Una historia realmente fantástica

"¡Quiubo gonorreas! Se me tiraron todos al piso de rodillas y las manos en la cabeza que vine a robarlos, y el que se mueva le doy mala vida".

Un tiro al aire.

Las cosas con "Lepti" no quieren andar bien. La semana pasada corrí 74 kilómetros de montaña acumulados en 5 días y me sentía muy sólido, pero al iniciar el lunes, “ella” reapareció en mi mortal existencia y me robó la fuerza.

Así transcurrió la semana, deseando sentirme bien para salir a entrenar, pero preferí guardar las energías para enfrentar al coloso bogotano: "El Aguanoso", salida que ya teníamos programada hacer para ese sábado con los amigos.

El Aguanoso es el cerro más alto de todos los que circundan la ciudad de Bogotá; con 3.550 m.s.n.m se abre paso por sobre todos los demás.

La noche anterior seguía sintiéndome débil y con la visión un poco borrosa. Caro me insistió descansar, pero yo me negué, pues solo tengo esta vida.

Al abrir los ojos esa madrugada, lo primero que se me vino a la cabeza fue:

"Estas débil, no vayas. Nos van a robar"

Me pareció curioso el pensamiento, pero silencié mi mente, además Sebastián estaba por llegar y me dio pesar decirle que no iba a ir.

Alistamos las cosas básicas de supervivencia en la montaña, pero adicionalmente cargué todo mi equipo fílmico, pues la intención de subir ese día era aprovechar para hacer un capítulo de "Trail Nvidencia", la serie para YouTube que junto a Caro y la Pandilla Atómica llevamos desarrollando hace un par de meses.

Mientras desayunábamos llamé por el teléfono celular a Sebastián que ya debería haber llegado:

- Kiubo perrito, ¿dónde va?

- ¡Ay marica!, me quedé dormido...

Él nunca había hecho eso. Arrancamos sin él.

La cita era a las 5:30 am, cosa que no se cumplió pues algunos pidieron tiempo extra. Arrancamos a las 6:30 am.

Internarse en la faldas del coloso siempre será una energía muy fuerte, pues los barrios periféricos son dueños de historias macabras sobre la descomposición social de nuestra ciudad. No deja de ser emocionante jugar al gato y al ratón... solo que nunca nos habían atrapado.

Avanzamos a paso muy lento, ya lo había hecho tantas veces, que me confíe y olvidé la ronda infantil:

- A que te cojo ratón. 

- A que no gato ladrón. 

- Apostemos una mogolla y un chicharrón. 

- ¿A qué horas sales?

 

 

El grupo era extraño, diverso. Pasábamos desapercibiendo los lugares que esa primera vez junto a Oscar me habían enamorado, se sentía un ascenso rutinario y falto de emoción, las energías extrañas cubrían ese bosque, había que avanzar, había que continuar, pero no estaba cómodo.

A pocos metros, antes de coronar la primera cumbre en la Iglesia abandonada de la Ermita, a 3.200 m.s.n.m. solicité a los asistentes realizar una práctica que el profe Apolinar me había enseñado:

Taparse los ojos para sentir desde tu alma el contacto íntimo con la montaña, donde confías tu vida como acto sagrado a tus compañeros y vas avanzando haciendo que tus pies se vuelvan tus ojos.

Técnicamente es un trabajo de propiocepción. Espiritualmente lo catalogamos como un acto de fe, donde la confianza, la amistad y el amor es la guía, el motor y la fuerza.

Todos los chicos que asistían por primera vez llevaban los ojos vendados, mientras escuchaban nuestras voces dando las indicaciones.

De la nada apareció Nelly saltando sobre los practicantes y me dijo:

- ¡Caribe, estan robando con pistolas! (...)

Acto seguido aparece tras ella un sujeto que con su sola presencia oscureció el día; parecía un gran buitre con sus alas extendidas sobre nosotros. Alcancé a notar los gestos en su rostro como con los ojos desorbitados y saboreándose del banquete que se iba a dar. Con movimientos torpes logró hacerse a la punta del grupo, mientras gritaba groserías y ordenaba ubicarse sobre la base del helipuerto de rodillas y con las manos sobre la cabeza. En sus manos empuñaba un revólver y un cuchillo. Junto a él venía otro hombre que en primera instancia lo que hizo fue hacer un disparo al aire para con él detener el tiempo, ensordecer el sonido y apagar finalmente las luces.

Yo había alcanzado a soltar mi cámara entre los arbustos y someterme a la voluntad de nuestros nuevos amos; solo me senté en el suelo, puse mis manos sobre la cabeza y cerré los ojos. Guardé profundo silencio y empecé a orar, a la vez que escuchaba cómo algunos compañeros trataban de oponerse y eran golpeados, mientras les requisaban las mochilas y extraían sus objetos de valor.

Realmente se detuvo el tiempo. Cerré los ojos y lo primero que vi fueron los ojos de mi hijo que me decía:

- Pá, ¿nos volveremos a ver?

Al mismo tiempo oraba y le preguntaba a Dios:

- ¿Éste es nuestro final?

Y con total resignación y absoluta responsabilidad, yo mismo contesté:

- Hágase Señor tu voluntad, creo que falta mucho por joder, pero me imagino que siempre tendremos la misma excusa. ¿Quién se quiere morir? Además, ¿De esa forma? Pero tú Señor, sabrás qué tienes preparado para nosotros.

Empecé a respirar profundo y a nivelar mi cuerpo. Me concentré profundamente para que no nos hicieran daño, se llevaran los objetos y la plata y nos dejaran en paz. Al rato llego mi turno, abrí los ojos, entregué todas mis pertenencias (en mi mochila llevaba la otra cámara fotográfica, los dos celulares de Pedro, los trípodes, micrófonos, un parlante y $ 90.000). Me sentí absolutamente desprendido de todo, ya no era mío, lo único que tenía de valor era mi vida y quería quedármela.

Alcé un momento la vista y frente a mí estaba la mirada de Jose, que con los ojos aguados me insinuaba que hiciéramos algo, pero yo solo le negué moviendo mi cabeza suavemente de lado a lado y volví a cerrar los ojos para concentrarme en mi meditación: hágase Señor tu voluntad. Pronto terminaron la requisa y se despidieron con el siguiente discurso, que lo tengo grabado en mi memoria:

"No somos violos, solo nos interesa su dinero y los celulares, no les vamos a hacer daño, solo somos ladrones, y eso somos porque no sabemos hacer nada más. Discúlpenos por llevarnos sus cosas, pero las injusticias de un estado que no cumple nos obligó a hacer esto; no quisiéramos quitarles a ustedes las cosas, quisiéramos quitárselas al hp que nos tiene acá: los gobernantes son los culpables de nuestra miseria, nos sacaron de las calles y prometieron cosas que no cumplieron...

Nosotros nos vamos para abajo, ustedes continúan hacia arriba, el que intente seguirnos le damos mala vida" (…)

Negociamos el podernos quedar ahí sentados, ellos accedieron y se fueron.

Otra vez se detuvo el tiempo.

¿Que si los milagros existen? Sí, existen. Abrí los ojos y pensé: ¿Dónde es que estoy? ¡Ah! Verdad… el rito de la montaña, me levanté y miré a mi alrededor, había varios muy afectados, aterrorizados, temblando y llorando. El silencio era más alto que los 3.200 metros donde nos encontrábamos, mis oídos tenían aún un zumbido como cuando uno recibe un balonazo en la cara, caminé hacia la cruz y me quedé mirando el sendero por donde debían descender los sujetos -que nunca los ví pasar-, presumí que podrían estar aún mirándonos desde cualquier lugar. Sugerí que nos quedáramos más tiempo ahí descansando, además porque sabía que había personas que se habían alcanzado a descargar en los matorrales; éramos 22, no podían estar pendientes de todos, pero sí podrían re-atracarnos, que hubiera sido fatal.

Juan lideró una oración grupal, se pusieron todos de pie y oramos, dando gracias a Dios por nuestro bienestar y fortaleciéndonos pues debíamos continuar.

Los ladrones habían indicado que no debíamos volver, así que deberíamos continuar hacia arriba; aún faltaban 350 metros de ascenso para llegar a la cumbre, y de ahí bajar en travesía hasta llegar a Guadalupe, el lugar que indicamos como meta para ese día. No estábamos lejos, pero debíamos esforzarnos y dar lo mejor de todos para terminar de llegar. Hicimos un picnic de sánduches, agarramos fuerzas y continuamos, pues además, ese había sido el plan y lo íbamos a cumplir.

Varios fueron a rescatar algunos objetos que habían logrado esconder,;yo rescaté mi GoPro (cámara de acción), que había tirado al suelo cuando aparecieron los buitres.

Pocos metros después de haber reiniciado la caminata, apareció Mauricio, que en el momento de la emboscada muy sagazmente se deslizó por un abismo y, quedando colgado de una rama, se mantuvo escondido y aprovechó para dar aviso a la Policía; le preguntaron nuestras coordenadas y 30 minutos después del primer llamado dieron parte de presencia al inicio del sendero que marcaba la subida hacia el lugar donde nos violentaron, aproximadamente a tres kilómetros y a una hora de recorrido. Igual, decidimos continuar el ascenso, pero la pregunta que nos hacíamos era: ¿dónde podrán estar los ladrones?, pues claramente no alcanzaron a salir.

Conquistamos el imponente cerro Aguanoso y como dato curioso, de las veinte veces que he estado allá arriba, nunca lo había logrado ver con la ciudad totalmente desnublada, se veía todo el entorno y hasta calor estaba haciendo.

Nos abrazamos, reímos, dijimos bobadas y bromeamos… de repente, salieron tras nosotros nuevamente ¡los asaltantes! (eeeeeh, mentiras, pero sí fue lo que hice al momento de hacer la selfie, solo para probar que de verdad estuvieran serenos, lo que me costó recibir un par de madrazos).

Al iniciar el descenso hizo aparición el helicóptero de la Policía Nacional, que una vez nos ubicó, se quedó dando vueltas sobre nosotros y activó una sirena. Hasta ahí, ya me parecía fantástico.

Al llegar a la carretera principal, había un despliegue de la Policía esperándonos: tres camionetas patrullas Duster, unas cinco motocicletas, un camión del departamento de GOES (Grupo de Operaciones Especiales) y en total unos 30 policías entre los que distinguí dos tenientes, un capitán y un Coronel (…), sin contar el helicóptero y los que estaban al inicio del sendero. Nos trajeron un bus de la Policía y en él nos llevaron a la estación en Bogotá. Llegó personal de la Sijín y Policía especializada, el caso había ingresado como secuestro y hurto masivo. Iniciamos los respectivos relatos y las denuncias, retrato hablado de los atacantes, yo no sabía nada porque todo el rato tuve los ojos cerrados, no hacía más que reírme e imitar las caras de pánico de mis amigos…

En nuestro grupo iba Ricardo, compañero que es un teso en sistemas, él pidió un computador y desde ahí rastreó su teléfono celular, y una hora después rastreo el Iphone de Carolina, los dos daban la misma ubicación y se encontraban aún en la montaña; al ver el mapa reconocí inmediatamente el lugar y sugerí nos acompañaran para rescatar nuestras cosas, el Capitán ni corto ni perezoso pidió permiso al Coronel y nos fuimos.

La teoría es que los ladrones se sintieron acorralados y no encontraron más remedio que ocultar el botín.

Llegamos a la zona, pero se perdía la señal de internet, era frustrante saber que estábamos cerca a los objetos, pero que no era posible llegar a ellos sin la dichosa conexión.

El capitán dio el último chance y se dejó guiar por mí, subimos a un alto y nos prendió el GPS, traté de memorizar las líneas y quiebres de la montaña y dirigí la avanzada, bajamos una peña, cruzamos el PUTO retamo espinoso, me ubiqué donde creía que era, grité al Capitán: debemos estar a unos cinco metros del botín. Él se subió a una piedra y escuchó el timbre del celular de Caro que, muy juiciosa ella, lo estaba haciendo timbrar remotamente. Me señaló el sector, él se quería lanzar pero tenía el revólver en la mano y no podía; yo me le adelanté, me metí en una maraña y debajo de muchas hojas y palos estaba el tesoro.

#PandillaAtomica #AltaCordada #TrailRunColombia

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