Gallus gallus domesticus, es el ave de la semana, esbelto y muy colorido, el cual me atrae un montón, pero me sigue pareciendo extraño y algo “alienígena” con esos cueros colgando de la cara.

¡Kikirikiiiiiiii! (onomatopeya)

¡A despertaaaaaaaar! -gritaba el gallo, una y otra vez-. Lo oía en lo más profundo de mi sueño, del cual me resistía a volver. Qué le pasa a ese gallo perturbado, pensaba en mi inconsciente. Mientras hacía un enorme esfuerzo por abrir los ojos, sentía los párpados pesados, pesados, al punto de creer que estaban pegados.

¡A despertaaaaaaaar! -volvió a gritar el gallo-. Abrí finalmente los ojos, volví de mi sueño profundo, sentí mi cuerpo aún agotado y pensé que no podía haber terminado tan pronto la noche, ese gallo debe tener algo dañado, que no me deja dormir, no podía haber amanecido ya.

Aunque el espacio en el que me encontraba “descansando” lo llamaba el dueño de casa “habitación”, porque tenía una cama y un baño extraño -más largo que ancho, por lo que se tenía que hacer uso lateral del inodoro para sentarse y no estrellar las rodillas contra la pared-, fue donde vine a dormir la noche anterior, luego de la tercera etapa de la travesía en bici y al que llegué por señas de los colonos del pueblo, no parecía otra cosa más que una bodega o una cueva, sin ventanas, y terminó siendo adaptada para habitación de viajeros.

El gallo no había parado de cantar ni un minuto, o eso fue lo que me pareció sentir en mi sueño. Al abrir los ojos me negué a creer que había amanecido, además sustentado por la oscuridad profunda del recinto. Busqué mi reloj, vi la hora y efectivamente tenía razón ¡eran las dos y media de la madrugada!.

¡A despertaaaaaaaar! volvió a cantar el “malponido”. Me levanté enfurecido de la cama y salí al patio donde estaba ese gallo. No sé a qué salí. Mientras caminaba a tumbos, pensaba cómo agarrarlo del cuello y sacudirlo, mientras le preguntaba: ¿¡qué te pasa? ¿qué no ves que el sol aún no va a salir!? Aunque eso sería muy tonto de mi parte, pelear con un gallo, entonces decidí ir en búsqueda del casero y exigirle una solución, pero anoche cuando llegué estaba tan cansado que no vi la distribución de la casa y no sabría entre ese montón de puertas dónde buscarlo. Me quedé ahí parado mirando la tenue oscuridad de la noche, iluminada tímidamente por una luna a medio menguante, y detecté una gran actividad de todos los seres que ahí vivían.

El primero que vi, fue a mi desatinado gallo, estaba sobre el techo de un carro abandonado, desde el cual no paraba de moverse, se veía muy intranquilo. Las gallinas andaban todas por fuera del galpón, dos perros las usmeaban, como protegiéndolas. Al final del extenso patio había otro perro que se lanzaba contra el muro apoyándose con las dos patas delanteras y haciendo un medio giro mientras latía, y sobre el muro una sombra muy erguida e imponente: otro gallo.

El gallo tiene un gran trabajo en la tierra, ser el escudero del hacedor de los colores, canta para guiar el camino del sol. Él sabe cuál es su oficio, lo ejecuta a la perfección, pero cuando se siente amenazado, canta sin importar el horario. Su fuerte voz no sólo es capaz de guiar al gran astro, sino que también la usa para imponerse ante sus contrincantes.

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Después de haberlo pintado, me he hecho muchas preguntas sobre esta especie, las cuales he ido resolviendo y me hacen crear una nueva, sorpresiva y bella consciencia sobre su existencia.