Un día de enero, brillante y azulito como el de hoy, caminaba por la carrera séptima con 72, en Bogotá, extasiado mirando al cielo y obnubilado con su belleza y grandeza, a la hora del primer rayo de sol.

Contemplaba las montañas, las plantas y los árboles y a esa gran palma de cera que se encuentra frente al edificio de la Bolsa de Valores, que siempre que amanece con esos colores, el contraste del verde con la profundidad del cielo, me transportan a esa ingravidez como si fuera un ave.

De pronto vi como si de uno de esos pisos altos hubieran arrojado como un paquete, que se precipitó rápidamente hasta caer al suelo. Lleno de intriga, pase rápido la séptima a la acera opuesta y el paquete resultó ser una hermosa tingua azul.

Entendí rápidamente lo que sucedió, ella se estrelló en su vuelo contra el vidrio que, cuando amanece azulito, refleja el hogar de paso de estas aves migratorias, el humedal, logrando hacerlas confundir y estrellarse contra estos de manera mortal. La tingua cayó en caída libre, se estrelló contra el suelo y ese fue su viaje final.

Murió.
Lloré.

Acuarela. Homenaje a esta bella ave, que se detiene en Bogotá a descansar de su largo viaje en los humedales.
Modelo sacado del álbum de fotos del gran César David Martínez

Si encuentras alguna vez una, y sigue viva, llama al 3174276828 ahí le darán atención inmediata. Secretaría de Ambiente.