Un día soñé que era libre, que éramos libres. Cuando me desperté estaba ahí, acostado, dentro de mi cuerpo que aún es fuerte y tiene las condiciones necesarias para seguir dando guerra y lora. Traté de recordar mi sueño, sabía que había sido libre en él, pero no tenía muchos detalles, y ya tenía que levantarme a trabajar. Hice las tareas cotidianas, me levanté a hacer pipí y a bañarme, vestirme y luego desayunar: huevos revueltos con arepa y café, otras veces hago los huevos fritos como “para variar”. En los sueños casi nunca recuerdo si me alimento, debe ser que, por el hecho de estar dormido, ya eso es alimenta, o al menos eso decía la abuelita.

Y así se pasan los días, las semanas, los meses y los años.

En el diario vivir siempre tengo que esperar a que la luz pase a verde para continuar la marcha, claro está que puedo no hacer caso y seguir adelante, pero es posible que muera en el intento. Lo que quiero decir, más allá del sentimiento de siempre quererme “volar” los semáforos en rojo que me detienen, es que en la dinámica de la vida -o sea, del sistema-, o te comportas como se manda o pereces, ya todo está tan organizado -hasta la “libertad”-.

Al cruzar la avenida Séptima con calle 72, me quedé mirando esa solitaria y resistente palma de cera enegrecida del smog de los carros, que habita frente al edificio de la bolsa de valores, y tuve un dejavú, que más bien pienso que fue un recuerdo de mi sueño. Había un silencio eterno de la actividad humana y sólo se oía el viento navegando en los caracoles de mis orejas, pasaban los días con sus noches y yo no dejaba de admirar esa sinfonía cada vez diferente y ¡en estéreo!. No recuerdo si comí algo durante el concierto, pero sí recordé creer estar de pie frente a un sublime cañón de confluencia de montañas, donde permanecí alimentándome a través de la experiencia con el viento.

Ya vi por qué no recordaba mi sueño, no eran imágenes, eran sonidos que me teletransportaron a la libertad, y el cañón fue algo que elegí sentir, ya que recuerdo no haber estado mirando el viento con los ojos sino con los poros de mi piel.

Volví de mi recuerdo gracias a que un vehículo pasó rápidamente sobre un charco de agua que expulsó sobre mi humanidad, mientras hacía mi reminiscencia sobre el separador de la calzada.

Al llegar a mi trabajo, saqué las llaves para abrir la puerta del local, el sonido del manojo despabiló a una intrépida mirla que andaba usmeando alimento en las plantas de afuera. Me miró con su ojo envuelto en un anillo amarillo, se quedó ahí observándome y yo a ella, sentí que me saludó, la saludé y le pregunté: ¿qué tal va la mañana señor mirla? ¿Ya hubo pa’l desayuno? Éste bajó la mirada y capturó una semillita con su pico naranja, me volvió a mirar y se fue, primero dando unos brincos, hasta volar al árbol del frente, desde donde cantó. Le observé y escuché con atención, y recordé que en mi sueño fui a varios lugares al mismo tiempo, donde el canto de las aves era lo más sobresaliente después de que el viento se acallará, y aunque había muchas de diferentes especies, también estaba la mirla presente; ella siempre está en todas partes, pero me queda la duda de si sería una diferente o la misma que siempre me sigue y se anticipa a mis llegadas. En mi sueño creo que es siempre la misma que tiene la libertad incondicional y nómada, sin apegos ni arraigos por nada y por nadie, aunque ahora que lo pienso, me queda la duda de si esto lo visualicé en el sueño o ¿es la realidad. Volteé nuevamente a mirar a la mirla que estaba perchada en la rama del árbol al frente y le grité: ¿¡eres la misma de siempre!? Y ella se lanzó en contrapicada con las alas pegadas al cuerpo, emitiendo ese canto típico de la huida, y a ras del suelo extendió las alas y se marchó. No me iba a contestar como yo quería, pero me dejó claro que en mis sueños es la misma mirla libre de siempre, no hay dos.

Empezó el día con sus afanes, todo parecía ir a buen ritmo, hasta que llegó nuevamente la nube invernal y tormentosa de “viernes negro”, decidida a mojarlo todo. Qué indiferente invierno el que ha hecho, hasta el clima está condicionado en su libertad -y con él, la nuestra-. La presión del hacer pronto se vuelve inevitable, dejando en claro unos afanes que no tienen sentido, pero que le dan propósito a nuestras vidas. A veces detesto tanto la consigna: “tengo que hacer”. ¿Quién dijo que uno tiene que hacer? A mí me encantaría parar a mirar caer la lluvia, o mojarme bajo ella porque se me da la gana, pero cuando la razón se vuelve “tengo que hacer” es detestable, además por el peligro que la actividad sugiere entre tantos bisoños por ahí sueltos creyéndose Acuaman, surcando las inundadas y peligrosas calles con el afán de ir a pasar un tarjetazo a 24 cuotas aprovechando la oleada soterrada de ofertas.

¿Qué necesita uno para vivir y vivir bien?

Recordé que en mi sueño de libertad estaba siempre en mi bici, ella me brinda libertad, como las alas a un ave, o las aletas a un pez; es la extensión de mi cuerpo sobre dos ruedas, lo único que necesito para cuando quiero ir un poco más rápido o más lejos, cualquiera que ésta sea. Ella siempre ha estado presente en todos los capítulos y temporadas de mis sueños de libertad, donde además recuerdo sólo llevar lo que en una pequeña mochila a la espalda me cabe, como los caracoles, con la casa a cuestas. Me encanta ese tipo de libertad, que puede estar condicionada a la bici, pero es como he querido soñar. Cada quien tiene su manera de soñar, pero en la práctica debería cada vez acercarse más y más a sus propios sueños, y no andar viviendo los de los demás, ser el protagonista de la desición de libertad.

La verdadera libertad existe en la medida en que uno casi que no pueda diferenciar la realidad de los sueños, en donde uno elige eso que le genera paz y tranquilidad como bien propio, alejado de todas esas vanas pretenciones impuestas, donde retoñe el amor verdadero y el brillo del diamante de la vida nunca se oscurezca, así dormir para soñar sea morir un poco…

Me quedaré siempre con la misma pregunta sobre la ecuación que define la libertad: si uno solucionara las amarras de la cotidianidad, por ejemplo, “ganándose el baloto”, ¿cuál sería la verdadera expresión de la libertad? ¿Cuál sería la verdadera personalidad de las gentes?

Prometo variar un poco más los huevos del desayuno, para dejar tanta güevonada….