La aventura de un chibcha con perfil de mestizo

¿En qué momento llega el ahora? Todo tiene límite, todo tiene fecha de vencimiento. En enero, cuando adquirí el pase para la inscripción a tan magno evento, veía su inicio tan lejos como cuando el sol se pone en el horizonte, pero hoy al escribir estas líneas, ya es historia, como las mil historias que han pasado desde ese día de enero a hoy 18 de abril de 2016.

Tres meses se conmemoraban ayer del día de mi cumpleaños, tres meses esperando la llamada de afrodita que nunca hará; y yo celebraba poniendo a prueba el amor por la ViDa, amor único y verdadero, durable, extenso y paciente como cada kilómetro recorrido por las montañas de la hermosa Guatavita.

Así, mil historias se entretejieron como parte de mi riguroso y esquizofrénico entrenamiento, exorcizando demonios y obteniendo conquistas, todos ellos netamente mentales, pues el simple hecho de mantenerse con vida entre tanto caos ya es un éxito asegurado para tener el valor de pararse en el cajón de partida de una épica carrera como lo es Merrell Trail Tour 2016.

Como si se tratara del último día de mi vida, dispuesto a dar el todo por el todo, salté de mi cama a las cuatro de la mañana, con la sensación de haber dormido y descansado mucho, pero inconsciente e incontrolablemente ansioso, pensando que lo que me corría pierna arriba no era fácil de asumir, que llegar un año después a la línea de partida que me vio nacer, pero duplicando el reto anterior, asincerado de mis falencias y convencido de que una maratón de montaña no sería nada fácil, recordé que había dejado el número dorsal en otro domicilio que no era el que habitaba.

Los nervios me invadieron, correr desde las 4am, correr para desayunar, correr por correr en la carrera y ahora correr por mi número y el chip, me daban ganas de botar la toalla y entregarme a los brazos de Morfeo. Qué momentos previos tan duros, difíciles y adormecidos; pero nada que no pudiera controlar, sólo había que correr.

Ya reunida la Pandilla Atómica, nos catapultamos a la ciudad de Guatavita, la que tuvo que ver impávida cómo los invasores extranjeros intentaban dragar sus aguas suspendidas en las faldas de tan hermosas montañas en búsqueda del mitológico tesoro de El Dorado, como si no hubiera sido suficiente el encantamiento e intercambio que por oro hicieron al mostrarnos con sus espejos la estúpida realidad con la que nos invadieron, violaron y robaron, y con la que aún hoy siguen desangrado nuestras ilusiones y sueños.

El festín ha empezado. La fría, gris, húmeda y lúgubre ciudad recibe toda esa cantidad de atletas, de guerreros romanos, dispuestos a batirse con sus armaduras livianas llenas de colores y tecnología para la guerra contra la inclemencia de esos cerros en ascensos y descensos vertiginosos.

Son las seis de la mañana, los guerreros revoloteaban por todos lados, algunos se reencontraban y se fundían en abrazos, otros se abastecían de agüitas mineralizadas con sales para la adecuada hidratación, otros llenaban sus panzas como si fuera un cuadro de la última cena, pero rodeados de amigos y familiares que veían en ellos unos héroes por asumir el reto de traspasar montañas al trote, otros calentaban sus músculos pa’ la puesta a punto y otros, como yo, andaban desesperados buscando el dorsal que contenía el chip de carrera, que una hora antes me había hecho modificar mi itinerario por ir a recogerlo y que en ese instante había vuelto a desaparecer. Me tiré el desayuno y me tocó al final sobre la hora salir corriendo, y sigo corriendo, como gomeche, mitad gomelo y mitad campeche, pues tenía la papa caliente del caldo en la boca y que no pude terminar en paz por ir al encuentro del escurridizo dorsal…

Siete y veinticuatro de la mañana ya estaba dentro del corral de salida para mi maratón, me sentía feliz y ansioso mientras bailaba al ritmo de Gloria Estefan con su “como que se vare que te ayude conga”. Muchos amigos y conocidos, pero para destacar, había muchas máquinas invencibles, hace nunca estaba metido en un corral de inicio de carrera con tantos élites del trail running, qué honor tan impresionante, y qué leñera la que nos esperaba.

Llegó el momento, Ares hizo la cuenta regresiva: cinco, cuatro, tres, dos, uno y los 188 corredores presentes expulsamos el grito de victoria, me sentía en la escena de corazón valiente cuando Mel Gibson gritaba “libertad” y así lo viví, era libre una vez más, toda esa madrugada había tenido que estar pendiente de tantas cosas, que uno no se explica cómo no colapsa, y ahora era libre, ya no importaba nada más, solo tenía que pensar en correr y terminar, en llegar a la meta, en dosificar mis energías para poder llegar, atrás quedaban todos, ahora la guerra éramos la montaña y yo, desprendido de todo ego y a sabiendas de lo fuerte e invencible que ella iba a ser.

Aplausos y ovaciones del público presente, son esa energía que te obliga a dar lo mejor. Avanzamos de manera rápida esa ruta de escape a la libertad, unos más ágiles que otros. Parecíamos carritos chocones: empezamos a trepar la primera de tres cumbres propuestas para la carrera, el suelo era de roca húmeda y lisa, todos íbamos resbalando con intensión de caída, las fuerzas estaban intactas y me sostenía en mi posición sin parar, respirando bien. Me sentía fuerte, varios adelante, demasiados atrás, me hacían pensar que iba muy bien. Logré la primera cumbre y con ella la bajada, iba pasando competidores hasta llegar al semiplano donde confluía la ruta de 42k con 21k, lo que me hizo retrasar un poco por el tráfico, pero haciendo alarde de movimientos escurridizos me di paso fácilmente. Me alcanzó mi amigo del alma Samuel, y nos fuimos acompañados un buen trayecto, comiendo gomitas hidratantes y galletas energéticas mientras íbamos sosteniendo la marcha. Ya era el kilómetro 15, íbamos bien, pero no sabíamos bien cómo atacar, queríamos correr más rápido, pero pensaba en las fuerzas para el final, nos pasaban otros guerreros, nosotros concentrados y reservando.

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Llegó el kilómetro 18, según la altimetría, el inicio de la segunda cumbre, que de las tres, era la más fuerte con 600 metros de desnivel; igual me sentía fuerte y asumí el reto con buena capacidad, capacidad que se fue disminuyendo a medida que escalaba. Ya Sebastián nos había hecho sus presas, estábamos juntos la Pandilla Atómica, yo trataba de imponer el paso pero me rendí, las fuerzas se habían disminuido bastante, es hora de dejarlos pasar, y así, con un gesto, liberé la compañía de los hermanos Valencia, justificándome en mi doblete de edad. Pensé que era lo mejor para ellos y para mí, estaba fundido, rápidamente vi cómo se alejaron de mí y mi cuerpo cada vez más débil.

Como por cosa de la magia apareció entre el chusque Diego Winitzky, mítico fotógrafo de trail running; debo tratar de hacer una buena jeta por lo menos, pero estaba destruido, ya no había rastro de los Valencia en el horizonte y además estaba siendo presa de más corredores.

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En ese momento cambió la posición del suelo, había llegado al páramo, lugar reconocido por la alta antena, donde saqué mi barra de cereal energético y me la iba comiendo mientras atravesaba las ruinas producidas por el verano, producidas por los incontrolables incendios, pero sorprendido, pues los frailejones, como el ave fénix, resucitaban de entre las cenizas. El espectáculo era asombroso y doloroso pues a los troncos quemados les brotaban hojas verdes en la cabecera y algunos se veían ya con flor, qué escenario tan increíble para recordarme que no estaba muerto. Me consumí la aserrinuda barra energética, me comí la pepita hidratante y me tomé por lo menos un litro de agua de los tres que llevaba en mi camelback y empecé a correr de nuevo, me dolían las rodillas, tenía ensopados los pies, no sentía tener fuerza y era apenas el kilómetro 22; hacia mucho frío, estaba lloviendo, tenía congeladas las manos y solo se me ocurrió ocultarlas bajo mis axilas para buscar algo de calor, trataba de mantener la marcha, pero era muy difícil, a los 3400 m.s.n.m. El viento en contra, lloviendo, con frío y poca visibilidad, todo es muy difícil.

Llegar al kilómetro 24 fue la dicha pues, aunque el escenario de la cumbre era maravilloso, despiadadamente me estaba aniquilando, tal cual como lo hizo con los voluntarios del puesto de control y ayuda médica, que parecían esculturas de hielo. Inicié el descenso que pronto me devolvió el calor y el sudor, ataqué con fuerza y dejé atrás a los adversarios que me respiraban en la nuca. Avancé 4 kilómetros, llegué al 28 pero no soportaba la cantidad de roquitas que traía dentro de los zapatos, me estaban lastimando mis mojados dedos del pie, así que decidí parar a cambiarme las medias y me coloqué dos bolsas plásticas, limpié mis zapatos, me tomé otro litro de agua y a correr. Ahí estuve por reloj 5 minutos, pero me pasaron 5 corredores, así que debía recuperar mi posición; y algo mágico pasó, mis pies recuperaron la temperatura y me sentí liviano, sentí que se había prendido el turbo y corrí, corrí mucho, corrí sin parar, corrí feliz, no sentía dolores, ataqué la última subida y pasaba atletas, llegué a la punta y al fondo la Laguna de Tominé, sentí mucha dicha, revisé la altimetría y no había más subidas, así que apreté el paso con todas mis fuerzas. Alcancé a Sebastián, quien me había abandonado 10 kilómetros atrás, y me di cuenta que todos venimos luchando y que en ese punto mi mente doblegó a mi cuerpo y que además él me respondió. Seguí apretando el paso, llegué a unos rodaderos muy difíciles, pues el miedo que causa es por el cambio de la postura del cuerpo y el deterioro de los músculos me encuentre un calambre y eso sería el fin, aún quedaba un puesto más de hidratación, así que me consumí todo el camelback, me lancé. Tal cual, no corría, me deslicé acostado por toda esa peña, tenía una sonrisa de oreja a oreja, qué alegría tan bárbara, mi cuerpo respondía y estaba muy feliz, me sentía como un puto cabrito, alcancé a Samuel, quien estaba detenido junto al alambre de púas que había que pasar a rastras, se había encalambrado, así que hay que hacer ese movimiento sin agresividad. Superado el obstáculo, me hice de presa a José Soler y eso fue increíble para mí, pues él es mi campeón, él es uno de los referentes, y era mío; nunca me imaginé que yo lo pudiera pasar en una carrera, así que por arte de magia, nuevamente, me llegó más energía y corría, corría rápido hasta terminar el descenso. Por ahí mismo me encontré a la Pata Sola quien venía sufriendo pues sus patas querían hacerle realidad su nombre; llegué al asfalto y tan pronto lo toqué se me encalambraron los gemelos. La vuelta a la realidad, el asfalto es agresivo con mi cuerpo, me salí de la vía y trotaba por el pasto, qué dolor, muy pronto llego un desvío para continuar la carrera por sendero, avancé unos metros y ya se había ido el calambre, definitivamente, si esos últimos 5k hubieran sido en asfalto tal vez yo habría fundido el motor y regado el aceite, pero el retorno a la montaña me dio tanta alegría, pues el hecho de abandonar el procesado y rudo asfalto me dio un nuevo turbo.

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Faltaban 4k, dijo la auxiliar de la Defensa Civil, y yo estaba full, sentía que volaba, al lado derecho a pocos metros la Laguna de Tominé, el paisaje muy árido en algunos sectores, con grandes surcos y cañones amarillos, gredosos y fangosos rodeado de altos bosques, la brisa del agua de la laguna me impulsaba y también el hecho de encontrar en el camino la gente rezagada de la ruta de 21k, uno siempre quiere sobresalir, el esfuerzo había sido bárbaro, me quería posicionar bien en la carrera, miraba el reloj y llevaba 5 horas y 10 minutos, estaba muy cerca, pedía a mis piernas que aguantaran, sentía pequeñas vibraciones a modo de movimientos involuntarios de las venas, sabía que el calambre estaba cerca, ya no tenía líquido, rogaba a Dios que me ayudara, tenía lo último, de pronto, otro grupo de rezagados y entre ellos, ¡Pedro Patiño! Este sí es un legendario dinosaurio, monstruo y máquina del trail running. Mis ojos no lo podían creer, le puse la mano en el hombro y lo reté; le dije: suerte perro montañero, y emprendí la huída, retorné al juego, corría como si me hubiera robado algo, miraba hacia atrás y lo había dejado. Sin embargo, sabía que no me podía confiar, llegué al límite del pueblo de Guatavita, mire atrás y ahí venía acechándome como una vieja locomotora de vapor con los vagones vacíos, se veía fuerte, se veía concentrado, y me invadió el terror, yo ya deseaba con todas mis fuerzas llegar primero, pero él gritaba: “ni crea que es así no más, lo tengo en la mira, eso no se mueva y verá”.

Me invadió el pánico, faltaba 1k y retomamos la vía asfáltica, ¡Dios mío! El calambre nooooo, Pedro estaba a mi cacería y yo lo insultaba, la gente aplaudía y este par de bestias salvajes entraron fundiendo la máquina como si no hubiera un mañana. “Corra que ya lo tengo”, yo quería llorar, pero llegué, ¡y crucé la meta! Pasé primero, pase con 5 horas 40 minutos, le gané a muchos fuertes, le gané a mis miedos, le gané a mi mente, saltaba de la emoción, había muchas personas gritando y aplaudiendo, uno siente que se le van a salir las lágrimas, es como llegar vivo de la guerra…

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Caribe Atómico, Puesto 21 42k maratón trail running Merrell 2016.

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