Por: Caracola Mágica

Viajar a Caño Cristales es de esos deseos que tenía en la lista pendiente de destinos mágicos. Hace como unos cinco años, cuando se comenzó a hablar más de esta prometedora tierra, lo tuve entre mis planes, pero uno y otro motivo -y uno que otro viaje- fueron postergándolo, hasta que le llegó el día.

En agosto de este año mi hijo me dijo: “Mamá, y nuestro viaje de aventura juntos, ¿qué? Hace rato que no lo hacemos”. Tenía razón. Y me encantó que, no solo me lo recordara, sino que lo añorara, sobre todo por lo de “aventura”, porque me gusta llevarlo a descubrir destinos en Colombia que no hagan parte de su diario vivir o su querer, que no le sean fáciles (o cómodos) pero que se conviertan en inolvidables.. Así fue que decidí que nos iríamos a Caño Cristales: para tener un viaje de los dos y para conocer un nuevo y mágico lugar.

Y con la típica imagen del río de los siete colores, busqué en internet una buena agencia, conseguí un paquete (una buena forma de viajar seguros) y nos fuimos, no sin antes ponernos la vacuna de la fiebre amarilla y ubicar a La Macarena en el mapa, el primero de los grandes aprendizajes de los viajes de aventura: conocer el país, conocer las regiones apartadas y convertirlas en parte de nuestra propia vida, o por lo menos de los mejores recuerdos.

Viajamos desde Bogotá a La Macarena, en un increíble Focker que llevaba hasta gallos de pelea en la bodega, lo que hizo que el vuelo de una hora fuera muy particular, pues los gallos no pararon de cacarear (la bodega en este avión es en la parte de atrás).

Llegamos al pueblito, muy pintoresco, de calles empolvadas, solo las del parque pavimentadas y comenzó nuestra travesía: primero con la charla de Parques Nacionales Naturales y Cormacarena sobre la importancia de cuidar el río Cristales y la Macarenia Clavigera, el alga más atesorada en estas tierras, la que le da esos colores al agua del río en esta época del año, época de lluvias.

Pero esta crónica no se trata de volver a narrar los lugares que visitamos, porque tal vez esa información sea la misma que se encuentra en las páginas de las agencias que ofrecen esta salida. No. Lo que quiero es intentar revivir los sentimientos que despertaron en mí los lugares que visité, la gente maravillosa que conocí, y el recuerdo vivido en un instante que no se borrará de mi memoria, y menos ahora que lo dejo plasmado en estas líneas.

Lo primero, decir que La Macarena no es solo Caño Cristales. No venga con esa idea, no piense que éste es un lugar de “atractivos turísticos”, no. Aquí no se viene a ser turista, aquí se viene a ser caminante, observador, ‘escuchador’ (creo que me acabo de inventar esa palabra), ‘sentidor’ (y ésta), ‘callador’ y un poco escritor… aquí se debe estar atento al movimiento del río, del bosque, del cielo. Los animales que no estamos acostumbrados a ver, los monos, tucanes, la pava, tortugas, caimanes, hasta el delfín rosado, están ahí tranquilitos, sin problema a que los veamos, solo si queremos verlos.

Otra recomendación: no venga a mirar el celular, no pierda el tiempo en esa pantalla cuando lo que tiene frente a usted es un paraíso de inigualable belleza. Se lo digo así: no hay paisaje parecido a éste, no lo puedo comparar con nada de lo que haya visto antes, ni en este país ni mucho menos fuera de él. Así que no pierda el tiempo en su celular porque ahí no hay nada que supere lo que sus ojos, en vivo y en directo, estarán viendo.

Intente que sus fotos abarquen más paisajes y menos selfies, porque este lugar es un tesoro de imágenes. Por favor, no mire a la cámara: mejor que alguien más le tome la foto contemplando la serranía infinita y sus formaciones rocosas, o la profundidad de la selva que se pierden en el horizonte. Busque un buen ángulo en el puerto para retratar el colorido de los botes con sus sillas de bus intermunicipal, o en el mismo río Guayabero donde en sus aguas se esconden delfines rosados y tortugas. Capture la majestuosidad de los atardeceres que se esfuman entre rojos y naranjas, o de los amaneceres que brotan del llano. Que no lo encandile la luz del celular, solo la de la luna o las estrellas.

No llegue con más expectativa que sorprenderse de éstas y de todas las maravillas que lo estarán esperando en una tierra desbordada de vida, de verde y de rojo, de azul y marrón. Todo ese lugar respira vida porque está renaciendo, porque su luz vuelve a brillar después de muchos años de oscuridad y sombra. La Macarena -qué bello decirlo, así, en femenino- ESTÁ VIVA.

Comienza y termina con el azul, como el amor.
Porque el amor es el centro/inicio de todo
y es lo único que quedará cuando ya no quede nada. Como el azul.

Luego viene el negro, la roca, la razón.
Se necesita -así sea en poca medida-
para no morir en esta idea loca
de amarte locamente,

Ahora el turno es para los rojos y naranjas,
la Macarenia Clavigera en todo su esplendor.
Hermosa, sensual, lujuriosa…
que me recuerda ese instinto de pasión que siento
al mirarte, al besarte, al tenerte.

Entonces llegan los verdes, las algas que brotan
como hojas bajo el agua mientras maduran para cambiar de color.
Llegan como el abrazo tibio después de la muerte,
como una caricia que acompaña el hombro amigo para reposar
un instante cómplice y furtivo como éste.

Así es la vida. Así es Caño Cristales. Así es nuestro amor.
Guárdalo, protégelo, sálvalo.

La Caracola

La Macarena no es (solo) selva, río, llano o serranía. Es la combinación de materias que transpiran paz, lo que la convierte en un refugio único, poderoso, atractivo y seductor. Es la conjunción de colores con un propósito, con un mensaje clarísimo para la vida y el amor.

La Macarena es la transformación de un pueblo que se dio la oportunidad de reinventarse. Después de vivir años de guerra, de siembras ilegales y ganadería desmedida, encontró en la Paz un sustento para gran parte de su población.

La Paz con la Naturaleza trajo un desarrollo sostenible para todos.
O por lo menos a eso aspiran.

El guía, Manuel, quien lleva más de 16 años recorriendo estos caminos y que se ha capacitado con el Sena y otros cursos que les han ofrecido a través de Cormacarena; el hotel que está recién remodelado (aire acondicionado y baño privado) para dar un servicio de primera; el restaurante donde tomamos todas las comidas, que son realmente abundantes y deliciosas; el almuerzo viajero del día que visitamos Caño Cristales, una deliciosa ayaca (tamal) envuelta en hoja de plátano, atada con cabuya más la cuchara de metal (porque los plásticos están prohibidos en el Parque), los lancheros que, como ya describí, tienen sus botecitos de madera con un motor y silletería muy limpia y confortable, y los que nos llevaron a la enigmática Laguna del Silencio en potrillos, un bote más pequeño que mueven con un remo para mantener solo un rumor en el agua de la laguna.

Los campesinos recios y amables que están dejando la ganadería para montar su cooperativa de caballos y hacer recorridos por las llanura, y que nos ofrecieron techo y almuerzo en la Cachivera; los hombres que manejan las camionetas que nos llevan a los diferentes senderos, las personas que trabajan a la entrada del parque, dándonos información valiosa sobre la protección de todo el tesoro que vamos a encontrar y preocupados por mantener todo el parque limpio revisan las maletas para que no llevemos plásticos de un solo uso o lociones como repelente o bloqueador que puedan dañar la bella Macarenia Clavigera, diosa del lugar.

Si pudiera hacer un árbol de conexiones, creo que éste sería uno muy bello… donde todos pueden aportar y ganar.

Sólo nos falta a nosotros dejar de ser turistas y convertirnos en viajeros, también sostenibles, donde visitar un lugar sea tener más experiencias reales y menos “estados” virtuales, donde viajar sea una forma de cultivar nuestra autoestima, ese maravilloso sentimiento de estar vivos.  Donde cada vez entendamos más la importancia de coleccionar momentos, así sean pasajeros, y no cosas (no hay que llevarse nada, ni vivo ni muerto, de los lugares que visitamos).

Todo lo que me llevo de este paraíso está atesorado en un recinto especial detrás de mis párpados. Cierro los ojos y vuelvo a vivir -y sentir- aquellos momentos que ni siquiera la cámara de fotos pudo capturar, porque no hay belleza que se compare con mirar el encanto enigmático de estos paisajes, de la sabana, la serranía y por supuesto, el río.

No hay forma de contemplar un amanecer sino madruga y lo espera. No se contente con una postal, no es en un mug donde se lleva este lugar. Este lugar se queda en el corazón, recorriendo la sangre que, como la Macarenia, lleva la vida y los recuerdos a diferentes estados de felicidad. Solo viniendo se puede conectar con los colores de la tierra.

Dedicado a Emilio, el guía de mi corazón.

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