Por: Dani Caribe Atómico

La cuarta fue la vencida.

Recuerdo la primera… Ay Cali, Cali, Cali… Me amaño tanto, tantísimo en el edén de tus Farallones, en el abrazo fraterno de tus habitantes y en el sincretismo incesante y eterno de tu bella afrocolombianidad.

En este nuevo reencuentro respiro profundo, desde el diafragma, queriendo transportar en mi sangre al máximo el oxígeno impregnado a guarapo de caña, anhelando que brote por mis poros y reescriba sobre mi piel con tinta indeleble, la historia que bajo tu complicidad quisiera vivir como el más bonito de los sueños.

Lo que más deseo es aprovechar al máximo mi tiempo “de paso”, y lavantarse temprano resulta ser un placer pues, aunque los rayos del astro rey aún se encuentran bajo las penumbras, el cobijo de la cálida frescura de las últimas horas del anochecer son el más grande motivo para decirle a mi cuerpo que vamos a andar, que vamos a correr.

Entrega de kits

Las carreras de montaña son un gran pretexto para salir y conocer, y ya puesto ahí hay que intentar responder. Primero, para compartir con los amigos y conocidos uno de los valores más grandes: la amistad. Saludos, reencuentros y abrazos, pero intrínsecamente también las ganas de vivir la competencia: la rivalidad y las ganas de vencer, algunos a sí mismos, otros a los demás corredores, porque a la hora de la verdad no habría nada sin nuestras participaciones.

La hora de la largada ha llegado: las cinco y treinta a.m. marca el conteo final, y se inicia la carrera esperada durante el año, sin más protocolos que un ligero “cinco, cuatro, tres, dos, uno” . El objetivo está trazado, pero no hay más que un tímido esbozo en mi cuerpo para la pretensión.

Siempre con la guardia en alto y haciendo uso de mis resabios, fui adentrándome a los kilómetros propuestos para la válida: me esperaban tres cumbres de cuatrocientos cincuenta metros de desnivel positivo, y la energía de un semicucho con una vaga experiencia sobre el cómo distribuirla de la mejor manera para correr y pretender la gloria.

Hernán “el Elegante”, Davidsito “el Grande” y Adriana “la Caponera”, fueron los compañeros de casi todo el viaje, junto a dos más, con los cuales conformamos “el lote”, que persistía, empujaba, halaba y ninguno quería ceder. A veces la técnica era aguardar y recuperar a las espaldas y portase juicioso tras ellos: mantener; y otras intentar la fuga del lote, pero ellos se motivaban y galopaban a la par.

Los senderos increíblemente despejados, como si fueran mega autopistas. Al occidente “Pico de Loro” y “Pico de Aguila”, los colosos guardianes de los Farallones reposaban impávidos e indiferentes ante la borrasca del sudor emanado de nuestras frentes, producto del esfuerzo de las inclementes subidas donde se avanzaba a catorce minutos por kilómetro, pero se “guerriaba” y se recuperaba a cinco minutos por kilómetro en los descensos. Poco a poco se iban cargando los músculos y se empezaba a jugar las posiciones dependiendo de la capacidad de mantener las reservas de energía. Cañones de pronunciadas bajadas que terminaban en grandes cascadas se convertían en puntos de recarga inmaterial pues, por más posición que se quisiera luchar, nunca nada superará el sentimiento de renovación y bienestar que el agua emanada de la montaña impregna al introducir las propias carnes dentro de ella.

Varias veces paré a recargar, siempre pensando en el buen objetivo de volver a cazar mi “lote principal”, ese era el punto de referencia, donde además sus participantes venían muy fuertes y briosos; se sentían las ganas de querer ganar, de no ceder y de aprovechar cada ventaja -cómo me encantó correr ahí-, ventaja que no les dí y pronto los volvía a agarrar.

Fue una carrera espectacular, como hace rato no la vivía. No sabía en qué posición andaba, pero sí sabía que venía con mucha fuerza y ganas, tal vez producto de entender que el objetivo que me había trazado en año nuevo fue volverme a parar en el podio para este 2019 y donde la k42 era mi sentenciada -por lo que Cali significa en mi corazón-. Sentir que había vencido a la Leptospira -efermedad que me aquejó por dos años- y que sería cosa de un pasado enriquecedor donde ya había aprendido la lección, pero que deseaba volver a sentir la fuerza que significa pararse en el palco de la gloria. Además, esta era una participación especial, pues estaba mi familia, no solo presentes, sino también participativos.

En la parte final del recorrido, la distancia de doce kilómetros se unía a la media maratón. A mi paso por los puestos de control, los chicos de la logística y otras personas participantes de “otra forma de vivir la carrera” que se quedan disfrutando de los ríos y la naturaleza, y que reconoce nuestro movimiento “Estoy Vivo” y por ende a la Pandilla Atómica -que para este caso era la Caracola y los dos cachorros-, me daban aviso y me alentaban diciéndome que ellos acababan de pasar. Esa fue la gasolina que me ayudó a separarme del lote y luchar por intentar alcanzarlos; soñé que entraríamos los cuatro juntos a la meta (deseé tanto que así fuera).

Esos últimos tres kilómetros siempre se vuelven tan largos… la ansiedad se apodera del cuerpo y de los sentidos; luché con todas las fuerzas de mi ser, soñaba darle un abrazo a mis chicos que estaban participando por mí, así lo entendía y quería ofrecerles esos últimos metros a ellos, de abrazarlos y decirles ¡cuánto los amo!

Entonces entendí que el sentido de la carrera había cambiado: no corrí por honor ni por valor, corrí por amor; pero fue un amor que nunca antes había sentido -inclusive superior a la montaña-, superior a todo lo que me rodeaba, superior a mí: era amor a mi familia.

Pasé el sórdido asfalto del último kilómetro que siempre me consume, crucé el río, di la vuelta en “la pista de la gloria” y pasé la meta caminando.

No los alcancé.

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Dani Caribe Atómico
Distancia: 21k
Puesto en la categoría semi-cucho: 3ro de 67.
Puesto en la general 25 de 350 paticipantes.
Tiempo: 3 horas 25 minutos.
Podio.
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Notas.

Un minuto después de haber cruzado la meta, apareció mi Pandilla, ya habían llegado, pero igual nos fundimos en un abrazo infinito.

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Es verdad que correr es gratis, le llaman “free running”, pero la dicha de participar en una carrera tiene ingredientes que solo en ese espacio se captan.

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“Más sabe el diablo por viejo que por sabio” y yo ya “lato como perro echado”, fue mi cuarta participación en la k42, y me hizo mucha falta ver caras que era común encontarlas, y que solo ahí se les veía, pero así como ellas no fueron y dejaron vacías las plazas, llegaron nuevas a ocupar los espacios, y eso lo hace aún más grande.

¡Larga vida a las carrreras!
¡Larga vida al trail running!

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La K42 siempre será una carrera que voy a correr, siempre está muy bien organizada, no improvisa absolutamente nada, siempre está dispuesta a cumplir su objetivo que es hacer feliz a todos.
Gracias Joseba Gastaka.

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Porfavor, siempre que hagan esta carrera, crucen los dedos para que coincida con el Festival de Música Petronio Alvarez. Qué forma de beber “Pipilongo” y vaya forma de aliviar los músculos después de la carrera.

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