Hace dos meses había viajado a la ciudad de Girardot desde Bogotá, fueron 156 km desde la puerta de mi casa. Era la primera vez que salía tan lejos de la ciudad, la experiencia fue fascinante pues en varios tramos soltaba las manos del manubrio y extendía los brazos como un avión, subía la mirada y me fijaba en el cielo y en todo mi entorno, me sentía grande, me sentía lejos, me sentía volando… Llegar al Boquerón y observar ese gran cañón que empieza a dar paso al Tolima, es hermoso. Al llegar a Girardot, después de una jornada de 8 horas pedaleando con algunos descansos y hora de almuerzo, sentí unas ganas enormes de hacer una travesía grande, y en ese momento, mientras aprovechaba el fresco atardecer y me hidrataba con una cerveza helada, realicé el cronograma de lo que sería mi gran viaje en bici a través de la geografía Colombiana, desde la ciudad de Bogotá hasta la ciudad de Riohacha, capital de la Guajira.

Las semanas previas a la travesía, estuve entrenando subiendo la vía a Patios, donde logré hacer mi mejor tiempo, que fue de 26 minutos, y una vez por semana hacía la vuelta completa hasta Sopó y me devolvía por la autopista norte. En total son 85 km de una excelente ruta con muy buenas vías y con un paisaje hermoso, lleno de verde.

También, como parte de mi entrenamiento, viajé a la ciudad de Tunja (Boyacá); lo hice en dos días, son 160 km de ida y 160 km de vuelta, para un total de 320km. El objetivo de este entrenamiento fue saber si era capaz de subirme a la bici después de una larga jornada y realizar una segunda sin problema. La prueba fue superada con éxito, con la característica que esta ruta está llena de picos o “culumpios”, bajas y subes constantemente largas distancias; la verdad, Bogotá – Tunja es una prueba muy dura, con una vía excelente para los ciclistas, muy buen grosor de la berma y mucho frío, unos paisajes muy lindos, la represa del Sisga, el puente de Boyacá y mucho verde, acompañado del Gatorade criollo: agua e’panela.

Así fue que se llegó el 1 de noviembre, fecha de inicio de mi gran travesía. Me sentía listo, pero tenía un poco de miedo, una cosa es pedalear por uno o dos días, otra cosa es tener en frente 1180 kilómetros y no saber que va a pasar.

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Día uno

Salí de mi casa muy a las 5:00 am. Mi único equipaje era un bolsito bajo el sillín, otro bolsito en forma de triángulo sujetado al marco y mi lycra, que me llegaba hasta los tobillos, ideal para cubrirme de los rayos del sol y tiene tres bolsillos en la espalda.

Llevaba una camiseta y una pantaloneta dry fit, 30 parches, la goma, lija, encendedor, dos neumáticos de repuesto, bloqueador solar, cepillo de dientes, crema dental, seda dental, un mp3, mi iPhone 4, el cargador y un porta documentos. Me quedaba sobrando dos bolsillos en la camiseta, los cuales llenaba constantemente con un frasco de líquido y dulces, banano y bocadillo. Tan pronto agotaba un frasco de líquido, trataba de reponerlo lo más pronto posible y bebía cada vez que sentía sed. En el marco de la bici, iba sujetada la bomba de aire y una botella de líquido más, además 4 sapitos (luces led): dos adelante blancas y dos atrás rojas.

A los 5 kilómetros de haber iniciado mi travesía, me pinché.

Recuerdo que esa mañana, además de un poco de miedo, también había tenido mucha ansiedad, no dormí bien y obvio tenía pereza. Me demoré 1 hora y media despinchando, pero realmente lo que me sucedía era el debate interno de si iba a ser capaz de aventurarme a esa travesía; pensaba que aún estaba a tiempo para volver y olvidarlo. Terminé de despinchar, me subí a la bici y sin pensarlo continúe mi camino. Salió el sol y con él mi salida de la cuidad de Bogotá. Al mirar atrás pensé: más reversa tiene un río, así que aumente la velocidad, rodé a 40 k/h y así me sostuve hasta un poco antes de subir el alto del vino, lugar donde tomé mi primer desayuno y desde donde podía divisar los cerros orientales de Bogotá, enormes y majestuosos, una mañana cálida y el olor… Ese olor de mañana fresca y rayos suaves y cálidos y todo ese verde al rededor.

Retomé mi camino, sin mucho esfuerzo logré mi primer premio de montaña, el Alto del Vino, luego un descenso a 70k/h, entre montañas, nubes y el mismo olor de la mañana. Pasé San Francisco y La Vega. Para llegar al siguiente pueblo, Villeta, la carretera sube unos grados la inclinación en contra, sentí el trayecto como interminable, volvieron las dudas sobre la travesía, pero ya había descendido bastante, tal vez llevaba unos 60 km, ya el calor se hacía presente y empecé a tomar mucho líquido. Al llegar a Villeta me detuve, tomé dos caldos más de costilla con pan y mantequilla, reposé como por media hora y me aventuré a continuar; sabía que iniciaba tal vez uno de los trayectos más duros y que si lo pasaba estaría más del otro lado que de acá, el Alto del Trigo.

El Alto del Trigo es una cumbre que inicia a los 800 m.s.n.m y termina en los 1.800 m.s.n.m, con una distancia de 16 km. Según mis cálculos debía pasarlo en una hora. Arranqué, tenía un poco de susto pues la vía es angosta, sin berma y muchas curvas, además es muy transitada por tractomulas. Me demoré una hora y media, con una velocidad promedio de 8 km/h; dura y eterna, pero una vez arriba y luego de tomarme la respectiva selfie en el precipicio, continúe en una ruta más liviana que pronto se volvería en otro descenso hasta la población de Guaduas, un nuevo descanso, hidratación y continúe al tercer premio de montaña, el Alto de la Mona, un poco más suave y corto, luego otro descenso increíble, aproximadamente 50km hasta la población de Honda, a mano izquierda todo el cañón del río Magdalena, el paisaje es sencillamente hermoso. La velocidad, 60km/h, hora de llagada a Honda 3 pm, era el fin de la primera etapa. Me sentía exhausto, pero estaba feliz. Ya había recorrido mis primeros 167 km. Encontré un hotel por $15.000 con baño y ventilador. Lavé la lycra y me vestí con la pantaloneta y la camiseta dry fit. Las comidas no superaban los $10.000, iba preferiblemente donde veía tractomulas, en esos lugares sirven buenas cantidades por buen precio. Aproveché la tarde para caminar por el pueblo con la idea de estirar los músculos, entré a la iglesia principal, paseé por el parque, donde me tomé una deliciosa avena helada y me hice la respectiva selfie en el puente del río Magdalena.

Día dos

Al otro día inicie la etapa 2 a las 5:00 am, me puse la lycra y empaqué mis cositas. Prendí los leds, que me daban la suficiente luz para ver la línea blanca del peralte por los próximos tres metros y el resto se lo dejaba a la intuición de los sentidos.
La línea blanca es tu cordón de vida, mientras las ruedas estén sobré ella, en el caso que no haya berma, garantizará en un alto porcentaje tu seguridad con respecto a los demás. Por lo tanto en estos puntos la concentración es total y ahí olvidas los dolores, como el de las nalgas, olvidas el tiempo y las distancias; cuando vuelves en sí, has recorrido un buen tramo.

Pasando “La Dorada” tomé mi desayuno y continúe por una gran berma. Fueron como unos 50km, había llovido y había cientos de ciempiés caminando sobre la vía, cuando pasaban los buses los sacaban volando por todos lados.

Empecé a notar cómo el cuerpo reaccionaba con los alimentos y con la hidratación, empecé a organizar tiempos y distancias mentalmente, realizaba muchas operaciones matemáticas de reglas de tres para determinar como realizar la etapa, así, entre árboles, bosques, potreros, montañas y quebradas llegue a mi destino a las cinco de la tarde: Puerto Araújo. Había recorrido 180km. Me sentía impresionantemente feliz, sentía mucha fuerza y vigor. Ubiqué un hotel con las mismas características del de Honda, lavé mi lycra, me cambié y salí a relajarme.

Día 3

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Empezó el tercer día, tercera etapa. El cuerpo ya dolía mucho, hice algunos estiramientos, me hidraté e inicié a las 6:00 am. Este sector no tiene berma y el tráfico pesado es grande, la temperatura es sorprendente; aparecen los calambres y el adormecimiento de los brazos, la cintura, la espalda… Ya hay cansancio. Al medio día sentí que no tenía más fuerza, ya había recorrido 100 km, pensé que era justo descansar y encontré una quebrada hermosa, de agua cristalina rodeada de muchos árboles. Estaba en la quebrada La Payoa en el departamento de Santander. Me bañé como por una hora.

Al salir, almorcé un delicioso pescao apanado con yuca, papa, arroz y ensalada; gasolina suficiente para seguir rodando. El camino me trajo mucha planicie y muchas aves que volaron a mi lado; me sentía muy cansado, el final de esta etapa fue muy dura, faltando 30k para llegar a San Alberto del Viento, tuve mucho susto pues un hombre en una moto me siguió por varios kilómetros, mantenía mi velocidad, se iba, retornaba, mantenía y se fue. Yo sólo le pedía a Dios que se fuera, que me dejara en paz. Terminé mi etapa a las 5 pm, 178k y podía decir que iba en la mitad, llevaba recorridos 537k.

Día cuatro

Iniciar el cuarto día fue el momento más duro de toda la travesía. Tuve toda la intención de abandonar, me dolía todo el cuerpo, las jornadas habían sido muy duras, casi 12 horas diarias luchando contra todo: la mente, el cansancio, la vía, los autos, los buses, las tractomulas, el polvo, el calor, el sol… Paré a meditar un momento, observar el amanecer, los colores de la tierra caliente son distintos a los colores del frío Bogotá, los sonidos de la naturaleza; saqué fuerzas y me dije “inténtalo una vez más, hasta donde puedas”. Ya eran las 7:00 am, me subí a la bici y me fui pensando en el entorno, en el verde, iba muy suave, tal vez a unos 20k/h; encontré mi desayuno y conversé con la gente que estaba ahí, era la primera vez que lo hacía, creo que por motivos de seguridad no lo había hecho antes, pero la gente resultó sorprendida con mi historia y se empezaron a sentar a mi alrededor, unos a escuchar la historia y hacer preguntas, otros por que no creían que yo venía desde Bogotá. Eso me dio una energía impresionante. Así arranqué de nuevo, con muchísimas ganas, pasé Aguachica y continué a pedal firme, ya había abandonado el mp3 y me dediqué a escuchar el silencio, concentrado en el cordón de vida. Pasé muchos columpios pero tenía mucha fuerza, observaba las señales de tránsito con siluetas de animales extraños como el armadillo, el oso hormiguero y los monos; en la vía hay varios puentes especiales para que los monos crucen la carretera, se reconoce porque se ve la estructura de un puente peatonal angosto, con piso en tablas, pero en vez de escaleras tiene sogas entorchadas para trepar. Increíble.

Tenía tanta fuerza, el odómetro Bip-Bip me decía que rodaba a 35 km/h, me sentía muy veloz, imparable, concentrado. Al medio día encontré otra bella quebrada, La Payola, en el departamento del Cesar, ideal para ocultarme del intenso sol, me sentía como un sánduche, pues los rayos del sol son muy intensos por encima y el asfalto proyecta la temperatura hacia arriba, cuando me ponía en velocidad 0, se sentía el golpe tan fuerte de la temperatura, estaba a 38 grados.

Me refresqué durante una hora.

Rodé unos 20k más y encontré un buen lugar para almorzar, estaba en “Pelaya”, llevaba recorridos 120k, me sentía fuerte; el objetivo era terminar en la población de “Pailitas” que estaba a 30k, aún era temprano.

Fue un almuerzo muy especial, la señora del lugar fue muy amable, me sirvió muchísima comida y me dio a repetir jugo. Ese almuerzo me costó 9.000 pesos, me dio permiso de recargar el celular y mientras tanto nos pusimos a observar en el televisor la película de Chuky, el muñeco asesino, era la primera vez que ellos la veían y estaba toda la familia reunida y muy emocionada, motivo por el cual, mi figura de héroe de la carretera, se vio desplazada. No hubo preguntas ni comentarios, es más, pasé desapercibido, hasta que después de un buen rato, un niñito se quedó mirándome con asombro y me extendió la mano, yo lo saludé y él me dijo “¡buena!”. Eso fue suficiente, tomé mis cosas y partí. Rodé muy rápido, nuevamente a 35km/h, llegué a Pailitas muy rápido, eran las 4pm, así que seguí, quería seguir hasta donde el día me diera luz, la carretera se sentía suave, lisa, plana, muy buena berma, increíbles paisajes, animales y bichos por todos lados; no quería parar, estaba muy conectado. A las 5:00pm fue el fin de esta etapa, estaba en “Curumaní”, había sido mi mejor tiempo: recorrí 180k para un total de 717k. Encontré un hotel especial, por 20.000 pesos, tenía una piscina que me recibió con los brazos abiertos; la cena fue en un kiosco al lado de la carretera, mondongo con arroz, ensalada y tres vasos de agua e’ panela con limón mandarino. Me costó 6.000 pesos.

Hice unos nuevos amigos, una pareja que venía desde Tunja por Bucaramanga, de pueblo en pueblo vendiendo aceite de coca y marihuana, especial para los dolores musculares; obvio, compré uno.

Día cinco

A la mañana siguiente, quinto día, quinta etapa, se había ido la fuerza; no me podía casi mover, había dormido muy bien, me había relajado mucho en la piscina, me había untado el aceite milagroso, pero no me podía levantar de la cama. Es muy duro iniciar el día, el cuerpo no quiere aunque la mente sí; lo doblegué y a las 6:00 am ya estaba en la pista, paré a los 10k a desayunar, definitivamente había resistencia. Traté de relajarme y reinicié. Llegué a la entrada de las minas de la Drummond. El paisaje es absolutamente árido, poca vegetación, el tono predominante es el amarillo y la temperatura… el infierno le queda en pañales. Me detuve otro instante en un punto donde encontré sombra y vi pasar el tren de la mina que transporta el carbón. Es muy largo, no sé cuántos vagones podría tener, pero sí sentí que se demoró como 10 minutos en pasar completo. Volví a reiniciar la ruta, estaba cerca de “La Loma” en el Cesar, punto que podría describirse como “muy, muy, muy lejano”, ahí es la variante para Valledupar, sólo paré a abastecerme de líquido y seguir.

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Fueron los 40k más duros de toda la travesía, no se cuánto me demoré, creo que estaba delirando. El calor ya superaba el punto de insoportable, las condiciones viales eran extremas; estaban realizando la doble calzada, por lo tanto el pavimento no era liso, era corrugado, no había líneas que identificaran la berma ni señales de tránsito, ni reductores de velocidad. Los vehículos, y en especial los grandes como los camiones y volquetas andaban a velocidades altas, se sentía mucho miedo, era el lugar donde más animales muertos encontré, perros, aves y reptiles. No se veía agua por ningún lado, a las pocas reses que había en los potreros se les veía las costillas pegadas a la piel, había muchos “chulos” comiendo cadáver por todo lado, el olor era terrible, y mi cuerpo no reaccionaba, estaba muy cansado. En un punto encontré un arbolito en la vía, junto a él, un letrero que decía “Bosconia 13k”; yo no paré, sólo me dejé caer, había consumido el 90% del líquido que llevaba, cuando reaccioné, a unos 20 mts había un combo de chulos comiéndose un cadáver, yo pensé que después seguía yo si no me iba de ahí. La cabeza estaba a unos 20 cms de un hormiguero…

Llegué a Bosconia. Definitivamente no era un buen día para rodar, me sentía muy cansado, busqué un estanco con piscina, no existía; una señora, administradora de un restaurante, me dejó entrar a una ducha y ahí me refresqué; ella me vendió el almuerzo, me tomé tres cervezas, una detrás de la otra, era lo que me pedía el cuerpo; en ese momento entró la hija de la señora y me vio la cara que estaba llena de bloqueador y dijo:

– Mamá, ¿y ese payaso qué o qué?

Yo, sin fuerzas y ya medio borracho, sólo me eche a reír. Ella lo había dicho todo y así me sentía.

Descansé un buen tiempo y reinicié, el objetivo era llegar a Fundación. Las condiciones de la vía mejoraron, ya había berma, árboles y el clima estaba más fresco, pero eso lo veía impresionantemente lejos, más lejos que el día que iba saliendo de Bogotá.

Pronto me volví a rendir, había parado muchas veces más, nada servía. Con las últimas fuerzas pasé por una estación de gasolina en “la Loma del Bálsamo”, eran las 6:00 pm, había recorrido 145 km, para un total de 862 km. Vi un letrero que decía “hotel”, paré, le hice una señal al señor que atendía, él me entendió, me abrió la puerta de la única habitación, me entregó la llave y me desplomé. Dormí cuatro horas profundamente.

Día seis

A las 4 am ya estaba tomando café, me sentía fuerte.
Me habían explicado que, si amanecía despejado, podría ver los conos de nieve de la Sierra Nevada de Santa Marta. Con esa idea empecé mi ruta a las 6:00 am.

El camino era hermoso, había muchos árboles y muchas aves. En especial había un ave grande, se hacía en las ramas de los árboles y cazaba culebritas q se cruzaban el asfalto, yo diría que eran águilas; varias veces las tuve frente a frente, hermosísimo el plumaje.

Nunca vi los conos de nieve, hacia el lado de la Sierra Nevada se veían nubes, pero la mañana estaba muy despejada. La carretera estaba muy solitaria, la temperatura ideal. Paré a desayunar en Fundación; comí banano en Aracataca. Unos niños se me acercaron y uno me preguntó:

– Señor, ¿Usted le está dando la vuelta al mundo?

A lo que el otro contestó:

– Noooo hombe, apenas se está preparando! (…)

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Continué mi camino, excelente la vía, buen tamaño de la berma. Sin ningún inconveniente llegué a Santa Marta a la 1 de la tarde. Estaba muy feliz, llegar al mar era el principal objetivo y lo había logrado.

Recorrí 130 km, para un total de 994 km.

Deje un día de descanso y reinicié mi etapa 7, rumbo a Riohacha.

Día siete

Esta es la zona de Colombia q más he recorrido, había amigos por todos lados.

Inicié a las 7:00 am, subí la faldita de la Sierra y llegué al parque Tayrona; la vía excelente, continué hasta llegar a Buritaca, uno de los tantos lugares donde el río de la Sierra se une con el mar. Paré a bañarme y a almorzar.

Por andar de delfín en el río, salí un poco tarde, pero con todo el ánimo.

foto6Pasé lugares muy bonitos, donde el mar fue mi compañero por varios kilómetros.

Me llegó la noche y con ella un aguacero, yo continué rodando, encendí las luces y me fui disfrutando de la oscuridad. Llegué a la población de “Camarones” Reserva y Parque Natural del Flamenco Rosado. Ahí finalicé la etapa, estaba a 20 km de Riohacha, había recorrido 154 km, para un total de 1148 km.

Al otro día, como final de la travesía completé los 20 km que me hacían falta.
¡Llegué a Riohacha! Me senté en el muelle junto con mi bici, miré hacia atrás y no lo podía creer, miré al frente y no había más camino; ¡pero estaba convencido de que pronto vendría una nueva travesía en bici!

Esta hazaña se la dedico a todos los que pedalearon conmigo, pero en especial a mi hijito hermoso, Samuel; promesa es promesa, en 10 años lo hacemos juntos. ¡Te amo!

Algunos datos:

Kilómetros recorridos: 1.168 km.
Horas pedaleando: 47
Velocidad máxima: 71 km/h
Velocidad mínima: 6 km/h
Velocidad promedio 25 km/h
Lugar de inicio: Bogotá – Chapinero
Lugar final: Ríohacha – Guajira
Duración de la prueba: 7 días.
Dinero invertido en carretera: 700.000 pesos
Botellas de líquido consumidas: 79