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Con esta imagen comenzó la aventura de la Pandilla Atómica, buscando disfrutar, ser libres y hacer lo que más nos gusta: montar en bici, viajar y compartir.

Esta travesía fue creada para recorrer las rutas montañeras más importantes de Colombia, 1.271 kilómetros: desde la ciudad de Bogotá hasta Cali por Manizales y volviendo por Ibagué.

No se lo pierdan.

Día 1
179 kms, Bogotá – Mariquita.

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La Pandilla Atómica inicia “La toma del café”. 6:00 am

¿Cómo asumir una larga travesía ciclística?

Uno nunca está preparado. Hace cinco meses planeamos salir de nuestras casas a realizar de manera larga lo que más nos gusta, montar en bici.

Hicimos algunas preparaciones físicas, como subir a Patios, hacer travesías «cortas», Bogotá – Anapoima, 10k de Electro Nigth Trail Running, en Bogotá entrenamientos de fuerza con el club Trail Run Colombia los miércoles en la pista de El Salitre, más carreras… un sin número de actividades que propondría una puesta a punto para nuestra «Toma del Café», travesía que la denominamos de esa manera pues es la lucha del cuerpo y de la mente por vencer las grandes montañas que componen el eje cafetero, muchos e importantes puertos de montaña, los más hermosos paisajes, mucho verde. Pero una exigencia física llevada al límite…

Sobre la víspera del viaje, nos hicimos los respectivos análisis «médicos», donde inscribimos nuestros datos antes de salir: peso, talla por zonas, indice de masa muscular, cantidad de grasa, calorías necesarias para estabilizar la pérdida, y ese tipo de cosas.

Estando ya todo listo, el reloj marcó la fecha y hora de partida. No hay fecha que se no se cumpla, era hora de partir, era hora de ser felices.

A esta primera etapa se juntó nuestra gran amiga Jenny Carolina, guerrera indomable, la potra zaina de la bici, ¡mi admiración y respeto total!

Con el Club habían cuadrado la despedida de la Pandilla Atómica… Es muy difícil redactar con palabras lo que la gente le hace sentir a uno cuando se unen tantas personas para brindar la mejor energía, el cariño y la admiración por la travesura que estábamos a punto de iniciar. En cabeza de nuestro líder Elías Buitrago, habían preparado un acto al mejor estilo de graduación de colegio: junto con varios secuaces como Alexandra Ardila, Carlos Emilio, José y Éder, convocaron a los amigos de nuestra comunidad y les dieron cita a las 6:30 am en la calle 72 con 7a.

Cuando nosotros llegamos, había por lo menos 30 personas. Nos dieron un gran aplauso y muchos abrazos, me dio mucha pena recibir tanto cariño de tantas personas tan hermosas, siempre firmes a compartir con entusiasmo todas las locuras que nos inventamos pa’ disfrutar la vida. Luego, Elías hizo lectura del «acta» que incluía palabras motivacionales, himno y premiación… ¿premiación? Sí, premiación. Habían realizado la medalla de participación, que sin ser aún finisher, nos las entregaron, y es la medalla más linda que jamás haya recibido, es una sección de tronco de árbol pirograbada a láser y con una cabuya. Dice: «La Toma del Café, Pandilla Atómica, Trail Run Colombia, Noviembre 2016» y además varios mensajes escritos a mano en un papel con forma de nube. Tenía un nudo en la garganta, me sentí inmensamente feliz y solo puedo decir: ¡gracias! y recordarle al mundo, que solo con un poquito de amor podemos definitivamente cambiarlo.

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Así pues arrancamos, salimos por la Calle 80, al infinito y más allá. El odómetro bip bip marcaba 30 km/h, pasábamos entre los carros como alma que lleva el diablo, pronto estábamos en el puente de guadua, subimos la intensidad, rodábamos a 44 km/h… solo puedo decir: te amo libertad.

Era el primer día de la travesía, ¡aún falta mucho por disfrutar! Coronamos el Alto del Vino, empezamos el descenso, la velocidad máxima fue de 81 km/h, era muy rápido y la Pandilla jugaba a robarse el liderato, pronto llegamos a Villeta. Una parada técnica a saludar a los padres y tíos promotores de estos diablos del pedal, los Valencia; fotos, besos y abrazos, la bendición y a continuar…

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38 km. Alto del Vino. primer puerto de montaña. ¡check!

El Alto del Trigo

15 kilómetros de angustia, un desnivel positivo de 850 metros, rampas del 5 y 6 por ciento y varias al 10 por ciento. Yo sé que ese lenguaje es muy técnico, pero pa’ los que no saben se los voy a traducir: ¡una puta mierda! Hambre, deshidratación, mucho dolor en los cuádriceps… me tuve que bajar varias veces y caminar, sentía desaliento, mareo, puntos amarillos en la visión… pensaba en el golpe de calor y en la palabras del doc. Enrique Suárez: «si cae al suelo apriétele el pecho». Dos paradas a descansar, me comí los bananos deshidratados de Dafrud y una Coca Cola, sentía alivio, me incorporaba, pero desfallecía rápidamente… qué puerto tan duro, bien lo dijo un campesino de la zona: «este puerto es de categoría uno», y Jenny Carolina como si nada…

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91km más lejos de casa… El alto del trigo duele muchoooo. 16km en 2 horas.

Después de ese parto volvimos a la calma, pero había mucho cansancio acumulado, le imprimimos energía y la alegría que nos caracteriza, llegamos a Guaduas y paramos a almorzar, el caso era de hambre. Comimos como si fuera la última cena, y volvimos a rodar, coronamos el Alto de la Mona y se abrió ante nosotros el cañón del Magdalena, buscamos un lugar para detenernos a apreciar el paisaje y…. El nevado del Tolima y el Ruíz con su fumarola al fondo, era increíble! Se había despejado el cielo al atardecer, eran las 5pm, se veían clariticos, se veían hermosos, se veían en la mierda y el lunes, según la bitácora, pasaremos al lado de ellos cuando subamos el Páramo de Letras… ¿el Páramo de Letras? 90kms todos de subida… mejor sigamos bajando a Honda y luego pensamos en eso, dijimos.

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Atrás las fumarolas del Nevado del Ruiz y el Tolima

Llegaron las 6 de la tarde, todo se oscureció, el cielo estaba despejado, la luna en cuarto creciente, por partes apagábamos las luces y rodabamos a oscuras, solo con la luz de ese pedacito de sonrisa incrustada en el cielo, en el ambiente olía a «caballero de la noche» (planta que en la noche libera su delicioso aroma), ¡todo es perfecto! ¡Quiero hacer esto por siempre!

Pd1. No nos ha dado gripa, pero si nos llega a dar: Noxpirin, a los síntomas de la gripa le pone fin…
Pd2. No se porqué pienso en Jorge Barón…

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179 km más lejos de casa. En Mariquita… Estamos mamaos…

Día 2
41km, Mariquita – Ruinas de Falan – Mariquita

220 km de travesía y más lejos de casa…

Conocer y disfrutar fue la consigna para este día suave de relax, frente a lo que nos espera mañana: Alto de Letras… Hoy la historia no tiene muchos kilómetros pero sí tiene muchas risas, fue un día de «relax», aunque no dejó de tener su dificultad.

Salimos a rodar a las 10am luego de un nutrido desayuno. Los músculos estaban algo resentidos, sobre todo los cuádriceps (muslos). Salimos de Mariquita rumbo a las Ruinas, la carretera era en bajadita hasta la variante a Falan, de ahí en adelante subisa de 8km con un desnivel positivo de 800 metros, pero veníamos descansaditos y desayunaditos, así que subimos a buen paso, Jenny venía golpeadita, además había un sol muy fuerte sobre nuestras cabezas.

En las ceibas había demasiadas aves, muchos cantos, el color de la vegetación siempre muy verde, por esta zona hay mucha agua.

Subimos una cinta (camino en cemento) y llegamos a un rancho que indicaba el inicio del sendero para las Ruinas, ahí saludamos con el propósito de dejar a guardar las bicis, salió doña Blanca, una viejita muy querida que nos recibió de muy buena gana mientras despepaba una guanábana, nos vendió Coca Cola y nos cobró 1000 pesitos por guardar cada bici.

Mientras nos alistábamos nos iba contando sobre los diferentes productos agrícolas que abundan en la zona, hizo mucho énfasis en la variedad de café «La Nacional», según ella, el mejor café que había hasta que el gobierno lo desplazó a través de impulsos crediticios solo a quienes cultivaran otras variedades como el «caturro», con la problemática que ese nuevo café fue el que trajo la rolla y por ende, el consumo de productos químicos para el cuido. Negocio redondo.

Iniciamos nuestro recorrido a pie por esos exuberantes senderos, llenos de árboles de todo tipo, muy altos, se notaba claramente lo antiguos que eran; había ceibas con raíces extrañas, cacao, café, banano, limón, naranja, guayaba y mucha agua, lagartijas de todos los colores, iguanas, arañas… definitivamente aún falta mucho pa’l fin del mundo… (tercera travesía, upssss, se me salió).

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Son sólo como 4 kilómetros de caminata, pero un montón de cosas por observar a cada instante: túneles por doquier que datan de la época de la colonia, seguramente construidos por nuestros antepasados los indígenas, esclavizados por los inútiles y ladrones españoles del momento para encontrar nuestro oro. Dice la leyenda que desde las Ruinas de Falan hasta Mariquita, 20 kilómetros, hay un túnel, que fue construido con el propósito de evitar a los piratas que esperaban que los tontos Españoles sacaran el oro pa’ robarlos. Junto a los túneles, algunas estructuras con arcos, pareciera que fueran como pequeños refugios, varias excavaciones como túneles de ventilación para los túneles de extracción, llenos de murciélagos, al dejar caer piedras no se oía que tocarán fondo y tampoco se veía, definitivamente un lugar fantástico.

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Continuamos el recorrido, vestigios de cascadas donde ya solo corren hilos de agua, pero que todos se juntan en un pequeño pero caudaloso riachuelo, que formaba un pequeño cañón entre las rocas y la nutrida selva, definitivamente mi amor acá se recupera.

Finalmente llegamos al lugar del salto, un punto de 8 metros de alto, de formación natural, donde uno se puede lanzar para caer en un fresco pozo de agua, agua producto del deshielo del nevado del Ruiz, punto donde la Pandilla Atómica y Jenny ¡volvimos a ser niños otra vez!

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Desde las Ruinas de Falan, ¡Al agua patos! Salto de 8mt de altura….

Pd. Doña Blanca después de tanto llorar nos regalo un pocillito lleno de pulpa de guanábana…

Día 3
121 km, Alto de Letras.

Parte 1. 341 km más lejos de casa…

Asesino del dolor, el infierno de los ciclistas, el puerto más largo y alto del mundo, agónico e interminable. ¿Algo más? ¡sí! Todas las anteriores multiplicado por cuarenta y tres. Conclusión de algo que había iniciado como un sueño.

Tantas veces había visto los nevados desde la ventana de mi casa; si mal no recuerdo, cuando estaba en el colegio, por allá en 1993, y tenía un exámen importante, subía al último piso de la casa donde se veía plenamente el horizonte de Bogotá y allí había descubierto unas montañas que tenían el pico blanco; a partir de ahí siempre las iba a mirar y cuando las veía declaraba que ese día sería de buena suerte, por lo tanto, me iría bien en el exámen. El exámen siempre me lo tiraba, pero nunca dejé de creer que ellas (las montañas) me darían buena suerte, además de anhelar el que alguna vez estaría sobre ellas dejándome encantar por siempre.

Como ya conté, el primer día de esta travesía se dejaron ver nuevamente a una inusual hora de un día climáticamente gris, por lo tanto declaré: esto es augurio de buena suerte. Pero al analizar bien la panorámica, concluí que hacia el lado derecho del Nevado del Ruíz, un poquito más abajo, por donde se ve el inicio del cañón, queda el Alto Páramo de Letras y que por ahí tenía que pasar. En esta travesía, y antes, nunca había podido dejar de pensar en «Letras»: leí todos los blogs, analicé todas las altimetrías, la comparé con el «Alto de la Línea», pero nunca supe por donde enamorarme de este ascenso. Sí, era un sueño y un reto por cumplir en mi vida, y hoy digo ¡check! y suerte es que le digo, porque ese momento es pasado y ya fue.

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Para la Pandilla era la primera vez que subiríamos en bici, Jenny ya lo había hecho una vez, sabíamos en teoría que sería duro. En los números dice así: Alto de Letras, 81kms partiendo desde Mariquita, de 200 m.s.n.m hasta los 3.650 m.s.n.m el punto más alto, desnivel positivo de 3.400 mts sin pensar en el total acumulado pues tiene varias bajaditas y varias rampas del 9, 10, 11 y hasta 12% de intervalos de 6 km.

Así pues que nos levantamos muy sonrientes y muy dispuestos a las 3:30 am, bañaditos, vestiditos y desayunaditos. A las 5am ya estábamos afuera en la calle en frente de la casa de Yeminson en Mariquita dándonos el adiós.

Aún con el cielo oscuro, empezamos a atacar el Alto, él no da tregua, al contrario, como si no fuera suficiente, la salida de Mariquita es muy de bajadita y pronto se inclina la vía en contra.

Pedaleamos mientras despuntaba el alba, un amanecer hermoso lleno de color candela (mensaje subliminal), el ambiente era el ideal, era una mañana muy fresca, había llovido. Me preocupaba un poco el clima pues durante la noche había relampagueado mucho, pensaba en la cumbre, ojalá no nos llueva (uno siempre desea eso).

Los primeros 20 kilómetros fueron duros, pero tranquilos, paramos a hidratarnos y a descansar unos minutos, eran las 6:30 am, íbamos todos muy bien, excepto Jenny.

La revelación

Jenny Carolina, denominada por mí como la «Potra Zaina», mujer muy fuerte, aguerrida, entusiasta y feliz, se lesionó al saltar los 8 mts en el pozo de las Ruinas de Falan. Unas horas antes de salir para «Letras» tomó desinflamatorios y analgésicos y era nuestra responsabilidad. Sabiendo esto, todos íbamos aún más pendientes de nuestra Potra, que iba además de todo, aguantando el dolor del coxis y acomodando una única postura para poder continuar.

Los siguientes 20 kilómetros fueron también tranquilos, los hicimos suaves a buen ritmo, esperando a Jenny y disfrutando del paisaje.

Pasamos por Fresno, pueblo que a todos nos impresionó mucho, huele muy mal, no hay control de basuras por parte del municipio y la botan por todos lados, en todas las casas hay de uno a cuatro chulos en el tejado como esperando a que se muera el inquilino, había letreros y publicidad como “Juegue la lotería del Tolima, pa’ que le caiga encima” y “Prohibido estacionarse aquí y consumir drogas”. Es un pueblo con una energía oscura y, además, con unas rampas del 12% que obligaban a pararse en los pedales.

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Llegamos a Padua, llevábamos 40 kilómetros y eran las 9:00 am, teníamos mucha hambre, paramos a desayunar por segunda vez. En estas travesías es impresionante, se come demasiado y después solo salen 2 bolitas. Me sentía como haber llegado a casa, ya escuchaba el arriero del hablado y las calles olían a chocolate negro con panela. Padua esta a 2.100 m.s.n.m y haciendo cuentas y estadísticas veíamos que esta etapa, sí era dura, pero nada que lamentar, es más, declaré que hasta ahí me parecían más duros los 18 kms del Alto del Trigo.

La etapa la diseñamos en 4 estaciones de a 20 kilómetros. Ya con la panza rellena, salimos por la tercera estación que era la variante a Herveo. Los Valencia prendieron la moto y se desprendieron del grupo, yo me quedé escoltando a Jenny y tomando algunas fotos, exscusa para ocultar mi «pataconiada», ya sentía algo de cansancio, pero estaba muy dispuesto. En la vía apareció una rampa como de 500 mt al 12%, bajé toda la relación de la bici 1/1, me paré en los pedales y hágale, pero a partir de ahí no pude volver a pasar a más de 1/1; se me empezó a hacer pesada la bici.

A la derecha el paisaje era asombroso, las montañas todas terminaban como en puntas de iglesia gótica, y gótico también era el cielo, se puso muy gris y se descuajó, en solo segundos ya estaba toitico emparamado. Saqué el impermeable y continué echando pedal, como quien quiere matar una cucaracha invencible: mandaba patadas y avanzaba muy poco, se hicieron millones de riachuelos por todos lados, caía agua en cantidad, llegué al punto de encuentro, los Valencia llevaban esperándonos 40 minutos, los pobres estaban congelados. Ahí mismo llegó Jenny, por lo tanto, decidí no parar y seguir; esa es la gran mentira, uno cree que está fresco porque está mojado y frío, pero el cuerpo viene gastando mucho más de lo «normal». Al rato escampó, las rampas se ponían todas al 12%, me invadió un calor terrible, me dio calambre en las manos y no sentía de los tobillos hacía abajo, veía puntos amarillos, me bajé del sillín de la bici, sin sacar las piernas y me tumbé en un pastal que había al lado. Era el fin…

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Pd1. Pataconiada: persona que rinde muy poco deportivamente.
Pd2. Al final de redactar esta crónica, Jenny informó fisura del coxis.

Parte 2. Alto de Letras.

¿Cuándo será el día final? Nadie lo sabe. Todo el mundo protege, atesora, anhela, lucha por «cosas», y se les va la vida; tal vez detrás de un escritorio, tal vez con quién no quieren de verdad, y a otros, como yo, jugándonos el todo por el todo en un sólo día: el hoy. No tenemos nada comprado, y cada vez en el mundo suceden cosas más inexplicables que demuestran claramente que si todo lo que dicen y hacen las tradiciones y las políticas estuviera realmente bien, el mundo no sería el caos que es, tanta desigualdad, tanta ansiedad de poder, tanto sujeto suelto diciendo «usted no sabe quién soy yo», tanta rabia, tanto odio. Y yo… sentía que me estaba muriendo, muriendo en mi ley, tumbado en la hierba mojada, mirando al cielo y pensando si en ese espacio clarito que se ve al fondo esa estrellita sería Júpiter, con una sonrisa de oreja a oreja, pero inmóvil, respirando suave, volviendo en mí. De a pocos me incorporé y sentí muchísima hambre, recordé que traía en mi mochila una chocolatina de quinua y frutos rojos que nos regalo Dafrud, me la comí, me bebí una botella de agua que traía en el porta caramañola y me tomé una pasta de sal rehidratante, esperé unos pocos minutos y me levanté, me subí a la bici y continué.

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Al pasar la siguiente curva ahí estaban los Valencia sentados esperándome:

– ¿Todo bien mono?
– ¿Todo bien perros!

Me puse feliz de verlos, además estaban ahí no más, pero «primero muerta que sencilla», así que mentí, «todo bien»… ¡ja!

Dos curvas más al 12% y Samuel se adelantó, yo baje la velocidad, no podía llevar su ritmo, una curva más y pasó Sebastián, pronto los dejé de ver, nuevamente se me iban las fuerzas, baje otra vez de la bici y apoyé la cabeza en el manubrio, respiré profundo y hágale, di la curva y ahí estaba Sebastián. Paré y le dije:

– Vengo mal, no tengo con qué… tengo hambre.

Él se estaba comiendo los frutos secos de Dafrud y me contestó:

– Yo también ya tengo hambre mono.

Y le ayudé a comer los frutos secos. Arrancamos nuevamente y al dar la siguiente curva estaba Samuel con Jenny, acababan de arrancar, estábamos los cuatro. Pocos metros más, tal vez dos curvas y apareció de entre la nada un rancho, empezaba a llover otra vez, Samu cruzó la carretera y gritó:

– ¡Paremos a descansar y a comer acá!

Y todos al unísono…

– Siiiiiiiiii!!!

Me bajé de la bici, y a pasitos me iba acercando al rancho, en él ví a una señora oreando unas arepas amarillas en la brasa de un fogón, se me hizo agua la boca como nunca antes, tenía mucha hambre…

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En los números, íbamos así:

Kilómetros recorridos: 66
2 desayunos, un refrigerio.
Hora de salida: 5:00 am.
Hora de esta parada: 1:00 pm.
8 horas de haber salido desde Mariquita, 6 horas pedaleando, nos faltaban 14 kilómetros, según el promedio, dos horas más.

Me comí dos arepas con queso, tres buñuelos, una Pony Malta y una lata de salchichas. Me senté al lado del fogón, tenía mucho frío, no sentía las manos ni los pies, estábamos a 3.100 m.s.n.m, quería que la señora del rancho me diera un abrazo y ponerme a llorar, como cuando los hijos llegan de la guerra. Le pregunté:

– Seño, de casualidad, ¿usted hizo almuerzo?
– Si mi niño ( con acento paisa )
– ¿Y qué es?
– Caldito de costilla, frisoles con arroz, ensalada y chorizo.

Y todos al tiempo dijimos:

– ¡Uy! ¡Yo quiero!

Qué momento tan chistoso, ¡estábamos destruídos y con un hambre voraz!

Todo lo que nos comimos, porque todos comimos lo mismo, nos costó a cada uno 14.000 pesos, esos poquitos pesos fueron los que nos salvaron la vida…. cuesta muy poco, ¿no?

Como dice mi abuela: ¿Se calentó mijo? Entonces ¡le está alimentando!

Así pues, salimos a coronar esos últimos 14 kilómetros por unos cañones de montaña increíbles, con unas aristas y puntas de película de ficción, verde por todos lados, plantas muy altas, la vegetación se ve que es la original, mucha selva, muchas caídas de agua. Pese al cansancio y a los dolores, iba totalmente enamorado, las nubes se enredaban entre los árboles y hacia su interior misterioso se oía el canto de las aves.

Pedaleaba mirando la línea blanca, concentrado, ya casi. Iba con Jenny, paramos a quitarnos la chaqueta y cuando íbamos a arrancar, Jenny metió mal el impulso y como iba con los «chóclos» se enredo y cayó al piso. Apenas vi la expresión de su rostro supe que le había dolido todo, además porque cayó del lado de la lesión que traía; pronto la ayudé, respiró, contó hasta diez y seguimos.

Una eternidad los últimos 8 kilómetros, mucho, mucho frío… pero lo coronamos. Lo coroné, ¡sobreviví a Letras!

Pd1. Al publicar esta crónica parte 2, o sea hoy día 5 de la travesía, volvimos a subir a 3.400 m.s.n.m a la variante a los nevados en el sector de la Esperanza, que es denominado como hacer «Letras» al revés, o sea, desde Manizales. Total acumulado de #LaTomaDelCafe: 401 kilómetros

Pd2. Chóclos, es como se le denomina a la zapatilla del ciclista que se ancla automáticamente al pedal, la cual si no se saca con anterioridad, el ciclista se cae.

Día 6
Día soñado. 105 km, 501 km más lejos de casa.

Salimos de las largas cuestas, salimos de Manizales; ciudad que nos acogió, ciudad intermedia, ciudad de nuestro amigo Alfonso que nos llevo a tomar café y nos acompañó a cenar. Salimos de Manizales, ciudad clavada en lo alto de la montaña, rumbo a Chinchiná, los primeros 20 kilómetros todos de súper bajada, a la salida un letrero que decía «Tomar la autopista del café».

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Un rico desayuno en Chinchiná, nuevamente fríjoles. La travesía parece que tiene mal escogido su nombre, debió llamarse «la toma del fríjol» que ya viene siendo como ingesta.

Visitamos la Basílica Nuestra Señora de las Mercedes, impresionante construcción y obra artística llena de vitrales y arcos de medio punto, típicos de las iglesias coloniales, forrada de imaginería en yeso y tallas preciosas en madera.

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Pasamos por Santa Rosa de Cabal, donde uno queda lleno de tanto letrero que invita a comer chorizo Santa Rosano «el original», hasta que llegamos por un camino destapado a las famosas termales, paradisíaco y costoso lugar para sumergirse en el calor de la tierra y relajar los delgaditos músculos que revisten la osamenta.

Muy tarde salimos por andar coqueteando con la blonda Alemana, pero no podíamos quedarnos con las ganas de echarnos a la boca el típico manjar.

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Sobre la carretera, el reloj ya apuntaba la oscuridad y entre rayos luminescences nos abrimos paso hasta pasar por Pereira, nos deslizamos por el famoso víaducto y hasta la Catedral de la Pobreza fuimos a dar, una obra de finales de los 1890, nos asombramos con su complicada techumbre en madera que recuerda la arquitectura románica medieval y su hermosa decoración bizantina.

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Nos movilizamos por la Cra. 7a en busca de comidita, pero la ciudad es tan pequeña que sin querer ya estábamos en carretera otra vez, rumbo a Cartago, así que en el intermedio nos toco parar, pues mi llanta se pinchó. Superado ese chascarrillo, reanudamos el movimiento con muchas ganas de llegar pues la panza no aguantaba más, con una velocidad máxima de 95 km/h, surfeando la autopista, siendo las 10:30 pm, al hotel de una bomba de gasolina llegamos, de nombre «El trailero». Por un valor de nueve mil pesos la noche cada uno y la panza llena de pizza, nos entregamos a los brazos de Morfeo.

Día 7

Abrí los ojos, había llovido toda la noche, eran las 5 am. 200 kilómetros nos separaban de Cali, estábamos en Cartago, había que salir muy temprano pa’ lograrlo… pero llovía… Pensé, debe ser un temporal, esperemos un rato. 6am seguía lloviendo sin disminuir. Sebas prendió la tele y en las noticias informaban inundaciones en Bogotá y Antioquia y fuertes aguaceros en Manizales y Pereira… creo que acá no va a escampar, ¡nos vamos!

Bañaditos, limpiecitos, desayunaditos… nos paramos en la puerta del hotel, hotel de camionero, 9.000 pesitos la noche y 7.000 el desayuno: Caldo, calentao de fríjol (otra vez), huevos rancheros, arepa y el delicioso chocolate negro en agua’e panela; nos miramos las caras y…

– Pues a hacerle… Santo Dios… Qué duro.
Inicio de jornada 8:30 am.

Los primeros 60 km no paró de llover, ya el agua había invadido absolutamente todo… pero estábamos fuertes. Tenía la esperanza de que a medida que nos alejáramos de la cordillera por el valle escampara. Llamé a Andrea Flórez, en Cali, y no… parece que llueve en toda Colombia, igual, había que seguir.

 

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Llegamos a Tuluá, pueblo que está a 1100 m.s.n.m, normalmente a esa altura en Colombia todo el ambiente es caliente, pero no; fuimos a comer salpicón al muelle del río y se nos pusierom morados los dedos de las manos y las articulaciones empezaron a doler mucho, nos estábamos congelando, tocó continuar sin descanso. La lluvia seguía cayendo en la misma intensidad, se hacía duro pedalear, pasaban las tractomulas y lanzaban un tsunami de agua y barro sobre nosotros, se perdía la visión por instantes, los frenos fallaban…

 

Llegamos a Buga y el frío era increíble, no cambiaba el clima, llovía, llovía, llovía, y tocaba seguir, tocaba con calma.

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Pasaban las horas, impulsábamos las bicis con toda la fuerza que teníamos, rodábamos a 30 km/h, era muy buena velocidad, las llantas salpicaban todo el barro en la cara.

6:30 pm, finalmente paró la lluvia, tomamos desvío hacia Yumbo. Esa era la meta, sin saber que ese pueblo era tan terrible; pero antes de llegar, Sebas pinchó. Un alambre cabello de angel fue el causante del impase, la pregunta: ¿cómo extraemos eso de la llanta? Los dedos vienen congelados y viejitos por el agua, por lo tanto no hay motricidad fina, ni coordinación, ni fuerzas. Intentamos con los dientes, fallido. Pasaban los minutos, se hacía oscuro, estaba engarrotado; superado esto, la llanta ya no quería entrar en el marco… en este momento Samuel dijo:

– Yo sé que siempre hablamos diciéndonos groserías, pero quisiera saber, si en momentos como éste son de verdad…

Al fondo, en el cielo, una nube más se sumaba a la fiesta del clima, pero era una nube muy rara, era gigante, y cubría todo el pueblo y se nutria de las chimeneas de las industrias. Olía terrible y los riachuelos estaban muy contaminados, había miles de chulos (gallinazos) por todos lados. Como ya había parado de llover, solo había fango y miles de tractomulas.

En Yumbo encontramos un hotel de camionero -obvio- muy barato, estábamos muy cansados, ya eran las 7:30 pm, habíamos recorrido 190 kilómetros bajo el agua de la lluvia. El señor del hotel nos dejó lavar las bicis y la ropa que traíamos puesta, que además, era la única ropa que traíamos junto con una mudita de cambio. Cenamos y a dormir. Pero… ¿Quién duerme con todo el ruido que produce la ciudad más industrial de Colombia?

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Día 8
Cali. 694km más lejos de casa

¡Andre! ¡S.O.S!
5am, ya me quiero ir. Yumbo, no es tu culpa… pero eres terrible, hueles muy mal, el aire tiene sedimentos, hay mucho ruido y polvo, ¡Adiós pues!

13 km después estabamos con Andre: <3!

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Aquí con “El ibérico”, ¡el mismísimo man que viste a Valentín San Juan!

Día 9
La ruta Colombia Sura

191 km, para un total acumulado de 882km más lejos de casa….
Cuesta, cuesta mucho… ser feliz, cuesta mucho.

Ahí estábamos, en el corral de salida para enfrentarnos a los 185 kilómetros de ruta en bicicleta desde el Estadio del Deportivo Cali hasta el Lago Calima, pasando por Buga.

– ¿Cómo?, ¿desde Bogotá en bici?
– ¿Están locos?
– ¿En esas cosas?
– ¿En tennis?

Eran algunas de las cosas que la gente nos decía.

Ahí paraditos con las bicicletas entre nuestras piernas, Samuel, Sebastián y yo, en silencio, concentrados, esperando la largada, largada que normalmente no cumplió con la hora de programación, todo el mundo abucheaba. Y yo pensaba, de verdad, ¿cómo carajos llegamos hasta acá? Me dolía todo el esqueleto, vienen 185 kilómetros a tope…

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La carrera.

Otra vez la cuenta regresiva, 3! Qué ansiedad, 2! Prendan motores, 1! Se fue esto!!!

Qué barbaridad, 2.500 personas en sus caballitos de acero (bueno, realmente todos eran de carbono y los nuestros de aluminio, o sea más pesados). ¡2.500 guerreros a darlo el todo por el todo! ¡El grito de libertad por todos lados! Era mi primera carrera de bici de ruta, no sabía qué hacer, rodaba a 30 km/h, íbamos con calma pensando que, como en el trail, todo el mundo nos pasa, se empiezan a armar «lotes», los Valencia me halaron a unirme a uno de esos «lotes» y…

¿Sabes qué es volar?

El «lote» «te arrastra». Siempre pensé que era que uno se motivaba para hacer el mismo esfuerzo, pero no, literalmente, ¡el «lote» te arrastra! Técnicamente estás solo en tu bici y ruedas a 40 km/h y normal, te esfuerzas, jadeas, te deshidratas. En un «lote», los primeros rompen la fricción del viento y los de atrás se benefician de eso disminuyendo el esfuerzo como en 30% y ruedan a 50 km/h. Eso es volar. Finalmente entendí porque había tantos gorditos panzones montando en bici. ¡La ciencia es hermosa!

Con esa estrategia se rueda todo el tiempo, así que eso es a lo maldita sea, eran 185 kilómetros, y sí, uno va en el lote, pero ¿Cuándo no? Hágale solo… y solo estuve mientras subía los interminables 10 kilómetros pa’ llegar al Lago Calima, que al lado del Alto de Letras no es nada, pero mis piernas ya sentían el rigor, ahí llevaba 780 y pico de kilómetros acumulados.

Más adelante estaban los Valencia esperándome, armamos nuestro propio lote, aprendimos a rodar en grupo y hágale, ibamos recogiendo a todos los quedados y armamos un lote de 14 ciclistas que lideré por más de 60 kilómetros. El que va de primero es el que más esfuerzo hace, nos íbamos turnando pa’ ayudarnos, pero yo lideré el mayor tiempo.

Al llegar a la meta solo quería vomitar y dormirme… ¡Qué días nos tocan compañero, compañero!

Kilómetros recorridos en la carrera 194.
Kilómetros acumulados hasta ese momento 882.

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Día 10

Salir de Cali fue muy nostálgico, fue el inicio del retorno, fue haber cumplido con la meta propuesta, fue despedirse de gente amable y bonita. Finalmente todo es un ciclo y hay que cerrarlo, no sin antes darnos una vuelta por una de las montañas que componen los Farallones de Cali, un entrenamiento para aflojar un poco las piernas del estrés sometido en la bici.

Salimos por el sendero de Yanaconas, bordeando el río Cali y subimos hasta un punto denominado las Lomas del Camello, un lugar hermoso, lleno de verde y de bosques húmedos, se camina por el borde de la cuchilla y a los dos costados se puede apreciar los altos cañones por donde corre el río Cali. 10k pa’ soltar pierna con 1000 mts de desnivel positivo.

 

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En la noche y luego de un buen descanso, salimos de la ciudad a las 7pm montados en nuestras bicis, las piernas y el rabo se sentían renovados. Rodamos a un promedio de 35 km/h en una noche clara y sin lluvia por esas carreteras del Valle, planas y largas; así, constante, en tres horas ya habíamos hecho 74 kilómetros y habíamos llegado a Buga, lugar propuesto para dormir. Eran las 11 pm.

Total acumulado 892 kilómetros.

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Día 11
1082 kilómetros acumulados

La caída. La Pandilla a medias…

Súper animados salimos a rodar a las 6:30 am, el ambiente era ideal, los chicos van pa la escuela y todo el mundo moviéndose a sus actividades laborales, nosotros fijamos el destino: Ibagué.

Era pensar que íbamos a rodar 200 kilómetros donde estaba incluído el Alto de la Línea, soñar no cuesta nada.

Iniciamos nuestro recorrido, hermosos paisajes, una carretera en perfecto estado, la berma muy amplia, velocidad promedio 30 km/h. Se empezaba a sentir algo de inclinación, obvio, íbamos saliendo del Valle rumbo al Quindío, la velocidad empezó a descender y con ella las cuestas, según el promedio de velocidad y algunos otros cálculos… vamos (voy) cansados, empezamos a parar un poco más seguido, los cálculos dicen que vamos tarde para lograrlo, nos pusimos las pilas, le metimos fuerza, subimos una cuesta y la bajada a 40 km/h….

Escuche un fuerte estruendo a mi derecha, traté de mirar por dentro de los arbustos de la finca a ver qué estaban haciendo pues producían un fuerte ruido, pero no veía nada, a los pocos segundos un grito:

– Oooooooh hptaaaaaaaaaa!

Creo que esa voz la conozco, volteé a mirar para atrás y Samuel estaba en el piso, se había caído.

Fue una falta de atención, había un palito en el suelo y lo pisó con la llanta de adelante, le hizo perder el equilibrio, íbamos a 40 km/h, creo que la sacó «barata», pues no pasó de varios raspones y magullados; pero lo que sí se evidenciaba es que había cansancio, así mis nobles amigos no lo quisieran aceptar.

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Gracias a Dios pudimos continuar, ya se ubicaba el sol al medio día, el clima se pone inclemente, empezamos a subir una larguita cuesta y los Valencia pasaron derecho, mi velocidad cayó a 9 km/h, empecé a sentir mareo, inevitablemente me detuve, me comí 4 bocadillos, una pasta rehidratante y un litro de agua, me sentía muy cansado, llevábamos 70 km hasta ahí. Al recuperarme, subí la cuesta y ahí estaban los Valencia, siempre con su alegría me preguntaron:

– Dani, ¿cómo te quedaron las fotos?

Esa es la forma de ocultar lo cansados que venimos:

– Noooo, me quedé tomando fotos…

Pronto asistimos a un restaurante, sentíamos mucha hambre y al terminar de comer, mucho sueño, fue inevitable, apoye la cabeza en el brazo y me dormí, profundamente, sobre la mesa y al lado de los trastos vacíos; luego me pasé al suelo afuera del restaurante y seguí durmiendo…

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Creo que no vamos a subir hoy “La Línea», eso será mañana.

En medio de un fuerte aguacero llegamos a Calarcá, habíamos rodado 116 km, eran las 5 pm, me sentía muy cansado… La Línea, será mañana… inevitablemente… mañana…

Día 12
90 km, 1172 km acumulados.

La Línea

Bueno, acá vamos de nuevo. Amaneció increíble, el cielo totalmente azul, el brillo del sol enceguecedor y mis piernas se resisten a lidiar más.

Nos tenía que rendir, pero ¿Cómo se mentaliza uno si tiene el alto de La Línea en frente?

Fuimos a desayunar y mientras tanto yo revisaba en mis recuerdos todas las veces que he pasado La Línea con motor, y todo apunta a que va a doler.

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Yo, Daniel Rojas, con 39 años y 10 meses, a dos meses de entrar a la categoría master A, haciendo lo que más me gusta, no me voy a dar por vencido, me duelen mucho las piernas, pero siendo consciente, ¡sé que puedo volar!

Me recargué de comida y con la energía de los Valencia iniciamos la subida. Salimos de Calarcá a las 9:00 am, bien rotaditos en 1/1 empecé esos tres primeros kilómetros, me sentía bien, pero me dieron unas ganas terribles de entrar al baño, así pues, que el afán ya no era La Línea, era encontrar un lugar…

Ya habiendo alivianado el peso, seguimos el ascenso al mítico puerto, íbamos como en el kilómetro 12, es impresionante como se gana altura tan rápido.

La Línea sale de Calarcá a 1.650 m.s.n.m y en 22 kilómetros sube a 3.300 m.s.n.m. Es un ascenso de 1.650 metros con unas rampas de hasta el 25%…. Nuevamente yo con mi lenguaje técnico, pero para los que no conocen: ¡Es el propio sacadero de mier…!

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Al ganar altura se va ganando en paisajes. Era una mañana muy clarita, había poco sol, la carretera se ponía como una serpiente enfurecida, curvas en herradura muy cerradas y muy pronunciadas. Por más que iba en la relación más suave de mi bici (1/1 pacha 11-25), me tocaba pararme en los pedales y remar fuerte con los brazos para poder salir de las rampas que, a medida que seguíamos subiendo, se combinaban en su porcentaje con la misma vía, por lo tanto, no lograba bajar de los pedales (cosa que mi culo agradece) y había que continuar remando, a velocidad de 7 – 8 km/h, para mí era imposible subir más fuerte.

Iba bien, iba disfrutando del paisaje, iba «tomando fotos».

Llegamos a los últimos 4 km, muy difíciles, los abismos están a ambos lados de la carretera, hermosos bosques de pinos y muchas tractomulas. Los últimos 500 metros fueron más suavecitos, lo que permitió disfrutar el logro obtenido por la Pandilla, eran las 12 del día, el tiempo era mío, pues seguramente los hermanos Valencia lo podían hacer más rápido. En el alto de La Línea no hay letrero ni nada que lo distinga, pero nos tomamos la foto para el recuerdo; segundo gran puerto de montaña: ¡Chuleado!

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La mañana seguía soleada, nos pusimos los rompe vientos pa’ iniciar el descenso a Ibagué. A velocidad de 40 km/h íbamos desanudando la serpiente, al costado derecho, el paisaje hermoso lleno de palmas de cera y al lado izquierdo sobre la montaña varias cascadas de agua.

Llegamos a Cajamarca y con nosotros, la lluvia. Un fuerte aguacero caía de la nada, aprovechamos el tiempo pa’ almorzar y recapitular nuestras historias.

Después de dos horas escampando volvimos a rodar, como quién no quiere la cosa, pues hacía frío y todo estaba muy mojado, continuamos hasta Ibagué.

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Día 13
90 km, 1262 kilómetros acumulados

Hoy es un día normal

Han pasado varios días y la bicicleta ha sido nuestra aliada y cómplice para que todo confabule a nuestro favor. Las crónicas se quedan cortas al lado de todo lo que hemos vivido en esta gran travesía “La Toma del Café”. Tantos lugares, todos muy hermosos, mucha gente nueva conocida, muchas carcajadas, muchos desafíos…

Hoy era una etapa «suave», salimos de la casa de Willy a las 10:30am y nos fuimos a comer lechona a la plaza, y cómo no hacerlo si estás en la capital del apetitoso manjar. La travesía no es una competencia ciclística, es la reunión de tres amigos pa’ disfrutar lo que más les gusta hacer: montar en bici y reírse de todo…

 

En la plaza aprendimos que el «insulso» es una natilla más elaborada que acompaña la lechona, que no se cuaja, se asa envuelta en hojas parecidas a las del tamal que se llaman «viado» y que su propiedad es no permitir que el «insulso» se queme; que la «oreja de perro» es una arepa chiquita y delgadita que se hace de masa de arroz y se asa en cazuelas de barro.

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Luego de nuestra visita guiada por la gastronomía popular, salimos con rumbo a Melgar. Fueron 90 kilómetros muy sabrosos, casi todos de bajadita, en una carretera amplia, con mucho calor pero muy buena sombra. Había muchas frutas para la venta en los poblados, por eso aprovechamos y comimos salpicón con helado y guanábana. El paisaje de la zona del río Magdalena es majestuoso, muchas montañas áridas y rocosas, pero también mucha agua en los potreros, por lo tanto, en las zonas bajas mucha vegetación y color; el río estaba grande y olía a lluvia… una y otra vez me enamoro cada vez más.

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Fue una gran rodada. Llegando a Melgar me comí un hueco tremendo por andar mirando pa’ otro lado y pinché las dos llantas, tiempo que le robó la mecánica a la piscina, donde también estuvimos, pues pasar por la ciudad que más piscinas tiene en el mundo por metro cuadrado y no entrar en una, es como no haber venido.

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Día 14
108 km. Total travesía “La Toma del Café”: 1370 km

Qué difícil es llegar

El cielo está muy gris, en el horizonte se ven los resplandores que produce la tormenta; yo voy en una avioneta de tres hélices como las de la Segunda Guerra Mundial. De pronto me impacta un trueno en el ala y me voy de picada, yo sostengo con fuerza el mando, la avioneta no responde, me fijo en el motor y la hélice está torcida, produce un ruido espantoso, sigo cayendo, y caigo, y caigo, y caigo, el ruido de la hélice, yo hago fuerza, más fuerza, más fuerza…

4:50 am

Abrí los ojos y estaba acostado en la cama del hotel en Melgar, el ventilador de pedestal para el calor se había atorado contra el sofá y producía un ruido insoportable, yo estaba todo mojado en sudor, me levanté, desconecté el anticuado aparato, abrí la puerta de la habitación y sentí el fresco de la mañana; había llovido, las aves cantaban saludando el nuevo día. El nuevo y a la vez último día.

No puedo dejar de sentir tristeza. Desde que salí de Cali, cuando me despedí hasta una próxima vez de Andrea, sentí que una parte de mi corazón se arrugó, porque fue el comienzo del retorno, ya las crónicas no se subtitulaban «más lejos de casa», solo decían «acumulado». La travesía me ha dolido, mi culo y mis cuádriceps saben cuánto, pero… no quiero volver, ¿quién quiere volver cuándo ha sido feliz?

Hay muchas razones por las cuales vale la pena el sacrificio, pero debe existir una ecuación para disfrutar esas razones desde mi bici y cualquier lugar donde me encuentre. No necesito más. Al fondo en el horizonte, despuntaba el alba e iluminaba un cerro piramidal, posiblemente es el Tibacuy, ¿Por qué me pierdo tanto en los paisajes?

Volví a la habitación y toqué la diana.

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Una vez más, 6:00 am, todos sobre las bicis y a rodar. Todo muy bello y muy hermoso, pero no había contemplado que llegar a Bogotá desde Melgar sería el tercer puerto de montaña de la travesía, y en serio, estaba muy cansado. Pero tocaba.

Llegamos al túnel vehicular que une con el Boquerón, las autoridades no nos dejaron pasar en bici, tuvimos que parar un colectivo que nos dio la palomita…

En el Boquerón desayunamos. Tengo la sensación de que a medida que uno se acerca a la Capital la gente es menos amable, la comida es más costosa, poquita y poco elaborada, además, ya no se sienten los arraigos culturales y las tradiciones, falta poco pa’ que a los huevos revueltos con cebollita y tomate los reconozcan como «omelette», qué arrodillados nos hemos vuelto.

Ya con la panza a medio llenar, trepamos los 5 km del alto de Boquerón. Sentí que se me salieron todos los líquidos. Atrás, en la panorámica, el río Suárez y las montañas rocosas de «La Nariz del Diablo», «Pandi» e «Icononzo»; al final del alto, 2000 pesitos de sandía pa’ la Pandilla y seguir. De ahí hasta Fusa, un eterno falso plano con muchas cuestas que me hacían sentir el sillín en el hígado, pero ni modo de quejarse en la tierra de la leyenda «el jardinerito» «Luchito Herrera», hombre al que le hacemos honor cruzando su terruño sobre nuestros caballitos.

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Un breve descanso y un salpicón, pa’ coger fuerza en la raíz del cacho, pues se venía el acenso, 22 kilómetros hasta el Alto de San Miguel, pasando por la Aguadita, territorio fronterizo del Páramo de Sumapaz que desemboca en la laguna de Sibaté. Subida durísima, nunca comparable con «Letras» o «La Línea», pero mis palitos de piernitas tienen 1300 km y me duelen, así pues que tomé algunas fotos. (El que entendió, entendió).

Siempre voy a enamorarme en esa vía, la vegetación es exuberante y el olor a fantasía, muchas caídas de agua, lástima las basuras apiladas en la carretera. Coronado San Miguel y yo último en llegar, con una diferencia de 40 minutos de mi pobre y engarrotado amigo Samuel, pues estaba lloviendo y hacía mucho frío, le dimos biela suelta pa’ llegar, rodando a 35 km/h, nos recibe la manoseada Sibaté; habían levantado todo el pavimento de la vía, pavimento que hace cinco meses estaba en buen estado, y ahora había unas piscinas de lodo increíbles. Avanzamos a la población de Soacha, llena de odio y contaminación, y sólo atiné a pensar: pobre la gente que aquí habita, se nota el caos y el terror hasta en la inversión gubernamental de su complicada e ineficiente estructura. Este ingreso a Bogotá me recuerda el ingreso a Cali, que por todos lados tienen vías de doble carril y doble calzada, perfectamente pavimentados, con buen espacio de berma y lleno de jardines y árboles. No me estoy quejando, somos guerreros y como nos la pongan rodamos, de acuerdo con eso hay que mirar alternativas, entramos a Bogotá y solo se ve caos… fijé mi mirada en los cerros, ubiqué mi amada «montaña La Vieja» y rodé en paz hacía ella…

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