Hay lugares o paisajes que nos transportan a otros lugares y otros paisajes, porque la belleza es una combinación de espacios, luz y bellos recuerdos. 

Viene un nuevo episodio de Relatos Sonoros de la Montaña. Te invitamos a escucharlo y luego, si quieres, leer la historia y ver algunas fotos.

Guasca. Reserva Natural El Zoque
Domingo 15 de marzo de 2020

Hoy es nuestra segunda salida de EstoyVivo, y la mezcla de emociones es lo más parecido a un gran y torrentoso río haciendo su entrada al vasto mar. El enorme y tormentoso río en este caso se llama “emoción”, esa que estamos sintiendo al hacer nuestra segunda travesía de un día con 14 personas a la montaña, todas igual de emocionadas que nosotros. El vasto mar se llama Covid19, una nueva y rara enfermedad que comienza a tomarse el mundo a punta de contagios, que ya llegó a Colombia y casi contagia nuestra salida: a tres personas debimos decirles que no vinieran, por contactos directos con viajeros recientes a Francia, y dos más cancelaron por su voluntad y el miedo de un posible contagio. Sí, parece que esto es lo que más contagia el Covid, miedo. Un miedo que aún hoy, ciento y tantos días después, nos persigue y no nos permite salir de casa.

Pero volvamos a ese maravilloso y último día en la montaña.

Estamos en la cabañita de El Zoque, una hermosa reserva natural enclavada en el páramo de Guasca, desde donde saldremos en una travesía que hemos llamamos: Cuidar, no hay planeta B. 

Salimos de Bogotá esta mañana con las primeras luces del amanecer, y recogimos a todo nuestro grupo a tiempo, hicimos un recorrido silencioso y abrigado en el bus hasta llegar a la reserva, donde estamos tomando el desayuno: una deliciosa agua de panela con queso, almojábanas, pan rollito y fruta.

Después de que Dani da algunas recomendaciones de seguridad propias de una caminata al aire libre y movemos un poco el cuerpo para calentarlo, comenzamos nuestra travesía, no sin antes pedir permiso a la montaña, y con este permiso, también escoger esa palabra, ese mantra que a cada uno de nosotros nos llevará activos y despiertos durante todo el recorrido.

Nuestra aventura comienza por un sendero angosto y espeso de vegetación, por lo cual caminamos mucho tiempo en fila india, uno detrás del otro. Se nota que ha llovido durante la semana y de hecho, comienza a caer una breve brizna, esa lluvia que parece esparcida desde muy lejos y que solo alcanza a humedecer nuestras pestañas. 

Mientras nos alejamos de la vía principal por el pequeño sendero, comenzamos a notar muy sutilmente los sonidos de la naturaleza. Atrás quedan los ruidos de la carretera, ahora comenzamos a escuchar nuestras pisadas… el viento que baila en los arbustos… el canto de algunas aves… el hilo musical de una quebrada a lo lejos… y la charla desprevenida de los caminantes… Vamos suave, vamos en ascenso y estamos sobre los tres mil metros de altura. El grupo es muy diverso, pero le hemos prometido a todos que iremos siempre juntos, es parte fundamental de nuestras travesías. 

El sendero combina vegetación baja de musgos y líquenes, bromelias, chusques y helechos, con árboles y arbustos como el mano de oso, la uva camaronera, el cucharo, el sietecueros y el encenillo, sin contar con una enorme cantidad de orquídeas y otras flores propias de los páramos como el zarcillejo, la cascabel, el siphocampylus, el clavelino, variedad de romeros y los lupinus. ¡Ah! y barro, mucho barro. Afortunadamente todos traemos nuestras botas de caucho, lo cual nos permite disfrutar tranquilamente del recorrido, que unos metros más adelante se descubre por un enorme deslizamiento de tierra que hubo meses atrás.

Mardoqueo, nuestro guía local, campesino de pura cepa y de toda la vida en estas tierras nos cuenta la historia, la cual Dani aprovecha para compararla con la vida misma, con esas heridas que nos quedan o que llevamos, con una enfermedad o una tristeza, y cómo podemos sobreponernos a ellas si cuidamos nuestro cuerpo y nuestra mente, como debemos cuidar también esta tierra.

Nos volvemos a internar por un bosquecito hasta llegar a la quebrada El Uval, pasamos al otro lado de ésta y seguimos en ascenso por una trocha ya más abierta, que nos permite disfrutar del paisaje a lado y lado de todas las montañas que nos rodean. Un poco más adelante paramos a merendar: les hemos traído a nuestros caminantes una mezcla de nueces y semillas para tener energía en esta hermosa mañana que cada vez abre más y nos deja ver el cielo azul tan esquivo en el páramo. 

A partir de allí comenzamos a caminar por entre el río, las piedras son enormes y el agua cristalina y helada; todos queremos tocarla y beber de ella, pues viene pura y sagrada del mismo páramo. 

Seguimos ascendiendo y nuestro paisaje cambia, ya que ahora vamos por el cañón del río con sus hermosas paredes de vegetación húmeda y colorida. Es una caminata entretenida, pero que necesita de toda nuestra atención para saber dónde ponemos los pies, qué piedras pisamos, cómo nos equilibramos y dónde apoyamos las manos. 

Pasamos al lado de un pequeño valle húmedo, donde el suelo parece un extenso tapete de musgos y las rocas están cubiertas por los tonos más vivos de los líquenes.

Caminamos suave, caminamos lento. De pronto, encima de nuestras cabezas vemos aparecer una estructura antigua, como un puente, como un acueducto romano. ¿Qué puede ser? se preguntan todos. Esperamos a que se reúna el grupo, tomen aire, hacemos un círculo y Mardoqueo nos cuenta.

Hacia los años 80, lo antiguos dueños de estas tierras, hicieron un reservorio de agua para su finca, construyendo un muro de contención muy grande. Años después, en 1994, por el tiempo y el deterioro la represa cedió y se desplomó, causando una enorme avalancha que arrasó con todo lo que había a su paso. Ahora, la naturaleza ha ido recuperando lo suyo: de las ruinas de la presa solo queda un paso que parece un puente, mientras debajo de él corre el agua libremente.

Al darnos la vuelta nos encontramos con el origen de la quebrada, un humedal al que le sigue un espejo de agua, una laguna que al igual que todas las que reposan en estas montañas, seguro guardan más historias, leyendas y misterios de cientos de años atrás.

Nos quedamos un rato tomando fotos y algunos nos atrevemos a pasar por encima del famoso puente, con un poco de miedo -eso sí- por el viento que se precipita hacia el cañón de la quebrada y que pareciera que nos hace perder el equilibrio, pero las vistas, sumado a la adrenalina del paso, hacen que valga la pena.

En este punto comenzamos nuestro descenso, por otro hermoso sendero y otra montaña que nos lleva por un jardín de frailejones, puyas y estrellitas de páramo, cuyo nombre científico es  “Paepalanthus alpinus”. De pronto, se nos abre el paisaje azul y verde hacia el valle de Guatavita, a la laguna de Tominé y sus bellos alrededores que parecen una alfombra con todas las tonalidades del color verde.

El último tramo del camino necesita de toda nuestra atención y nuestras cuatro extremidades. Es una bajada angosta y sobre todo empinada, por lo que toca agarrarse o aferrarse, lo mejor que se pueda, de la cuerda que se ha dispuesto a un lado de la trocha para no resbalar, y de cualquier raíz o tronco medio grueso que nos ayude a hacer apoyo.

Después de algunos resbalones y estiradas de pierna que parecen no ser posibles, llegamos nuevamente a la quebrada El Uval. El puente de madera nos sirve para hacernos algunas fotos y limpiar el barro que traemos en las botas, las manos o las chaquetas impermeables.

Nuestro recorrido termina en un hermoso mirador, desde donde podemos ver el cañón de la montaña por el que subimos, así como el inmenso valle de Guasca y Guatavita. Sólo tenemos gratitud por haber podido venir hasta acá, con este grupo maravilloso de personas que se dieron a la tarea de disfrutar al máximo de los regalos de la montaña: la llovizna de la mañana, la neblina, el frío, la humedad, el agua, el desnivel, los paisajes, las historias y la buena compañía. Es la mejor manera de celebrar que estamos vivos y, sin saberlo, cerrar un episodio de Relatos sonoros de la Montaña.

Los Muiscas, antiguos habitantes de este territorio, llamaban Zoque al páramo, un ecosistema propio de las montañas tropicales, ubicados por encima del límite superior de los bosques. Son considerados clave para la regulación hídrica y climática de las montañas, así como importantes refugios de biodiversidad. En Colombia, ocupan el 2,5% del área continental del país, donde se estima que hay más de 4000 especies vegetales; muchas de ellas con distribución limitada a pocas localidades y otro número importante de especies endémicas, es decir, exclusivas de un solo lugar.

Pese a su importancia, el páramo se encuentra en un alto riesgo debido al desarrollo inadecuado de ciertas actividades productivas locales, como la minería, la agricultura, la ganadería y la construcción de casas campestres, así como por fenómenos globales de cambio climático que pueden llevar a la reducción de su extensión y a la desaparición de especies particularmente sensibles a estas alteraciones.

Cuidar, no hay plantea B, es una travesía de EstoyVivo, un emprendimiento dedicado a las actividades al aire libre, y cuyo objetivo es reflexionar sobre la importancia de cuidar nuestro cuerpo (por dentro y por fuera), cuidar al otro y -por supuesto- cuidar el planeta.

La Reserva Natural El Zoque está ubicada en el Municipio de Guasca y ofrece a los visitantes la oportunidad de apreciar la fauna y flora en un sendero que recorre la transición desde la montaña andina hasta al páramo.