Por: La Caracola Mágica

RELATOS SONOROS DE LA MONTAÑA

Me siento muy contenta de poder encontrar este espacio para conectarme contigo. Pero no, no hablo de la lectura que estás haciendo, sino de la escucha… de esta historia de montaña a través de mi voz y los paisajes sonoros de ese lugar tan mágico que narro en el primer episodio de Relatos Sonoros de la Montaña. Aquí está.

https://open.spotify.com/episode/0U4dc5iB4jhk7EridCAKFd?si=xc1aWeE1TC6zEjqwalnyuw

Gracias por regalarte ese momento para caminar con el corazón. Aquí queda la historia y algunas fotos de ese inolvidable momento.

LA SERRANÍA DE LOS ÓRGANOS

Parque Nacional Natural Chingaza. Refugio de Monterredondo
31 de diciembre de 2017

Llevamos dos días en el parque. Hemos recorrido algunos senderos, descubriendo lo que hay más allá de la mirada, más allá de lo que crees que ves. Dani está estrenando su cámara de fotos y sus mejores modelos han sido los venados de cola blanca y algunas aves que ha podido capturar al vuelo.

Esta mañana nos levantamos temprano, con el alboroto matutino que montan las aves hacia las cinco, cinco y media, y nos quedamos ahí, en la carpa, arrunchaditos, escuchándolas, intentando descubrir los diferentes cantos, pero como no somos buenos en esas lides, nos quedamos dormidos un par de horas.  

A las siete y media quedamos de vernos con Emilse, una de las guía del parque, pero en el desayuno nos informa que debe volver al municipio de La Calera y no podrá acompañarnos, así que escuchamos sus indicaciones y salimos en la camioneta rumbo a nuestro destino de hoy, la Laguna de Chingaza.

El primer tramo del camino lo hacemos en la camioneta, lo cual no impide que igualmente sea un trayecto muy bello: los paisajes son vastos e imponentes, los planos de las montañas nos sorprenden en cada curva que da la sinuosa carretera destapada, así como los curiosos venados que nos encontramos a lado y lado del camino, un poco más tímidos que los del refugio.

Paramos infinidad de veces a maravillarnos con el paisaje… estas montañas, su soledad, su inmensidad nos sobrecogen y nos hacen venerar el lugar, tal y como lo hicieron en su momento nuestros sabios antepasados. 

Las montañas… y yo

Cómo no estremecerse con el poder de la infinita tierra alejada de la mano del hombre, con su hermosa y única vegetación de frailejones, chusques, mortiños, encenillos; colchones de musgos y líquenes trepadores, cascadas que brotan de la nada… todo parece extenderse hasta perderse la vista en la lejanía, con el silencio ensordecedor que trae el murmullo del viento y la neblina que pasa dejando un velo de misterio entre nosotros y el camino. 

Ahí estamos parados, maravillados con el más bello retrato natural que existe: la infinidad de las montañas. Y allí nos quedamos una vida entera dejando que el mundo siga y nos penetre por todos los sentidos.

Pasados unos kilómetros dejamos el carro a la orilla de la carretera y nos preparamos para comenzar nuestro viaje a pie, pero antes le pedimos permiso a la montaña, para que nos reciba con amor y nos permita disfrutar de todo lo que ella quiera regalarnos.

El camino es cerrado y tupido, lo que demuestra gratamente la poca presencia humana por aquí. 

Entrada al sendero de la laguna

A la izquierda vamos viendo y rodeando la laguna, siguiendo las indicaciones que nos dio Emilse y la buena señalización del sendero.

Unos 800 metros más adelante el túnel verde por el que venimos se abre y encontramos un descampado por donde podemos acercarnos a la laguna. Es la laguna de Chingaza, santuario para los indígenas que poblaron estas tierras, donde se realizaron peregrinaciones, festejos y ofrendas. Nosotros también traemos la nuestra: días atrás, en casa, tejí dos pulseras trenzadas en yute como símbolo de nuestra unión, amor, amistad, gratitud y vida juntos. 

Nos acercamos a la orilla por una playa de pequeñas piedras. En silencio escuchamos el viento, el agua, la montaña, el presente que nos dibuja en un retrato que se quedará guardado en nuestra memoria. Nos quitamos las pulseras, las anudamos juntas y las dejamos en el agua… en silencio, cada uno agradece a la madre tierra y pide con devoción algo para el nuevo año que nos espera mañana. Las pulseras desaparecen, rápidamente se vuelven parte de la naturaleza.

Nos sentamos un rato en las piedras a contemplar este cuadro fantástico, imposible de pintar o retratar, y detallamos el color del agua, su reflejo plateado por el cielo que está nublado, el delineado borde de la laguna que nos hace notar su grandeza, los picos que salen de las montañas de donde viene un hilo del río que llena la alguna. Los pececillos que entran por allí en una corriente rápida y helada, cuántos peces.

Comenzamos a caminar por la orilla del río, tratando de identificar los peces que lleva, cuando de pronto Dani alza la mirada y dice entre susurro y falta de aliento: el oso.

Ahí está, es un pequeño gran osezno, muy negro. Está a unos quince metros de nosotros, en el mismo llano pero con un pastizal alto que lo protege. Se alza en sus dos patas traseras para buscarnos y mirarnos… mueve su hocico de forma extraña, lo cual nos hace pensar que nos está oliendo, intrigado por saber quiénes somos, o qué somos. Nosotros, mientras tanto, nos hemos quedado estáticas, como en una película en pausa. 

Muy lentamente Dani saca la cámara para tratar de hacerle algunas fotos. El oso no avanza pero tampoco retrocede, sigue muy curioso parándose en sus patas para no perdernos de vista, y cuando se agacha retrocede y mira para atrás, tal vez esperando ver a su madre, tal vez buscando un lugar seguro. Nosotros seguimos en el mismo sitio sin movernos, el oso está más cerca de los arbustos, de la montaña, de donde vino. Poco a poco comienza a echarse para atrás hasta que se da la vuelta y se pierde en el monte cerrado. 

Apenas en ese momento nosotros volvemos a respirar, o así nos los parece. Nos miramos sin estar seguros de lo que acabamos de ver, nos acercamos y nos damos un beso. Es quizás el momento más bello para cerrar el año, es el regalo de Chingaza, de la tierra, de la vida entera.

Desde aquel día el oso andino, también llamado oso de anteojos, es como nuestro amuleto. Siempre está presente en nuestras conversaciones, en los recuerdos, en los dibujos y los sueños que tenemos. Ha sido el mejor regalo y por eso inaugura los relatos sonoros de la montaña.

Laguna de Chingaza

El Parque Nacional Natural Chingaza, es un tesoro hídrico y cultural del centro de Colombia, la magia de sus montañas y lagunas guarda secretos y pensamientos heredados de los Muiscas y los Guayupes, pueblos indígenas que resguardaban este territorio, así como de comunidades campesinas que habitan la región desde hace unos 40 años. 

Es refugio de fauna y flora de la cordillera oriental de los Andes, y sus ecosistemas predominantes son los bosques alto andinos, subandinos y páramos. Abarca poco más de 76.000 hectáreas en 11 municipios de Cundinamarca y Meta y va desde los 800 hasta los 4020 metros sobre el nivel del mar, por lo que su clima varía desde cálido, templado y frío, con temperaturas entre los 2 y los 21° C.

Chingaza es una de las áreas más importantes y estratégicas del Sistema de Parques Nacionales, ya que es el proveedor principal de agua para la ciudad-región de Bogotá.

Esta ilustración es de Dani Caribe Atómico