Esta es mi historia. Soy Tina. O bueno, así fue como me bautizó Samuel. Igual, siempre me dicen de varias maneras y yo lo único que quiero es andar con los de mochila.

Soy una perra como cualquiera, tengo mi cabellera mona, voy y vuelvo a todos lados y con el primero que me gusta me largo.

Acá estoy, a este lugar le llaman Suesca, está invadido de perros babosos, peliones y canequeros; el fin de semana empezó como mal y no he visto con quién parchar, me voy a las esquinas y al paradero del bus, pero sólo me lanzan patadas y me gritan. Ya avanza la noche y se siente algo de frío, hay un negocio de empanadas, se siente algo tibio el ambiente, tal vez me den algo de comer.

[En ese momento entra Eder, que con su barba de schnauzer y seduce a Tina…]

Ese señor tiene pinta de los míos, lo voy a saludar.

[Batiendo la cola, Tina se abalanzó a Eder y él la aceptó, la abrazó y la acarició y hasta la puntita le dio, de la empanada.]

Me fui caminando tras de él y se reunió con varias personas más y mi impresión y mi alegría fue muy grande al verlos con esas mochilas. Los saludé a todos saltando contra sus pechos, jadeando y ladrando. Mi cola parecía un helicóptero, me sentía muy feliz; le tumbe la gaseosa a uno, le hice regar el agua que estaba sirviendo en un camelback a otro, asusté a los niños, otros me acariciaron…

Al partir ese grupo, decidí irme con ellos, no me importaba a dónde fueran; además sentía que los podía cuidar. Nos fuimos por la plaza hacia el fondo, como rumbo a la Virgen, entre ellos hablaban y reían, yo andaba al paso del primero, nunca me adelantaba más de un paso, ahuyentaba los perros escandalosos de las otras fincas, ninguno me quedaba grande.

 

Luego de un buen rato caminando, bajo la oscuridad de la noche y la luz de las estrellas, ellos miraban sus celulares, parece que no sabían bien qué camino tomar, yo aprovechaba y jugaba a los empujones, pero ellos no me entendían, algunos me regañaban, otros me mimaban. Luego de un buen rato, subimos una gran loma y llegamos a las piedras gigantes, escuché que estábamos en los monolitos, habíamos caminado por tres horas y según los comentarios, fueron dieciséis kilómetros. Guau, me siento cansada. Encendieron varias lámparas y empezaron a armar unas carpas para dormir, apenas estuvo lista, salí corriendo y me metí en una de ella y me arrunché, con tan mala fortuna que ese refugio no era pa’ mí, era pa’ ellos y me sacaron. Luego prepararon sánduches, cenaron y a mí no me dieron, pero supongo que todo venía contado y bueno, me arrunché por ahí…

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Al amanecer, sin que ellos se dieran cuenta, me les metí al vestíbulo de la carpa azul, ellos no podían creer que aún estuviera ahí, aunque aún estaba aislada de ellos, pero eran mi nueva familia, solo era tener paciencia.

Samuel y Sara jugaban un poco conmigo y algunos ya me acariciaban la cabeza, hasta pan me dieron de desayuno, yo sólo quería estar con ellos. Al rato todos subieron a uno de los monolitos, yo no pude subir, di varias vueltas al rededor, pero no había forma y me volví a arrunchar al pie del monolito. Luego de un rato, ya bajaron, desarmaron las carpas, me dieron agua y nos fuimos.

Caminamos mucho, llegamos a la laguna de Suesca, parábamos, descansábamos, me daban agua, hacia mucho calor, yo me hacía bajo sus piernas pa cubrirme del sol.

Subimos una montaña muy alta, yo me encontré un pozo de agua fresca y allá aterricé, me di un delicioso baño y seguí subiendo, llegamos a la cumbre y paramos a descansar, ellos empezaron a preparar el almuerzo y me dieron pasta, pan y agua… Esto va mejorando, me sentía muy feliz y muy tranquila. Descansamos un buen rato en una loma crecida de trigales amarillos, un viento que acariciaba los pensamientos y una vista hermosa con la laguna de Suesca enmarcada en el verde de las montañas; qué lindo se siente la libertad.

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Salimos de esa loma y agarramos por la vía de asfalto hacia Cucunubá. A todo carro o moto que pasaba le perseguía las llantas, es algo incontenible.

Llegamos a Cucunubá a las 5:30 de la tarde, parece que habíamos caminado algo así como veinticuatro kilómetros, me dieron diez mil de salchichón y mucha agua, fue una travesía increíble, fueron cuarenta kilómetros en total y una nueva familia.

Salimos de la tienda a tomar el colectivo para volver. ¿para volver? ¿A dónde si yo soy de acá?, qué raro, pero igual yo me iba donde estuvieran ellos; me abrazaron mucho, me acariciaron y dijeron adiós Tina, ¿seré yo? Pararon el colectivo y yo traté de subirme de primera pero me retuvieron, me dejaron de última y le dijeron al chofer que cerrara la puerta. No lo podía creer, Samuel estaba llorando y yo no sé, salí corriendo a dar vuelta a ver si podía subir por el otro lado, pero no había puerta; había otra familia bajando de un auto, no tenían mochila, pero yo sabía que me aceptarían, corrí hasta ellos y los saludé, pero el niño me pegó una patada. Volví al colectivo, estaba desesperada, ¡mi familia!, pensaba. En ese momento arrancó el bus y yo corrí mucho detrás de ellos, alcancé a ver a Samuel mirándome por la ventana y movía su mano de izquierda a derecha y estaba llorando, Dios! Adiós…

[Esa es la ViDa. Cuando todo es perfecto se acaba y nunca volverá a ser igual. Te amamos Tina y siempre serás nuestra perra, nuestra perra silvestre, pues estás mejor en tu montaña que en nuestro apartamento.]

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