Ultra Trail La Mesa 2019
80K
(el sueño de todo rodillón)

¡Muy Bien! Ahora eres un asesino del dolor, pero esto no se acaba aquí: espere y verá la cuentica de cobro.

¿De qué estará compuesto el pensamiento el día que a uno se le pasa por la cabeza inscribirse en una ultra maratón?

Aún no lo sé. Sí, ya fue ayer, tanta espera, tantos nervios, tanta ansiedad, TANTO ENTRENAR… y ya fue ayer.

Pensaba un montón en los grandes atletas colombianos conocidos, y me preguntaba ¿cómo carajos pueden volver esta práctica -las ultras- su compañera de vida?.

No sólo es el infierno de estar metido corriendo una ultra, es todo lo que se moviliza a su alrededor, es otra vida que, quien la elige, está decidido a eso: a cambiar toda su vida.

Sí me preparé, no a conciencia, pero sí me preparé para asumir con decoro la participación en la competencia de la Ultra Trail La Mesa en la distancia de 80K (la “K” es de kilómetros, pero debería ser kilates), y cuando digo con decoro, me refiero al propósito de intentar tener el chance de llegar a la meta.

Es el infierno. Aunque para muchos es ya normal hacerlas o hablar de ellas, vaya y la vive: “Son tres subiditas de 600d+ aproximadamente, una última subidita de 1400d+ y súmele los repechitos para un total de 4.200 d+…” ¡papitas! Fácil, está hecho. (Toda la numeración anterior está indicando el desnivel en altura hacia arriba en metros que, para el no conocedor de estas medidas, puede hacer un símil con que la taquilla de Monserrate está, de la Iglesia de Monserrate a 500 d+, que para este caso, es como subir ocho veces el cerro de Monserrate).

Es el infierno porque, a conciencia, siendo esta mi primera participación en una ultra, sabía que iba a doler, por la falta de conocimiento y experiencia y además por no haberla preparado como dice “el profe”; pero bueno, solo actitud positiva y empezar a sumar. Sin más que hacer y decir y ya puesto ahí, había que salir a correr; el cronómetro en ceros y el pensamiento firme sobre lo que más amo: mi familia que estaría en la meta esperando el pedazo de hombre que les iba a entregar la montaña al día siguiente.

En mi pensamiento solo me repetía: ya pasará, disfruta.

En el cajón de la salida, a las once y cincuenta de la noche, estábamos todos los atletas ya reunidos, muchos de ellos conocidos, y entre ellos algunos grandes amigos, mezcladitos con algunos familiares, compartiendo un estrechón de manos -el popular “giveme five”-, abrazos rompe costillas saca pedos y las últimas frases de apoyo y aliento para vivir lo que para muchos era una locura. Ya no había nada más que hacer, lo hecho, hecho estaba. Dos caminos: hacerla o retirarse -lo cual uno nunca quiere que sea una opción-.

Con mis tenis viejos Altra, los bastones llenos de historias de Caro, la camiseta del club de mis grandes hermanos Jose Antonio Sanabria Sierra y Eder Alonso Velasquez Parra, a quienes invoqué para que me dieran valor, los puti shorts de Javi Lopez y la mochila de hidratación con 2 litros de agua, 2 paquetes de maní, 3 barras de proteína de @px bebida, 10 papas saladas, una morcilla, un envuelto de maíz, un par de gomitas, la manta térmica, la chaqueta impermeable, una linterna de repuesto, el documento de identidad -la cédula- (pa que sepan de quién se trataba), un par de analgésicos, una venda elástica, un gel antibacterial y el silbato, me presenté al frente de batalla.

Se cantó el conteo regresivo y nos fuimos. Era una salida controlada por la guía de una moto por las calles del pueblo la cual debíamos seguir, pero los “pros” se pegaron a la moto como si fueran a regalar mercado y yo ahí contagiado a un ritmo de 5:10 el kilómetro, que al cumplir el primero caí en la cuenta de uno de los primeros mantras anotados: “ve al ritmo de cosecha de moras de Caro”; así pues que abandoné drásticamente el lote que pronto se perdió en la oscuridad de la noche, y así mismo me quedé absolutamente solo ya en el segundo kilómetro.

Realmente estas distancias no son tan populares en participación como lo son la media maratón o las recreativas de diez kilómetros, donde uno siempre está acompañado de personas. Para este caso fueron cincuenta atletas los inscritos y según las cosas, yo sería mi compañía desde el segundo kilómetro, lo cual me asustaba un poco, pues tenía presupuestado hacerlo en dieciséis horas y eso era mucho tiempo donde -entre otras cosas- creería enloquecer.

Todo el entrenamiento realizado fue para fortalecer el físico, pero ¿la mente?. Santo cielo, estaba solo, íngrimamente solo en medio del monte que, por fortuna, en esos primeros quince kilómetros -a oscuras, con la luz de la frontal- fueron todos por vía alterna destapada -como pa poder ambientarse-, pero no sobraba el pensamiento negativo como: “qué tal que me salga por acá un bandido y me quiera hacer daño, robar, o amenazar”, o un borracho rabón con un machete porque estamos pasando por sus ‘linderos’”… Y en esos precisos momentos, donde uno va “ido” inventándose pensamientos locos en la cabeza, sale un parche (grupo) de unos cuatro perros -tres langarutos y uno grande- que de la nada están trás uno ladrando y tirando a morder. Uno ni sabe qué hacer después del susto tan “catre”, hay que ser prudente y reservado, pero esos putos perros son lo peor, y uno solo quiere correr más rápido y el corazón a mil. Más adelante un señor ebrio, dormido sobre la línea férrea del abandonado tren, y algo más adelante otro señor iniciando una hoguera en medio de unos pastizales altísimos todos secos -o sea, el pirómano de los incendios forestales-. Todo mal, uno le tiene menos miedo a La Patasola o al Mohán que a estos extraños seres y apenas eran las tres y media de la mañana.

Todo la anterior fue un segmento de la carrera de quince kilometros que se realizó en bajada, donde muchos aprovecharon para sacar ventaja. A partir del dieciséis empezó lo bueno, la primera subida dura, donde me encontré varios rezagados, ya golpeados por el calor y demás eventualidades relacionadas. En un caso, paré a auxiliar a un chico que estaba vomitando y no traía mochila de hidratación -sin comentarios-. En ese preciso instante llegó Nicolas Arévalo Ramires con quien me fui hasta el kilómetro cuarenta y cinco, y no sé si él quería de mi compañía, pero yo hice lo posible por estar acompañado de él hasta que amaneció. El haber encontrado un cómplice para asumir el reto fue muy importante, ya que me propuse otros pensamientos más positivos. Él siempre ha estado a mi nivel -o yo al de él-, y durante varios segmentos sentí que nos ayudábamos a hacerla (la carrera) con perrenque -halándonos-, pero “cuidando el fundamento”.

La no grata noticia fue que, como desde el kilómetro veinte, tipo 4:00 am, me empezó a doler el ligamento colateral externo de la rodilla, que hace tiempo no me dolía, pero acá apareció. Había ausencia de dolor en las subidas, las cuales hacía con máxima potencia, pero si trotaba en los planos y en las bajadas me “molestaba”; debía mirar estrategias para continuar y cuidarme, y una de ellas fue apurarle en las subidas y caminar en los demás segmentos.

La carrera proponía unas reglas de participación importantes, las cuales todos debíamos conocer y atender. La más importante, debido a la distancia y a la estrategia, eran los tiempos de corte.

Los tiempos de corte se refiere al tiempo máximo estipulado por la organización para que el atleta se presente en los determinados puntos de control. Si el atleta se presenta después de la hora citada, sería sancionado con el retiro de la carrera y la imposibilidad material de continuar.

El puesto de control del kilómetro 45, que era el primero y se debía pasar antes de las 9:20 am era clave, ya que dependiendo de “la ventaja” que se le pudiera sacar en tiempo para ese momento, aseguraría la permanencia en la competencia. Y para los que preguntan: ¿y qué se gana si gana?, aprovecho para contestarles: eso se gana, participar y terminarla -ese ya es el mejor premio-. Los siguientes dos puestos de control estaban, uno a 9 kilómetros -en el K54- con tiempo de corte a las 11:30 am y el tercero en el kilómetro ¡72! a las 3:20 pm. (¿Puede creer que a uno lo saquen de la carrera a 8 km del final?). Son tiempos muy “extravagantes”, pues da 2 horas para el segundo segmento de 9 kilómetros, y el más chistoso de todos, el tercero, que da 4 horas desde el segundo para 19 kilómetros que son de bajada; y digo extravagantes pues, quién diría que uno no sea capaz de hacer 9 km en dos horas, o 19 km de bajada en 4 horas… En fin, lo importante de todos estos números -para usted que me está leyendo- era llegar temprano al primer puesto de control, al kilómetro 45 y eso hice. Con dolor de rodilla y un hambre bestial, llegué 2 horas antes del corte, a las 7:30 am. -osea, que a todos los cálculos anteriores, súmele 2 horas de ventaja que me había ganado-. ¡Era el más! Me sentía muy feliz.

En ese puesto de control los atletas podíamos contar con la reserva de una mochila previamente preparada la cual, en mi caso, tenía comida, otros tenis, mi gorrita, gafas y bloqueador solar. Además podíamos contar con la asistencia de un familiar que, en mi caso, fue la dueña de mí: Caro.

Y ahí empezó la verdadera competencia; Nico se había ido adelante y ahora había que luchar por terminar. Hacía calor, el sol estaba en el pleno esplendor de los 1200 m.s.n.m. del trópico y me esperaba la medio bobadita del ascenso más bravo de toda la carrera, y a eso fui: a hacerle.

Llegué al segundo puesto de control con una hora y media de ventaja, llegué con Nico y Rochi, y pensé que podría ir con ellos el resto de carrera, yo los veía muy “sólidos”, pero la verdad hasta ahí me llevaron las fuerzas. Era el kilómetro 54. Hice un show al juez, que el que me hubiera visto, habría pensado que estaba audicionando para “Colombia tiene talento”; qué drama el que hice. Contabilicé y tenía 5 horas y media para llegar al tercer puesto de control y de ahí al final: ¡Papitas! Decidí irme caminando rápido y arranqué. ¡Eran 19 kilómetros, cómo no lo iba a lograr!

Subía, subía y subía, y nunca acababa de subir -sin piedad-. Los kilómetros fueron eternos, alcancé a hacer 1 miserable kilómetro en 32 minutos. Realmente estaba “mamao” y me había empezado a doler mal la otra rodilla y los codos -por los bastones-.

El clima había cambiado abruptamente junto con la vegetación que era más arbustiva y densa; se sentía muchísima humedad, hacía bastante frío y las nubes metidas entre la montaña eran la escenografía. Nada que ver con la sequía tan voraz de la zona baja.

En el camino del kilómetro 59, me encontré un campesino que estaba descargando unos bultos de un jeep, iba muy apresurado hacía el interior de la finca con la carga al hombro y me gritó:

-¡Apúrele que se viene el aguacero!

Yo paré, lo miré con cara de extrañeza y le dije:

-¿Cómo sabe?

Sí estaba la niebla metida en la montaña, pero no estaba oscuro, ni las nubes se veían como cuando va a llover, además: ¡estaba seco!

Entonces, el mancito me contestó:

-¡Oigalo! (señalándose un oído).

Él se entró pa la finca y yo me quedé ahí parado oyendo y sí, se oía como cuando uno está cerca a una cascada de agua, y eso pensaba yo que era: una cascada.

-¡¿Señor, ese sonido no es el de una cascada?!
-No, es el aguacero, protéjase.

Bueno, pues mientras le hacía caso de “protejerme”, me saqué la mochila de la espalda (que viene como incrustada), y la apoyé en un terraplén de pasto en la berma del camino. Saqué la chaqueta impermeable y no me dio más tiempo, caía agua del cielo como si hubieran abierto una ducha; qué hijuemadre aguacero tan bravo. Inmediatamente sentí el bajonazo de la temperatura, así que decidí sacar también la manta térmica y anclarla a mi cabeza con la gorrita -como se ve en la foto-. ¿Cuánto durará el chaparrón?, me preguntaba, además mi rumbo era seguir subiendo -hacia la laguna de Pedro Palo, la que nunca vi, y una de las razones de mi participación- e introducirme hacia el sector que se veía estaba mucho más “condensado” el “mal clima”. (eso de “mal clima” es para denotar que la temperatura era baja y llovía fuertemente, pero ese clima en especial es el que más amo; me encanta el paisaje lleno de nubes, y además en estas épocas que se necesita tanto el agua, ese “mal clima” es un “buen clima”). Hay que resaltar que iba caminando y no generaba mucho calor físico que digamos.

Al poco tiempo (en kilómetros) me volví a vencer. No había adelantado nada y me quedaban dos horas para hacer 11 kilómetros, que aún me faltaban para el tercer corte. Me estaba haciendo 1 kilómetro en media hora… no lo iba a lograr, así que decidí sentarme sobre una gran roca que había al lado del camino a comerme todo el maní (dos paquetes) que llevaba mientras veía llover, con la manta térmica de toldillo. Nunca me había sabido tan rico el maní, me lo comía diractamente del paquete elevándolo sobre mi cabeza; me lo comía como si no hubiera un mañana, quedándome las barbas y el mostacho untados de sal, la cual después ingería pasándome la lengua por todos lados como los bebés. Y pensaba: ¿qué carajos voy a hacer? Estaba en algún lugar de Colombia, por lo menos eso era claro. Si me quedaba ahí esperando que alguien me recogiera, me iba a congelar -como no, con esos puti shorts- así que la opción era seguir caminando. Y si iba a a caminar: ¿Porqué no intentar llegar?

Me animé -más que por ganas de seguir, por miedo a morir ahí petrificado del frío-. Me propuse caminar rápido y tratar de ajustarme a trotar la bajada.

Ahí iba, lo estaba haciendo bien. El mantra: no hay dolor, todo está bien. Llegué a la cumbre de la carrera y ya solo era bajar -20 kilómetros para la meta-.

Todo estaba controlado, avanzaba muy bien, los tiempos se corrigieron brutalmente, era mi cuarto aire, empecé a trotar, el aguacero paró, guarde la manta térmica y seguí con la ilusión de ver la luz al final del túnel…. pero, qué poco duro la dicha.

La ruta nos mandó fuera del carreteable y nos metió al “bosque de niebla”. ¡Qué lugar tan hermoso! pero tan poco señalizado. Entiendo que la nube se metió y la visibilidad no era mayor a 8 metros, pero esa es una contingencia que se debe tener en cuenta y, como no fue así, duré mucho tiempo tratando de salir de ese segmento, ya que constantemente me perdía o dudaba de la ruta a seguir. Nunca es tan obvio.

Me daba coraje pues fue mi “cuarto aire” y tener que lidiar con esto era algo para lo que ya no estaba preparado; es más, no es que estuviera “mal” señalizada la sección, era que ya no tenía con qué seguir y ¿para qué le echaba la culpa a los demás de mis errores y fracaso?. Trate de guardar la calma y volver a lo esencial, al momento y disfrutar de ese lugar tan mágico. Me “acurruqué” junto a unos arbustos y me quedé escuchando con los ojos bien abiertos el sonido del bosque -porque también se oye con los ojos-. Se oían cantos de muchas especies de aves en los 360 grados, realmente estaba rodeado. El sonido del agua se podía enumerar entre la que escurría de los árboles, la que formaba riachuelos y la que caía en cascaditas; y se sumaba el sonido de las chicharras e insectos. ¡Era un concierto! ¡Era la sinfonía del bosque! ¡Todo estaba vivo, hasta yo!. Qué bendición ser parte de la conciencia de la vida y ahora había que salir de ahí, pues tod una familia me esperaba y unas ganas enormes de contarle a Caro -y a todos- sobre mi aventura.

Caminé, me perdí, me devolví, corregí, me caí, resbalé… En fin, qué más daba, eso era lo que había.

Al salir del bosque -kilómetro 67- continué por un carreteable, y poco a poco volví a ver casitas. Me quedaban 5 kilómetros para el corte y 1 hora de tiempo para lograrlo, pero ya estaba entregado y decidido a renunciar; me dolía todo lo que se llama cuerpo, tenía unas ganas inmensas de correr, pero no había con qué, cualquier medio movimiento fuerte que hiciera era con dolor.

Ahí me alcanzó Juanis Ospina. Habíamos empezado 50 almas y en ese punto, cuando ella llegó, trajo la noticia de ser la última clasificada en el anterior puesto de control. Ella era la número 25, osea que ya se habían retirado 25 atletas, unos por tiempo y otros por incapacidad física de continuar. Me dijo, ante la respuesta mía de lo mal que iba, que si habíamos llegado hasta ahí teníamos que terminar; me ayudó diciendo un par de cosas más que me dieron energía, volví a vencer el dolor y salimos a correr. Esta vez el enemigo era el reloj, no quería frustrarme con un retiro por incumplimiento a la norma, y me imaginaba llegando en un carro y eso, particularmente, me daba fuerza para intentarlo; corrimos, corrimos tanto, que me sentía como el mismo Usain Bolt en los olímpicos, el sudor caía a chorros del cuerpo, hasta que llegamos.

4:40 pm.

Sí llegamos, fui el último ULTRA corredor clasificado de toda la jornada en pasar la línea de meta con un tiempo de 16 horas y 20 minutos, puesto 25 de la general y 4to en la categoría.

Había muchas personas esperándome: Jose y Eder aparecieron casi un kilómetro antes de terminar; mi hijo hermoso, mi Caro y la familia 500 metros antes; Sebas en la moto echó pito los últimos 200 metros mientras nos seguía, y en la meta todos esos amigos que se dieron la pela de esperar para gritar todos juntos:

¡Estoy Vivo!
Y al final de esta crónica: #EstoyTullido
pero feliz.

– Señor, ¿la volvería a hacer?
– Sí.

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