mi historia sagrada

Solo porque estar vivo ya es un privilegio.

Nuestro mundo ya tiene como tradición celebrar el último día del año con un gran festejo para recibir la media noche, estrenando la “pintica" que le trajo el Niño Dios la noche de Navidad, fundiéndose en abrazos y exclamaciones de buenos deseos para con el prójimo, con una adición de rituales extraños como ponerse calzones amarillos pa’ la buena suerte, darle la vuelta a la manzana con unas maletas pa’ viajar todo el año, comerse 12 uvas que representan doce deseos y demás agüeros (en los que no creo), que hacen de la especial celebración una “recocha” simpática donde definitivamente prima la buena energía y la felicidad de todos.

Normalmente a mí me gustan ese tipo de “recochas”, pero para el fin de este año 2017, como dice la canción (jamás podré dejar de hacer citas musicales): “Yo no olvido al año viejo, porque me ha dejado cosas muy buenas”, sentí que, más que pedir o anhelar suerte y prosperidad, había que dar gracias, y después de todos esos días de alegrías y “recochas” vividos en el 2017, de tantas reflexiones, mil oportunidades, nuevos y grandes amigos, y un nuevo cariño pa’l corazón, pensé que lo mejor era despedir el año en el lugar que más satisfacciones me ha dado: La montaña.

 

 

Según Wikipedia:

“Una montaña es una eminencia topográfica (elevación natural de terreno) superior a 700 m respecto a su base. Las montañas se agrupan, a excepción de los volcanes, en cordilleras o sierras. Las montañas cubren 53 % de Asia, 58 % de América, 25 % de Europa, 17 % de Australia y 3 % de África. En total, un 24 % de la litosfera constituye masa montañosa. Un 10 % de la población mundial habita en regiones montañosas. Todos los ríos mayores nacen en áreas montañosas y más de la mitad de la humanidad depende del agua de las montañas.”

Qué vaina más técnica para algo tan sagrado. Qué afortunado ser parte del 10%.

Quisiera ir un poco más allá y entender (y explicar en estas líneas) algo sobre qué es la montaña, y bajo esa premisa cuadramos la ruta del viaje hacia lo desconocido (siempre será una nueva prueba - aventura), en este caso, con el objetivo claro de dar gracias, meditar, aquietarse e intentar empezar a sanar desde lo profundo del ser.

Curiosamente unas horas antes de partir me llamó mi nuevo gran amigo Saúl quien, preocupado por mi salud, me convidó a iniciar mi sanación desde lo espiritual, desde lo intangible e inexplicable pero a la vez grandioso como lo es la fe. Nos citamos y oramos de rodillas echando camándula por espacio de una hora en un hermoso templo colonial muy bien restaurado en el centro de Bogotá, con la firme convicción de creer en lo que estábamos haciendo, no como recurso de último momento, sino porque realmente sentía que lo necesitaba y que, a propósito, era una buena razón para volver a mi origen y a partir de ahí cimentar un nuevo y positivo pensamiento.

Mi conclusión, después de nunca haber hecho algo así, es que echar camándula por espacio de una hora de rodillas y concentrado, es una prueba muy difícil y más dura que correr una media maratón solo por la medalla de finalista (ver: La leptospirosis, asesino al acecho http://bit.ly/2lSNsLR ); pero sí puedo decir que al salir del templo me sentí liviano y contento: ¡Gracias Saulito!

Ahora sí estaba mi equipaje totalmente listo para internarme en el monte. 

Hablando de fe, me pareció que la fecha también era muy importante pues, como dije en líneas superiores, el 31 de diciembre tiene de especial que la gran mayoría de personas están en una actitud de buena energía y felicidad, y eso tiene que sí o sí abrir algún tipo de portal hacia lo desconocido, lo que podría llegar a clasificarse como ‘milagro’. Lo que quiero decir es que, según nuestro calendario, el 31 de diciembre es el fin de un ciclo solar que le da principio a uno nuevo, donde están todas las mentes sintonizadas en la dicha y prosperidad venidera, lo cual crea estados mentales en la sociedad de poder máximo que, junto con los ciclos terrestres, seguramente se alinean de manera que hacer realidad los “milagros” no es tan difícil. (El típico: todo está en la mente).

En mi caso personal -y hablo por mí y mi bacteria- quería hacer una especie de retiro, donde el objetivo principal era (y es) mi salud. 

Hacer este viaje, más que al corazón de la montaña, fue plantearme uno a mi propio corazón, a escudriñar sus entrañas, y de paso darme una vuelta por mi sistema inmunológico y reordenar el caos plantado por Lepti (nombre amoroso que le he dado a la Leptospira, bacteria que me posee, pero además me enseña). Y la forma era a través de dos objetivos/acciones: la primera, como ya mencioné, internarme en la montaña por los días de fin de año, en un lugar donde sabía que sólo estaría yo (y mi cómplice… que no es la bacteria) como figuras humanas, donde la escenografía estaría a cargo de la madre tierra. La segunda, era dar inicio a mis nuevas técnicas de respiración a través de las sensaciones captadas en mi ritual de inmersión en la heladas aguas de la laguna sagrada del páramo.

¿Whaaat? – Dirá usted que me está leyendo.

Le voy a explicar, pero primero quiero que sepa que pa’ mí el agua fría es pa’ rociar las plantas, no pa´ bañarme en ella. Pero ahí radican algunos de nuestros desórdenes.

El ser humano es una especie que se adaptó al mundo hace miles de años. Me refiero a eso, que se adaptó al mundo (ojo: hace MILES de años) o sea, a las condiciones presentadas en el planeta tierra de manera “natural”. No sabía cocinar, no preparaba los alimentos, usaba sus dientes para moler, usaba sus extremidades para andar por su propio impulso y voluntad y usaba su mente y sus capacidades para sobrevivir, entre otras varias habilidades. En los últimos años, 40 tal vez, el mundo de la especie humana ha cambiado (bueno, y el de todo lo demás), y lo ha hecho de manera radical por razones tecnológicas sabidas por todos. Mi abuelita -hermosa ella- me contaba que el abuelito pa’ ir a visitarla, debía cruzar unas varias fincas, tal vez un río y caminar una buena distancia para verla. Hoy solo es necesario mandar un “wasá” (y se cuadra hasta ‘el polvo’). Así mismo, nuestros antepasados tenían la condición de usar su dentadura como tenazas para poder procesar los alimentos, entre los cuales se destacaban las semillas. Lo que quiero decir es que, en los últimos años, el ser humano ha venido subestimando sus capacidades y entre ellas la que más me llama la atención en este momento es: se nos olvidó respirar. Sí, respirar. Una acción que la mayoría, por no decir todos -y me incluyo-, se nos olvidó. Una acción involuntaria -sin querer entrar en detalles- donde usted y yo no somos conscientes de que respiramos, o como diría mi amiga Vallenata Sara Oñate: Bueno, tu respiras porque ajá.

Somos presas del mundo moderno y hemos perdido la capacidad de asombrarnos por lo que podemos hacer sin él de por medio; hemos reinventado en unos pocos años toda esa milenaria “adaptación” donde el hombre era fuerte y capaz, y nos hemos vuelto débiles y cómodos y, por lo tanto, nuestros cuerpos están perdiendo la “costumbre” y se están enfermando sin darnos cuenta, pues así es la in“evolución”, popularmente descrito como: “ya viene con el chip”.

Así pues, mi segundo objetivo era, a través de la compenetración con la fuerza de la energía de la montaña y de todos los buenos deseos de la humanidad por el fin de año, aprovechar para hacer un viaje mental vívido a mi interior, usando como vehículo el control de la respiración bajo las difíciles sensaciones producidas por las bajas temperaturas del agua sagrada de la laguna del páramo, e iniciar un proceso donde la meta fuera llegar a manipular sectores desconocidos como el sistema inmunológico, y curar. 

¿Whaaaat?

En resumen y para que me entienda, quería crear las condiciones necesarias para que mi mente se comiera el cuento y darle poder pa´ expulsar por mis propios medios a Lepti de mi ser, y ya.

Una vez dentro del monte -rumbo a nuestro destino, a casi a 4000 m.s.n.m, en el sector del páramo sagrado, monte especial por su asombroso relieve, producto de inimaginables fuerzas capaces de fracturarlo y crear espectaculares precipicios de rocas afiladas puestas en vertical por causas tectónicas (cuchillas), pobladas con un sinnúmero de nubes enredadas en las cumbres puntiagudas y decorado de forma masiva en sus faldas por el rey amo y señor vegetal: el frailejón- la energía recreada por el poder de la mente empezó a dar sus frutos: alcanzamos a ver huir un venado de cola blanca por los matorrales. Fue un momento fugaz pero lleno de emoción, augurio de cosas extraordinarias. 

Alcancé a creer que ese momento había sido ya de por sí espectacular y que ya había sido un privilegio alcanzarlo a ver huir; no me sentía conforme pero sabía que ya era magnífico. Al poco tiempo apareció uno más, ahí, como si nada, me quedé absolutamente quieto mirándonos a los ojos, era un venado de cola blanca joven, no tenía cuernos. Yo reparaba en su belleza y trataba de decirle que me dejara enamorarme de él, quien con un dulce gesto inclinó su lomo y siguió alimentándose de la hierbita hasta que le di mi eterno adiós.

¿Cómo puede ser posible que me permitiera verle de manera tan “descarada”? Al volver en mí, la emoción era tan grande que la mitad de los dolores ya se me habían quitado. Era medicina pura. Ya me había dado por bien servido.

 

 

Llegamos al lugar indicado por las autoridades para levantar el campamento y pronto cayó la noche. En el horizonte Chía (la luna), casi llena, hizo su aparición. Había en el cielo abierto una bruma de niebla liviana que permitía ver a través a la bella dama revestida de un anillo blanco al rededor de su redondez. La adoramos tanto y le recitamos varias poesías como nuestra alma de rock star borracho y enamorado podía crear en ese lúcido momento. El frío nuevamente se apoderó del ser y nos condujo a buscar refugio y regocijo al calor de una agua e’panela, y en el camino ¡otro venado! en la inmensa oscuridad el precioso animal se cruzó en nuestro camino y ni nos determinó. Ya iban 3.

Al despuntar el alba los pajaritos empezaron a hacer de las suyas. Yo dormía profundamente hasta que el barullo (hermoso canto) me retornó a la conciencia, que inicialmente determinó que mi posición dentro de la bolsa de dormir emulaba perfectamente a la de Emily Rose en “El Exorcista”. Entonces pude captar diferentes cantos que, fácilmente, en vez de enamorarme me hicieron sentir que era una invasión/conquista y hasta me dio miedo salir a mirar (sátira), pues seguro afuera había millones de ellos, así que me arrullaron para continuar mi exorcismo, qué digo, mi sueño.

Rato después, un nuevo sonido me trajo a la realidad y me pregunté: ¿quién podrá estar arrancando hierba? Corrí la cremallera/cerradura de la carpa para asomarme a ver de quién o qué se trataba y, aunque no lo crea, era el venado alimentándose al lado de la carpa: 4. Al rato 5, 6, 7, 8… Dios (me da risa) ya había tantos venados que ni volteaba a mirar cuando aparecían. (Es un decir, hermosos todos, y mi corazón inmensamente feliz).

No era el objetivo del viaje, pero aportaba el ingrediente faltante para sanar: Magia y fantasía.

Nos encaminamos hacia la Laguna Sagrada de origen glaciar. En la travesía, otro rey del páramo pasó a saludarnos, esta vez el dueño de los cielos, el cóndor de los Andes, con su collar blanco y sus alas extendidas surcando las corrientes del aire, dio vueltas sobre nosotros. Más adelante y por causa de nuestra invasora presencia, alzó vuelo un águila de la copa de un árbol, llevando en sus garras algo que nos pareció era un animalito; tal vez arruinamos el momento preciado del almuerzo. Ya era medio día y los cielos estaban abiertos con poca nubosidad y suaves vientos tibios. Suhá (el sol) resplandecía contrastando los tonos del oro con los de la esmeralda y el lapislázuli. A tanta riqueza solo le faltaba una cosa más delante de nuestras retinas: el agua, que pronto apareció, reposada en el cuenco que forman las faldas montañeras para embriagar nuestros sentidos, al punto que el llamado o el permiso fue claro: había que sumergirse en ella y morir varias exhalaciones a su interior.

Ella fue primero, su respiración violenta me indicó que su piel era el límite, pero un empujón verbal la conectó y halló la felicidad. 

Finalmente mi momento llegó y me había preparado para él toda la semana, haciendo de mi baño diario en frío parte de la terapia y entrenamiento, hallando un placer masoquista al ejecutarlo. Varios minutos desnudo frente a la “serranía del dios de la noche”, lugar sagrado de ceremonias y ritos de nuestros ancestros chibchas, sintiendo el hielo en mis dedos de los pies y pidiendo permiso a Chiminigagua a través de Bochica, inhalé el oxígeno sanador hasta lo más profundo de mis entrañas, inflando todo mi sistema respiratorio al máximo; llevé luz blanca a todos los rincones de mi cuerpo, aguanté y exhalé todo el cáncer invasor, ese que corroe el alma y el espíritu, hasta un veinte por ciento y, volviendo a inhalar luz, mientras me daban la orden de entrar así, poco a poco, fui sintiendo la necesidad de cubrir mi desnudez bajo el helado manto, fui dando pasitos lentos y pronto estuvo cubierto la totalidad de mi cuerpo…

La respiración trajo calorcito a mis huesos y carnes, me quedé flotando con la cabeza sumergida varias veces, nunca tuve frío. Al sentir que era suficiente, salí y di gracias, era 31 de diciembre a la una de la tarde, era el principio del fin. Leptospira: tienes tus días contados, tengo el poder de eliminarte, voy por ti.

Tranquilamente, sabiendo que estaba muy lejos de casa y que no iba haber abrazo de media noche, me vestí. Había renacido, era mi primer día de los muchos que me quedan por andar, había sido bautizado.

Al final, uno puede tener los saberes, creencias, cultos y religión que quiera, y bajo esas premisas andar por la vida haciendo y deshaciendo. Unos dirán “está loco”, yo digo: locos los que se ponen una corbata y salen de su casa para vivir en una congestión vehicular dos horas por la mañana y dos horas por la tarde. Mientras el individuo sea respetuoso con sigo mismo, con los demás y con su entorno, puede hacer lo que desee, hasta donde su imaginación y teorías se lo permitan, dentro del marco del bienestar general; o bien, puede no creer en absolutamente nada y ser un ermitaño salvaje, pero si se mantiene bajo ese “bienestar general”… la magia ocurrirá. 

Suhá seguía entibiando todo alrededor, caminamos unos dos kilómetros más por entre una alta pradera hasta que llegamos al cause del río que desembocaba en la laguna. Subimos un poco la falda y decidimos que ya era hora de volver; lo hicimos por la ribera viendo los pececitos nadar, tal vez eran truchas bebés (jejeje). Al continuar la mirada por su cause serpentino, decidí acortar una sección por la pradera para continuar por la ribera, cuando algo espeso y negro a unos 30 metros delante mío se movió: ¡El OSO! Le susurré a Caracoralina, quien no me creyó de sopetón, pues le había tomado el pelo con eso en varias ocasiones de la travesía. Caminaba en sus cuatro extremidades y parecía como si humillara su cabeza hacia los costados al andar. De pronto se detuvo frente a nosotros, se levantó en sus dos patas traseras, medía como un metro y medio de alto, levantó su garra derecha y empinó su nariz. Olfateó unos segundos, descendió, dio media vuelta y se fue. 

 

 

Pd. Feliz 2018 Pa' toditos.

Con cariño para @carocoralina.

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