Por. CaroCaracolina

PERULOID fue la travesía a la Cordillera Blanca que realizaron en julio dos de los integrantes de Estoy Vivo: CaroCaracolina y Dani Caribe Atómico. Aquí está la crónica de la travesía contada por Caro. Pronto esperamos tener la versión Atómica.

Julio de 2018.

PERULOID nació como todos los proyectos de mi compañero de vida, viajes y alegrías, Dani Caribe Atómico: de un sueño. El sueño por correr la Ultra Trail Cordillera Blanca en Huaraz, carrera emblemática de los Andes peruanos. El propósito del viaje, entonces, fue 1. Hacer la carrera y 2. Conocer un poco de Huaraz y la Cordillera Blanca, región de Ancash.

Huaraz

Hermosa palabra que en quechua significa ‘Amanecer’.

La primera vez que Dani me habló de Huaraz y de la Cordillera Blanca, fue en noviembre del año pasado, y fue como descubrir un lugar inhóspito del mundo. A pesar de ya haber estado en Perú -En 2015 hice el Camino Inca-, no había oído hablar de la Cordillera Blanca. Pensaba que las nieves andinas estaban en Salkantay (otro camino inca), pero nunca hubiera podido imaginar un lugar tan hermoso, ni siquiera estando ya allí. Y mucho menos que iba a hacer alta montaña o que haría un rapel de 30 metros. Lo cual demuestra que viajar con este hombre es y será siempre una sorpresa.

Mi pasión por las montañas ya es conocida por familia, amigos y lectores. Parte de mi motivación por correr es porque es en la montaña. Yo no podría vivir sin ellas, sin sus formas, su piel, su textura y sobre todo, la energía que me regalan en cada camino que puedo recorrer para conocerlas. Así que ir a Perú (que amé) y conocer un lugar nuevo, con un montón de artilugios propios de la alta montaña (que solo había visto en las películas de escalada), era una gran aventura. No podía ser menos.

Nota: Siempre pienso que todo es como una película cuando estoy haciendo la maleta, hasta que llega ese momento de “vamos” y ya no me parece tan chévere, jeje. En realidad son tres momentos: 1. “¡Ay! ¡Qué nota!”, 2. “Mmmmm no… no es necesario…” y 3.“Ahhh!!! ¡Qué chimba! ¡Lo hice!”

Así llegué a Huaraz, con esa felicidad; primero, de viajar con él y a un lugar nuevo para los dos. Segundo, de ser su acompañante de carrera, su grupie -yo no la hice, había prometido no hacer carreras este año. Ya no lo cumplí- y tercero, de dejarme contagiar por su pasión por la “alta montaña”, fuera lo que fuera que significara este término.

No voy a alargarme en contar de la carrera, por obvias razones, aunque quiero rescatar el momento de su llegada, porque sentí cómo se fue un corredor y volvió un hombre de montaña (sin decir con esto que antes no lo fuera). Creo genuinamente que lo que pasó allá arriba recargó a Dani de una manera impresionante; la conexión que tuvo en la Laguna de Shurup y su entorno, resignificó lo que es la montaña y las carreras de montaña para él. Y eso lo he comprobado durante estos meses siguientes.   

Pero de lo que quiero hablar aquí es de nuestro tiempo juntos y, sobre todo, el tiempo que estuvimos juntos caminando y escalando la montaña, el tiempo mejor invertido del mundo, donde aprendí a conocerlo aún más, o dejó que lo conociera y eso, fue un regalo de la vida, de la montaña y de él, para mí.

Laguna de Wilcacocha

Laguna del nieto’ en quechua.

Qué no se habrá escrito de esta laguna… pero para mí su belleza no radicó solo en el agua, sino en el lugar, en el paisaje, en lo que significó para nosotros subir y subir más la montaña hasta estar solo los dos, más cerca de las estrellas, con toda la Cordillera Blanca en frente, esperándonos para presentarnos como dos caminantes humildes que queríamos recorrerla.

Pero iniciemos desde el principio: tomamos un busecito destartalado en Huaraz, con una señora de pie que decía todo el tiempo “SUBE, SUBE, SUBE”. El viaje fue corto, esta zona del Perú es muy desértica. El bus nos dejó a la entrada de un camino destapado donde comenzamos a caminar en subida todo el tiempo, bajo un sol inclemente, pero juntos la caminata no se siente: hablamos, nos reímos, Dani cuenta anécdotas -o se las inventa- cuenta chistes y no paramos de reírnos y de imaginarnos un mundo paralelo, uno donde todo es absurdo y a la vez perfecto. 

Llegamos a la laguna sudando, con ganas de comer y beber algo. Fue un poco decepcionante la llegada porque había basura (plásticos, nuestro karma mundial) tirada por ahí, y eso nos molestó un poco por lo que, sabiamente, decidimos dar la vuelta y ver una montaña más alta que escoltaba la laguna. Claro… nos miramos y ya sabíamos que queríamos llegar hasta allí. Y ese momento es muy especial porque parecemos lectores de código de barras o algo así, detallando el mejor lugar por el cual subir.

Las subida fue muy pendiente, hasta convertirse casi en escalada, con enterrada de espinas incluida y saludo a las cabras, más locas que nosotros. Llegamos a la cima desde donde pudimos apreciar la Cordillera Blanca en todo su esplendor… ver tantas cumbres cubiertas de nieve fue un regalo no esperado, por lo menos para mí. Fue como cuando te llega un bono “porque sí” de tu librería favorita (bueno, ya sé que eso no pasa, era solo un ejemplo), pero no podíamos parar de asombrarnos de esa cadena montañosa tan desconocida para nosotros. Dani estaba loco con semejante horizonte y las formas puntiagudas de las cumbres, nada parecido a las cordilleras y los picos colombianos -que también son hermosos-. Y ahí aún no sabíamos hasta dónde llegaríamos…

El Valle de Ishinca

A pesar de tener la certeza desde Colombia de que queríamos hacer alta montaña, no teníamos muy claro lo que íbamos a hacer. Y por esas cosas de la vida, que a veces llamamos destino, casualidad, causalidad, o el universo, dimos con David, un guía que terminó siendo la horma para nuestro zapato, para nuestra bota de montaña y nos montó un recorrido que nos dejó emocionadísimos.

David, un guía peruano de alta montaña, nos llevó a conocer uno de los lugares más asombrosos, mágicos e inolvidables que haya visto en mi vida: el Valle de Ishinca, Cordillera Blanca.

La llegada al Valle, donde además está el refugio, fue una caminata de unos 12 kilómetros, en los que poco a poco nos fuimos adentrando a un cañón desde el que veíamos muy altas las puntas nevadas de algunas de las cumbres de la Cordillera Blanca, hasta que se abrió el paisaje y vimos al indomable Tocllaraju (‘Nevado con trampas’ en quechua), guardián del Valle de Ishinca. Fue como una visión… aún recuerdo ese momento y parece mentira, nunca había visto una montaña tan alta, tan cerca y tan nevada. Esta montaña es de una soberbia magnitud, es impresionante, hipnotizadora. Acostumbrarse a ella sería imposible, porque su presencia sobrepasaba los límites de cualquier pensamiento, de la belleza y la grandeza. Desde que llegamos amamos ese lugar.

Esa tarde hizo un sol maravilloso que nos dejó calentarnos un poco. Hacía mucho frío ya que el refugio está a 4.400 msnm, creo que era la altura más extrema a la que había estado, y no era cumbre, jeje, era nuestro alojamiento.

La acomodación en el refugio fue en un cuarto con literas, lo que me hizo recordar mucho el Camino de Santiago, aunque aquí no estaba tan limpio. Pero estaba bien, el refugio estaba siempre tibio, había agua caliente (importantísimo) y muchos montañistas. Allí pasamos tardes entretenidas comiendo “pepitas” (como lo llamaba Dani), o sea semillas y tomando té de coca. Jugamos infinidad de veces “el ahorcado” y nos reímos como enanos, de todo y de todos. Qué rico es reírse, y acordarte y reírte otra vez.

Cumbre al Ishinca

Dos de la mañana. Salimos los tres con un firmamento plagado de estrellas… todavía lo recuerdo… la vía láctea en todo su esplendor. Como aún recuerdo las primeras cuatro horas de caminata, David adelante, luego Dani y luego yo, pegadita a él, escuchando sus historias. A pesar de la altura y de que no parábamos de caminar (lento, pero seguro), fuimos subiendo entre historias de vida (¿Las recuerdas?). Fue muy bonito.

Ya cuando comenzó a amanecer alcanzamos el borde de nieve y cambiamos el equipo por crampones, piolet, casco, gafas y nos encordamos (técnico de escalada donde nos atamos entre nosotros a una cuerda de seguridad).

La subida fue dura, técnica, empinada. Bueno, eso es lo que a mí me pareció, tal vez escaladores profesionales no lo verían así, pero yo me esforcé un montón y la emoción no me cabía en el cuerpo. La sensación de clavar los crampones en la nieve y soportar todo su peso allí, mientras das otro paso, es increíble. Y el cielo fue cambiando de azul negro oscuro a ese azul profundo, azul mar, y las cumbres vecinas se vistieron de amarillo cuando el sol las tocó. Y ya no sabía cómo más sentir felicidad.

El cuerpo lo dio todo, todo el tiempo, con piernas, brazos, pulmones, mente y corazón, hasta llegar a la cima, a 5.530 msnm que ganamos la cumbre del Ishinca. Nos miramos y nos abrazamos. Fuimos una gran cordada, los tres fuimos igual de fuertes y estábamos igual de enamorados por este lugar.

La cumbre nos regaló una sorprendente vista de otras cimas más: el Tocllaraju, el Palcaraju, el Urus, el Huantsán,… y el vecino Ranrapalca que intimida por sus dimensiones gigantescas. El paisaje blanco era infinito y puntiagudo (cumbre tras cumbre). El ambiente estaba helado pero nosotros no parábamos de reírnos, de tomar fotos, hacer videos y llenar los ojos con semejante majestuosidad. Estuvimos unos veinte minutos en la cumbre y bajamos entre risas y recuerdos del ascenso, del miedo o el frío o el hambre que sentimos al subir. Ahora el paisaje se abría ante nuestros ojos bellísimo e imponente, como no pudimos apreciarlo en el ascenso por la oscuridad.

Hacia la 1pm ya estábamos en el refugio, duchándonos, comiendo lo poco que llevábamos y a descansar.

Cumbre al Urus

El Urus (‘cerebro’ en quechua) fue la otra cumbre que hicimos. Con una ya a cuestas y mejor aclimatados, nuevamente a las 2am estábamos ascendiendo esta empinada montaña, muy rocosa al inicio -pura morrena-, así que nuestros pasos debieron ser cortos y seguros. Luego nos llegó la nieve, más pronto que en el Ishinca, y comenzaron innumerables ascensos técnicos que, sin el equipo adecuado y la energía física y mental que llevábamos, no habríamos podido hacer.

Llegó el amanecer y con él las ganas de estar en la cima, pero también de no perderse nada de las impresionantes panorámicas que regala una altura como ésta. Tal vez “impresionantes” no sea la palabra justa con la imagen, con el deseo de tener más ojos, más boca y más pulmones para tragarse toda esa belleza. Tal vez es alucinante; o mejor sobrecogedor la palabra que estoy buscando.

Llegar a los 5.420 msnm, después de 3 horas de escalar es fantástico. No solo eres consciente de tu fuerza física y mental para llegar allí, sino que tu alma se despierta (con el amanecer y con tu energía) invadida de montañas, altas montañas, invadida de los cambiantes azules del cielo, del blanco de las nieves perpetuas, y del naranja, rosado y amarillo de un amanecer que no quieres que termine.

Llegamos solos, los tres. Los otros equipos que ese día salieron iban detrás, así que tuvimos la cima como premio para nosotros, para disfrutarla al máximo, para hacer conciencia del lugar tan preciado en el que estábamos: la cumbre. Y de ahí surgió nuestra pregunta: ¿Cuál es tu cumbre? Porque no todos estamos hechos para escalar montañas y eso no quiere decir que no sueñes o logres tus cumbres.

La cumbre es ese lugar al que queremos llegar: es la realización de un sueño, un proyecto, un objetivo o un plan. La cumbre es esa meta a la que quieres llegar: un viaje, un empleo, una relación, un emprendimiento, una carrera… Pregúntate: ¿Cuál es tu cumbre? Qué bellas metáforas nos regala la montaña en cada ascenso…

Si quieres ver nuestro video sobre la cumbre del Urus, has clic AQUÍ.

Hay muchas más historias e imágenes en este viaje, en esta travesía de quince días por tierras peruanas, pero solo quería hablar de mi experiencia en las montañas y de alguna manera transmitir lo que me dejó, porque cuando pienso en ello pienso en el amor: amor por lo que hago, por quien me acompaña en el camino, por los lugares que visito, por las cumbres que voy logrando.

Gracias montaña por haberme dado lección de vida
porque fatigando he aprendido a gustar el descanso
porque sudando he aprendido a apreciar
un sorbo de agua fresca, porque cansado me he parado
y he podido admirar la maravilla de una flor,
la libertad de un vuelo de aves,
respirar el perfume de la sencillez;
porque en la soledad,
absorbido en tu silencio
me he visto en el espejo
y espantado he admitido mi necesidad de verdad
y amor, porque sufriendo he saboreado el gozo de la cumbre
percibiendo que las cosas verdaderas,
las que traen felicidad
se obtienen solo con la fatiga
y quien no sabe sufrir
nunca podrá entenderlo.

Battistino Bonali ’92

Este texto está en una pared del refugio de Ishinca

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