Por: Dani Caribe Atómico

#FaltaUnCocuyPaLasDoce
(primera parte)

Lo que más me gusta de montar en bici es que, sí o sí, estoy en contacto real con el mundo exterior e interior. Me aprendo los caminos, veo la gente, me enamoro de los paisajes, respiro el aire, me apropio del territorio y me siento más “colombiano”, y mi autoestima crece.

Como desde el primer día que empecé a escribir mi necesidad fue, primero, hacer las suficientes anotaciones sobre lo que iba viendo en mis viajes para después (siempre pienso en que cuando me vuelva viejito una posiblidad de los años maduros sea la de no poderse mover) volverlos a recordar, pues como dice mi abuelita: “recordar es vivir”; y segundo, porque pienso: qué bueno es poderle comunicar a los demás aspectos distintos de todo ese basto universo exterior, que por la inmediatez de la vida ordinaria casi todo el mundo se pierde. Es un tema en el que manipuladamente todos caemos.

Un escenario: te dan vacaciones en el trabajo, en donde ya vives de afán siempre, y en esos 15 días “tienes” que desarrollar un “itinerario” con tantos puntos a seguir que toca hacerlos todos a modo de “visita de médico” y al final cancelar algunos “menos importantes” (seguramente aquel en donde finalmente ibas a estar solo -este es otro punto a desarrollar-).

Cada quien le encuentra el gusto a gastar su tiempo como mejor le plazca. Algunos quebrándose el cubanito trabajando 24/7 (24 horas al día, por 7 días de la semana), para tener el suficiente dinero -aplazamos los sueños- con el cual va a realizar el viaje de su vida, y mientras tanto hace lo meramente posible por construirse una vida con la cual no está conforme (es un escenario, repito, pero tan rutinario). Habrá quien diga que estoy generalizando y que no todos somos así, pero entonces ¿por qué somos tan venenosos, o tóxicos que llaman ahora?.

???

Es por eso que, huyendo de esa ruin cotidianidad, decido siempre tomar mi bici y darle rienda suelta a mi imaginación, y junto a ello -si se puede, y si quieren- arrastrarme a las personas más cercanas para con estas experiencias, abrir ese mundo “desconocido” y vivir la vida a otro ritmo y con otros propósitos, diferentes a los sistemáticamente impuestos. Sí, soy un animal raro, excéntrico, anarquista y llevado de mi parecer, pero así le encontré valor a mi vida, como otros le hayan valor a estar metidos entre cuatro paredes de una oficina.

En el camino, llegó la Caracola, y juntos decidimos acompañarnos en este momento de la vida. Con ella, nos hemos propuesto romper algunos esquemas/tradiciones sociales -con los que no estamos muy de acuerdo-, entre esos, la celebración típica de año nuevo.

“Las campanas de la iglesia están sonando
Anunciando que el año viejo se va
La alegría del año nuevo viene ya
Los abrazos se confunden sin cesar”… y a las 4 de la mañana están borrachos rompiéndose la jeta.

Para nosotros la celebración de año nuevo tiene que ver más con un tema personal de agradecimiento profundo por la vida, aprovechando este momento de año nuevo, de sinergia mundial y reflexionar sobre lo acontecido, para fortalecer nuestras debilidades e intentar ir llegando a ese equilibrio espiritual que brinda la tranquilidad de sentirse bien con lo que se es y con lo que hay, exponiendo toda nuestra miseria ante la naturaleza de la alejada montaña. No es necesario irse en bici, pero entonces, “¿pa qué estudiamos?”.

De acuerdo con la ruta seleccionada para este “año nuevo”, empaqué lo necesario para sobrevivir de la mejor manera por tres días sobre mi bici. Todo me cupo en una mochila de hidratación de 20lts -sin vejiga- donde la mitad de las “cosas” eran herramientas y elementos necesarios para reparar la bici en caso de averías o pinchazos, y la otra mitad de “cosas” eran para salvaguardar la vida del frío, como la manta térmica y la chaqueta impermeable.

Salimos del municipio de La Calera aprovechando que allá vive la Caracola, bajo la premisa que salir por la autonorte de Bogotá era muy congestionado, ruidoso y contaminado, mientras por “arriba” era más verde. Me encanta el interminable año de 1985 en el que vive La Calera. Pobre Bogotá, cada vez más “cosmopolita”.

Sin novedad rodamos hasta Sopó y junto al amanecer nos impactó mucho ver las chimeneas de las grandes industrias ubicadas a partir de ese sector hasta Duitama, emitiendo vapores a la atmósfera de gases que estamos seguros no se tratan de “humo blanco”, y si así lo fuera, no se aleja de la idea de pensar cómo es que aprovechamos los recursos que nos brinda la tierra; ¿cuáles serán esas necesidades tan grandes que suplen esas industrias por encima del valor de la vida?.

Fue un segmento muy duro, no por la complejidad deportiva, sino por el ambiente enrarecido con el olor a la muerte.

Perdóneme amigo lector si en esta sección de mi crónica me pongo trágico, pesimista o negativo, pero es una realidad; hemos sido cómplices de la transformación -a mal- del medio ambiente, y no puedo ocultar mis sentimientos, donde definitivamente este segmento -de la travesía- me llevó a pensar en eso, en muerte, y esa ruta en especial no dejaba de recordármelo: una bella y desarrollada autopista a doble calzada y una excelente berma, donde desfilan todo tipo de automotores, a unas velocidades impresionantes, atropellando todo lo que a su paso se atraviesa: “demasiados” perritos, gatos, roedores, aves y culebritas – y por poco nosotros-, aplanados en el asfalto y junto a ellos todo el interior de sus cuerpos desperdigados y descompuestos – por lo menos aprovechados por las grandes y mal vistas aves negras de carroña reconocidas como “chulos”, que también hay un montón, y eso habla muy mal de nosotros; las odiamos por feas, pero son la consecuencia de nuestro comportamiento.

Al ir a la velocidad del impulso de nuestro propio cuerpo en la bici es mucho lo que podemos ver.

Cuando vamos en el carro, la velocidad de éste confunde, o mejor, oculta los colores minúsculos al lado del predominante verde de las inmensas montañas, y desde ahí adentro todo se ve lindo, además porque viajamos con las ventanillas cerradas y el acondicionador de aire encendido.

Pero desde la bici y a esa velocidad -lenta-, se ve también la gran mayoría de los potreros invadidos con los minúsculos colores de las botellas y bolsas plásticas, donde ya son tantos, que pasan a ser predominantes. Donde no hay potreros con basura, hay transformación de la tierra en extensos cultivos agrícolas -incluyendo los páramos- y al lado de ellos una quebradita o “caño” de agua también contaminada de colores y olores enrarecidos, o seca; y donde no hay los dos anteriores, hay un depósito, taller o chatarrería con un perrito que porta su bello pelaje acondicionado con aceite de motor -generalmente, inocente juguetón-.

Aunque no parezca, sí me disfruto mi viaje en bici, pero me duele ser consciente de esta realidad, donde me es muy dificil ser indiferente, por lo tanto mi actitud disminuyó un montón, y mi inmensa compañera tuvo que jugar el papel de “mártir” de nuestra independencia y aguantar mi mal humor.

Es muy difícil cambiar de la noche a la mañana, pero sí estamos obligados a iniciar YA la transición con respecto a salvar nuestro mundo, con respecto a salvar nuestras vidas, con respecto a creer en que sí puede haber un futuro para nuestra descendencia.

Al seguir avanzando sobre la doble calzada del “desarrollo”, de Sopó a Duitama, pereciera que eso a nadie le importa, o que nadie piensa en eso; la gente tiene un comportamiento raro, a modo del popular “Ud no sabe quién soy yo”, y yo concluí que sí sé quién es esa gente, esa gente es la que “salió adelante” como pudo, en un país con un montón de normas pero que dejó muchas “cosas” a la deriva, entre ellas el olvido y desinterés hacia su población, y ellos hicieron uso de cualquier método y se valieron de cualquier herramienta para subsistir, generando con el paso de los informales años inmensas fortunas -es mi teoría-, que con el pasar del tiempo y arraigados en el “curubito” nadie les podrá decir nada, ni mucho menos conjugar el verbo cuidar, porque de lo contrario “lo pasan al papayo”.

Eran otras épocas, donde sí habían lejanías y se creía en el todo como un recurso ilimitado, ahora todo es cercanías con fecha de vencimiento para la humanidad. Y “ellos” se hacen los pendejos aislándose del mal olor entre sus rápidos carros con acondicionador de aire aroma floral.

1a. etapa

Para pasar de Duitama a Santa Rosa de Viterbo, hay que salir de la doble calzada y tomar una vía alterna. Siempre pensé que esa vía sería peligrosa, pues las condiciones de estrechez y menor calidad del asfalto serían desfavorables, le tenía miedo, era desconocida -en bici-, pero no fue así.

La reivindicación.

Hicimos un ascenso de unos 400 metros de desnivel positivo durante unos 20 kilómetros por dentro del hermoso cañón montañoso del río Chiticuy, y al salir del otro lado se abrió un valle verde que con el brillo del sol resplandecía como una esmeralda que nos condujo a Santa Rosa de Viterbo, donde el almuerzo nos costó $6.500 y quedamos repletos, con una sensación de bienestar enorme que aún no me explico su precio y hasta nos dieron jugo extra.

El voraz y depredador desarrollo había quedado atrás.

2da. etapa

De ahí en adelante solo tuvimos expresiones positivas cargadas de amor por todo lo que veíamos. Defino ese cañón montañoso del río Chiticuy como la puerta a una dimensión desconocida para todo ese mundo -depredador- que gira a la velocidad de un clic.

Desde Santa Rosa de Viterbo hasta El Cocuy, lo agreste y precipitado de las montañas crearon una especie de blindaje poderoso en contra de la invasiva fugaz y virtual modernidad.

Los abuelitos llenos de historia y experiencias como arrugas en la piel, que andaban reposando el almuerzo frente a las portadas de sus casas, sonreían al vernos pasar en nuestras bicis, y nos despedían con una mano alzada bendiciendo nuestro andar, preocupados por nuestro bienestar.

¿De dónde vienen?
– ¡De Bogotá!
– Uy, eso es muy, muy, muy lejos.

Ellos aún ven a Bogotá muy lejos, es más, no conocen Bogotá, es más, nunca han salido de su pueblo y lo mejor de todo: no necesitan más, acá tienen todo lo que el hombre necesita para estar tranquilo y por supuesto: feliz.

Sí, fue duro el viaje, fue duro subir todo ese desnivel que tienen las montañas, pero más duro fue sobreponerme y volver – una vez más con esta travesía- a soltar toda esa carga que traigo a cuestas, que el sistema nos inserta todos los días hacia la inmediatez tecnológica, hacia la comparación en las competencias y el consumo voraz. Fue duro concluir que no es mi culpa, que hago parte de un sistema que así lo impuso y lo manosea todo a su antojo, y que ya se le salió de control; pero acá estoy, con mi cuerpo, con mis manos, con mis piernas y con mi voz, exponiéndome y declarando: ¡hay otra forma de hacerlo! Solo es iniciar ya la transición a nuestros verdaderos sueños, el mío era llegar al El Cocuy en la bici, con humildad y sencillez, gozándome cada centímetro del recorrido, llevándome en mis ojos, en mi mente, en mi recuerdo que hay un país que se resiste a morir, que está lleno de zonas “blindadas” y que desde allí (desde acá) siento, que además con mis letras, podemos hacer las diferencia.

El territorio mal llamado Colombia es muy hermoso, y pues sí soy colombiano y lo llevo con el honor de un guerrero que está dispuesto a luchar, así como luché por cumplir el sueño de llegar al El Cocuy en bici. Pero mi sueño también es ver finalmente una Colombia conectada con la naturaleza, con el ser, tranquila y feliz.

3ra. etapa

Estoy Vivo y “feliz año nuevo”, pues ya nos vamos pa’l nevado.
(2da parte #FaltaUnCocuyPaLasDoce)

#LaRestienciaEnBici #MiDestinoColombia
#PandillaAtomica #AltaCordada