Crónica, después de la Toma del Café

Y atiné decirle a Sebastián:

— Estos días con cuidado, pues cuando uno hace esas travesías, es tan increíble la felicidad y la buena energía, que volver a la realidad de la ciudad puede llegar a ser muy negativo y por lo tanto, fácil accidentarse o cosas así.

Tres días después, Rosita me estaba entrando por urgencias a la Clínica del Bosque con síntomas asociados al Chinkunguya, según yo.

— Y… cuénteme, ¿qué lo trae por aquí?

Sentado en la silla de ruedas, pues la fuerza se había ido toda, con mucho dolor en las articulaciones, en la cabeza y escalofríos, dije.

— Doc, creo que tengo elChinkunguya.

Me inyectaron Diclofenaco y me sacaron una muestra de sangre para analizar.

— En 3 horas le damos sus resultados.

En la segunda toma de Diclofenaco (a lo bien, ese sí es tremendo energetizante), me dieron ganas de salir a bailar. Me puse a conversar con los otros pacientes y a observar el movimiento tan apresurado de la sala de urgencias.

— Señor Ernesto Rojas, consultorio 6! — Por cada Ernesto que me dijeron, me salió una cana en la barba y una arruga en la cara. Espero no salir de acá con bastón y bonete.

— Cuénteme señor Rojas, ¿qué le paso? — me preguntó una doctora de no más de 25 años, mirándome por encima del marco de las gafas negras que tenía puestas…

No me gustó para nada esa mirada inquisidora y mucho menos el tonito, y le dije
— No sé, dígame usted, ¿qué vieron en los exámenes?

— Pues señor Rojas, sus exámenes no muestran nada, salió negativo a picaduras de mosquitos; los síntomas que usted declara no son normales, parece que hubiera algún tipo de desconexión neuronal producto de una infección muy grave, algún tipo de meningitis.

Bueno, como me habían aplicado el Diclofenaco y me sentía bien, pensé: pues si se acabó, se acabó. Que se haga la voluntad de Dios.

— Doctora, ¿puedo vivir a punta de Diclofenaco?

— Mire señor Rojas, el asunto es serio, puede ser una enfermedad degenerativa congénita. Voy a enviarle unos exámenes especializados y se va a quedar hospitalizado, mañana lo vera el neurólogo y vamos mirando qué pasa con usted.

— Mire doctora, cualquier cosa que tenga, he sido brutalmente feliz en mi vida y nada ni nadie me va a quitar mi sonrisa de la cara, así que si ya se jodió todo, pues me seguiré riendo porque no veo otro camino.

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Fue una tarde de domingo un poco difícil, me sentía fuerte y erguido, como dice mi abuela, pecho en alto y mirada al frente a todas las circunstancias, pero al interior se me desmoronaba el mundo. Empecé a pasar la película de mi vida en mi mente, solo risas, algunas deudas morales, empecé a llamar a esas personas y les expresé mi dolor por haberles fallado, los actos de contrición son enormes, necesitaba estar en paz.

A la noche, un poco más tranquilo, asumí la nueva situación: estaba en la sala de urgencias de la Clínica del Bosque, en un pabellón lleno de enfermos, unos acostados en camillas, otros, como yo, sentados en sofás unipersonales, dispuestos a lado y lado de un corredor amplio y largo, escuchando y viendo a la gente quejarse, retorcerse del dolor, dormir tronchados, pelear por la inasistencia; me distraía también jugando con mi teléfono celular, contestaba mensajes y llamadas de la gente preocupada, pero se me empezó a descargar la batería, busqué un toma corriente y lo encontré en un cubículo que estaba por un lado hacía atrás del corredor de urgencias, y la sorpresa fue que había dos camillas desocupadas en un cubículo sin luz y ventana que, en comparación con el resto del lleno y quejumbroso hospital, era un remanso de paz, era «la suite presidencial del Hilton».

Dejé el celular cargando y volví a mi silla, observé el movimiento por una hora y media y nadie entraba a ese cubículo, solo los pacientes a usar un baño que también había ahí. A las 12:30 de la noche alcé mis cosas y me fui pa’ la «suite». Me acosté en la camilla y pensé, si me dicen algo, me levanto, si no, vénganos en tu reino. Ese fue mi hogar por dos noches. A las tres de la mañana volvió el ataque, sentía mucho escalofrío, me levanté a orinar y vi en un sofá una cobijita… matanga, me la llevé.

Dos días en la Clínica del Bosque, un tac de cabeza y 4 pinchazos para sacar sangre en diferentes oportunidades para examinar, una legión de doctores y neurólogos preguntando una y otra vez lo que había hecho con mi vida en los últimos 15 días, después de haber pasado por daños irreversibles en el cerebro y meningitis, el diagnóstico más aproximado era «miopatía inflamatoria» leve, la EPK, es una encima presente en el cuerpo que está normal en los rangos de 0 a 273, mi examen arrojó un valor de 400, por lo tanto, al encontrar todos los demás exámenes con buenos resultados, la balanza se inclinaba sobre ese hallazgo, que tampoco era tan alentador, pues la enfermedad ocurre por dos factores: uno, una bacteria que ataca los músculos y se erradica con antibiótico; dos, el mío, el músculo se auto destruye debido a una alteración del sistema inmunológico debido al exceso físico, enfermedad degenerativa que se puede vivir con ella si uno no la estimula más. Conclusión: adiós bici, adiós montaña, adiós aventuras, bienvenido a la vida administrativa. Pero a favor tenía el rango, pues para que la EPK fuera considerada peligrosa debía estar por encima de los 2500 y la mía estaba en 400.

Para poder seguir con la investigación debía ser trasladado a otro hospital, se hicieron los trámites y me llevaron en ambulancia al Hospital San Rafael, en el sur de Bogotá, mi segundo viaje en ambulacia, pero me robaron, pues no prendieron la sirena y nos aguantamos todo el trancón.

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Muy queridos me recibieron directamente en la sala de urgencias en el subsótano del hospital. Allí estaba mi amiga Virgy que había adelantado todo el proceso de admisión. Mi gran amiga Virgy, me había preguntado muy en la mañana, por el chat de wasá si se me ofrecía algo, pues ella estaba cerca de la Clínica del Bosque, yo aproveché pa pedirle un cepillo de dientes y unas mandarinas; en cuestión de 30 minutos ya estaba reunida conmigo y con el mandado, pero en ese momento entró el personal administrativo solicitando un acompañante para el traslado en ambulancia y pues, afortunadamente Virgy tenía tiempo y se quedó, me acompañó hasta las 7 de la noche, me dejó instalado y organizado en mi nueva «suite». Después de tres días, me pude bañar y lavar los dientes. Fue como volver a nacer.

Oficialmente hospitalizado

Pinchazos por doquier, preguntas, mil preguntas, me sentía en la fiscalía; más pinchazos, tac de cabeza, ecografías, más pinchazos.

A medida que pasaban los días me iba sintiendo mejor, pero no habían iniciado ningún tratamiento. Estaba con la intravenosa todo el tiempo, la cambiaban de sitio cada dos días, pero solo me suministraban suero. Todos los exámenes salían normales o negativos a las reacciones, los doctores no entendían, seguía en observación. Once días, ya no sabía a que olía la montaña, ya no me acordaba qué se sentía al montar bici. Dormido soñaba subiendo al Tolima, pero cada tres horas venían a tomarme signos vitales, trayéndome de nuevo a la realidad, tic – tac – tic – tac, sonaban las máquinas todo el tiempo. Olía a desinfectante, estaba cansado, quería abrir los ojos y estar en mi casa. Me llené de valor, de paciencia, estaba en el piso 7, me habían sacado de urgencias hace cuatro noches, podía ver el día, podía ver el amanecer, a lo lejos podía ver las montañas, el Tolima jamás se verá desde acá, pues ha habido condiciones favorables pero la capa de contaminación impedía su hallazgo visual. Vinieron los amigos, seguí riéndome de todo, comí un montón, me sentía bien, no full, pero mucho mejor a como llegué.

La última noche me dijeron que finalmente encontraron una bacteria producto de la ingesta de agua estancada o contaminada o heces en la manipulación de alimentos. Eso es bueno. Inicié tratamiento con antibiótico y parece que finalmente ahí terminó todo.

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Notas:

– Dios me acompañó y me dio las fuerzas para salir fuerte de acá.
– La EPK se altera por pinchazos en la cola, entonces se descartó la «miopatia inflamatoria».
– La gente de los hospitales trabaja demasiado; no me vuelvo a quejar de nada, esta gente se gana el cielo todos los días.
– Al señor de al lado le tuvieron que poner una sonda pa’ que pudiera hacer chichi; entre tres viejas y agarrando duro al man.
– El viejito del frente era terco y testarudo, se quería suicidar de la camilla al piso todo el tiempo, tenían que amarrarlo y consentirlo mucho.
– Otro señor, también al frente mío, venía del Caquetá. Lo había picado algo en la pierna y se le estaba pudriendo; en su pueblo le iban a mochar la pierna, vino a Bogotá y lo estaban tratando con antibiótico y las enfermeras venían cada 8 horas, le quitaban el vendaje y le limpiaban las heridas que eran terribles. Una noche me soñé con zombies por culpa de él.
– Al otro lado había dos viejitos mentirosos, se la pasaban confundiendo a los doctores todo el tiempo, no hacían caso y protestaban y peleaban por todo.
– Me hice amigo de Brayan, un pelao que se accidentó en moto hace 10 meses y se le estalló una pierna que se la están reconstruyendo con ciento por ciento de posibilidad de volver a caminar. La mamá de él, Doly, de lo que le trae a él me trae a mí también. Estuve con él cuatro días, ya le dieron de alta, estuvo 18 días hospitalizado, le hicieron cirugía plástica y reconstructiva, debe volver en febrero para otra operación.