ánimo y fuerza para dar lo mejor de cada uno en su presentación. Demasiadas caras conocidas, había mucho nivel, era una gran fiesta y se pronosticaba una gran «leñera» (término usado para denotar mucha competitividad).

Qué alegría tan grande estar haciendo lo que más me gusta, estar vivo es de las sensaciones más grandes que mi cuerpo y mi mente experimentan: me encanta reír, gritar, hablar duro, burlarme de todo, sentirme activo, ser útil; pero también quería ganar, así pues que debía dejar salir la postura rectilínea de la «Master A», cosa difícil en mí, pero había que decidir.

 

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Los “rolos”, los de “la nevera”, a ponerle sabor a esta carrera, porque todos somos de la misma familia…

Domingo 19 de marzo

Estoy de pie junto a la línea de partida, fuimos los primeros en entrar al corral. Son las 7:20 am, al lado mío solo está Samuel Esteban Valencia Mora, compañero entrañable, hermano del alma, caballero de la mesa redonda, cómplice de mil aventuras, Pandillero… siempre con su sonrisa y sus ojos expectantes a la construcción de más aventuras, siempre inteligente y sabio, siempre humilde, siempre con una palabra indicada, pero esta vez no se la acepté, esta vez le contesté y le dije que quería ganar, que esa era mi pretensión y por ende mi amargura. Sentía mucha presión, tenía muchos nervios, ansiedad, mareo; fueron llegando muchos corredores, poco a poco nos fueron quitando la zona privilegiada de ser los primeros y nos desplazaron unos metros hacía atras, yo trataba de calmar mis ánimos cantando «highway to hell» de AC/DC, mientras usaba mi visión periférica a modo de «Terminator» para escanear a los rivales y determinar cuáles eran los «Master A».

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El ambiente era propicio para sentirse una máquina, era propicio para sentirse soldado de la única guerra que me encanta luchar, miraba hacia el frente y veía candela, veía «la autopista al infierno» (que canción más adecuada), veía al mamarracho de «Depa» haciéndose selfies con nosotros de fondo usando un gran sombrero vueltiao (solo salió él y el sombrero), que me recordaba, que esto era un chiste, que había que gozársela, que tenía que relajarme. Ya Samuel me lo había dicho, pero mi reprogramación volvía y sucumbÍa a mi naturaleza: quiero ganar, quiero ganar, 10, quiero ganar, 9, quiero ganar, 8, quiero ganar 7… quiero ganar, 1, sonó la chicharra, nos fuimos, en la pista de partida, luces de bengala, papelitos brillantes por el cielo, mucho ruido, música a todo volumen, aplausos, sonrisas y gritos en el público, se prendió la fiesta, se armó la guerra, identifiqué dos «Master A» que tomaron la delantera, yo era el tercero, a buen paso sostenía la posición, rápidamente ahí nos encasillamos con cautela, fuertes pero resevados, atacamos la primera cumbre, todos en filita, nadie pasa a nadie, descenso rápido, el que se descuida pasa atrás, es un juego, recuerdo a Carlos Olarte y a Andrea Mesa Salcedo: cada 20 minutos tomas hidratante. Miro el reloj, van 15 minutos de carrera y pensé que llevaba dos horas, la presión me está fundiendo, Dios santo, me quiero rendir, un campesino me grita:

– ¡Vamos! ¡Con toda que es planito!

Reviso mi cuerpo, trato de sentir cómo va la máquina, prefiero guardar energía y establecerme a un mismo ritmo, bajar un poco la presión, me pasan algunos corredores, pero son «categoría general», no son rivales…
Pienso: 21k se hacen en 2 horas y algo, llevo 15 minutos, voy regulado y todos hacen lo mismo, relax Dani, relax…

Se viene el ascenso fuerte, con él aparece Elkin Yesid Quintana dándonos las posiciones en la genera. A mí me dice: 38, que fue una sorpresa, pero según mis cálculos seguía tercero en la categoría, en ese instante me pasó un «Master A» flaco y alto, le pregunte:

– ¿Edad?
Contesto:
– 44…

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Foto tomada de la revista Vida Corrida

Saqué todos mis argumentos, no me voy a dejar quitar la casilla, empecé a pasar gente en la subida, alcancé a pasar unas 15 personas, me sentía muy fuerte y liviano, miré hacía atrás y el 44 había desaparecido, pero no me relajé, seguí apretando, iba de primero en ese lote, seguía apretando, estábamos en un camino muy selvático, muy húmedo con una pendiente como al 25% – 30%, había que sacar la doble y el bajo pa’ escalar, había mucho lodo, fijándome bien dónde pisaba, resbalé y perdí un zapato que se quedó anclado al suelo, me pasaron 5 personas… y ahí lo ví, a unos 30 metros, un «man» acuerpado, de unos 72 kilos, de unos 1.77 metros de estatura, vestido de pantaloneta blanca, la camiseta oficial del evento, y tenis normales, no llevaba sistema de hidratación, no tenía medias, no llevaba gorra ni pañoletas, estaba brutalmente sudado, pero se veía firme, se veía concentrado, me estaba alcanzando y ese man fijo tiene 40… me dio terror y salí despavorido, aún estábamos escalando, pasé los cinco y retomé mi posición, pero no se me salía de la cabeza esa máquina, de ahí en adelante miraba para atrás cada cinco minutos, intenté dejar todo en la subida para alejarme de ese lote, yo soy muy ágil en ese lugar, pronto me sentí solo y me tranquilicé un poco y caí en la cuenta que no había disfrutado del lugar selvático tan increíble en el que estaba, traté de mirar al horizonte y de respirar profundo pero apareció el «man» otra vez, no lo podía creer, corrí, corrí mucho, ya era de bajada, «surfié» sobre el lodo, y empezaron a aparecer los síntomas de calambre, me tocó bajarle un poco el ritmo, me empezaron a pasar algunos de la «categoría general» y la Campeona María Eugenia.

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Foto tomada de la revista Vida Corrida

Mientras no fuera el «man» todo estaba bien… Sentía mucha angustia, traté de bajar lo más rápido que pude, pero había perdido mucha energía en el ascenso, me dolían los cuádriceps, pero me rehusaba a que alguno más me pasara, así que apreté un poco, llegué al kilómetro 18, agarré una manotada de banano y seguí corriendo como alma que lleva el diablo, miré hacia atrás y no veía al «man», estaba cerca de la meta, empecé a dar todo lo que tenía, daba grandes zancadas, iba muy rápido, ese tercer lugar era mío.

Muy concentrado, kilómetro 19, manejando la respiración y dando grandes zancadas con mucha fuerza y velocidad, escuchaba el viento en mis oídos como un huracán, las brazadas eran amplias, el galope era… era… era… un momento, escuchaba una arritmia rara, no era mi galope, se escuchaba algo particular, se escuchaba como si unos pistones empujados por un gran cigueñal golpearan el suelo, volteé a mirar hacia atrás y era el «man», venía como cuando el Terminator de mercurio quería alcanzar el auto de Sarah Connor, miré al frente, yo venía con todo lo que tenía, no sabía qué hacer. Pronto me pasó, traté de hacerme a la espalda y seguir su paso y atacarlo en los últimos 500 metros, pero no fue posible, vi perplejo cómo se alejaba, no tenía con qué atacarlo, se llevó el tercer puesto a un kilómetro de la meta.

No ingresé al cuadro de honor de la categoría, pero en el fondo, no es por falta de fortaleza, es por que siento que aún no se cómo ser un adulto «Master A».

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La llegada