“Para sentirse vivo hay que morir mil veces”

Ha caído una tormenta muy fuerte en la última hora antes de la partida. La noche del viernes estuvo muy fría y las calles -como siempre- atoradas de miles de vehículos que intentaban llegar a cualquier destino a paso muy lento, navegando por los ríos y lagos denominados avenidas. Escapar de la metropolis en carro es y será siempre una tarea difícil, pero finalmente empezamos a vivir el sueño de correr una vez más sobre nuestras montañas, esta vez, hacia el Parque de los Nevados.

Por pocos instantes la lluvia recia se tomaba un respiro y nos permitía bajar las escotillas de nuestra embarcación para respirar los purificados aires del campo, pero su eficaz constancia nos acompañó en todo nuestro andar desde Bogotá hasta Manizales, haciendo largo y tortuoso el avanzar… ¡hacía mucho no veía tanta agua caer del cielo!

Condujimos toda la madrugada, combatiendo las manifestaciones del sueño que por instantes atacaba. Finalmente llegamos a Manizales a las 5:00 de la madrugada, después de una noche larga y dura; pero somos traileros y nada más importaba en ese instante sino llegar. Luego del primer capítulo cumplido, en los brazos de Morfeo nuestras esperanzas entregamos, no sin antes suplicar por cielos abiertos para el día de la anhelada carrera.

Fue un sábado sabroso en la municipalidad de Villamaría, población cercana a Manizales tan solo separada por el cañon del río Chinchiná, pero que las une una fabulosa estructura arquitectónica e industrial diseñada para fovorecer a las gentes de a pie: el cable aéreo que, básicamente consiste en cabinas suspendidas de un cable que va y lleva gente de un lado a otro (de Villamaría a Manizales) como alternativa de transporte rápido, seguro y eficaz, del cual carece nuestra aporriada capital Bogotá.

Fue un paseito ligero por la verdadera capital de la montaña, pues la ciudad desarrolla su urbe por medio de empinadas cuestas y vertiginosas bajadas, haciendo de ésta la capital mundial de competencia de carritos de balineras. Concluimos nuestro recorrido en el monumento nacional Catedral Basílica de Nuestra Señora del Rosario de Manizales, que logró su afamada proclamación por la gracia del Papa Pío XII después de haberse mantenido a pesar de los múltiples ataques sísmicos e incendios que la derrumbaron, pero que volvieron a reconstruir por última vez en hormigón (concreto), lo que para esa época fue algo revolucionario. Hoy en día ofrece, aparte de sus servicios religiosos en el místico recinto con capacidad para 5.000 personas dentro de sus naves, un centro cultural a modo de museo donde narra la historia en torno a ella, y un café – restaurante en una terraza en la azotea de una de sus torres, que me cuestiona dónde queda eso que mi abuelita decía que uno no debe comer nada dos horas antes de la misa.

Al finalizar la tarde nos reunimos todos los participantes a la carrera en torno a la charla técnica, y a dormir temprano pues debíamos asistir a las 3:00 am del domingo, con el llamado de la diana, al inicio del primer día de aventura de la Ultra Trail Parque de los Nevados 2017 (UTpLN).

Día 1. Domingo 20 de agosto 3:00 am, primera etapa UTPLN 15k.

Estuvimos de pie en la esquina de la plaza de Villamaría a tiempo. Por ahí pasaría por nosotros la “Chiva” que nos llevaría al corral de partida de la carrera. Los pocos transeúntes que se vieron pasar iban carnavaliados, algunos borrachos y otros “trabados”, y nos gritaban cosas como:

¡Disfruten de la madre naturaleza, yo ya lo estoy haciendo!

Fueron cuatro horas de recorrido por una vía destapada, sentados en una “butaca”, la cual le cobró arriendo a mi pobre y pequeñín trasero.

Un poco antes de llegar al lugar de partida de la carrera, una de las tres “Chivas” que nos transportaba se “encunetó” (que se cae en una cuneta), quedando totalmente atascada. Por fortuna para todos era la última de las tres, así pues que trasladaron a los corredores al techo de nuestra “Chiva” y concluimos el viaje, dándole feliz inicio a la competencia.

Es de resaltar que durante ese recorrido partimos de noche y llegamos de día, permitiendo a nuestros sentidos deleitarse con el bello amancer plateado, el cráter de la Olleta del Nevado del Ruiz y el congelamiento de las carnes por el excesivo frío del ascenso a 3.400 m.s.n.m. en la madrugada.

3, 2, 1… arrancamos, las tres distancias combinadas: había gente que para esa primera etapa correría 35 kilómetros, otros 28 kilómetros y yo que correría 15 kilómetros. Mi distancia era la única que no iría hasta la nieve del Ruiz pero, aunque algo frustrante, estaba bien; dada mi lesion en la rodilla, solo iría hasta la “Curva del Putas”, lugar que ya tenía 800 metros de desnivel positivo y una altura de 4.200 m.s.n.m, donde tuve la suerte inmensa de ver el cráter de la Olleta, a muy corta distancia, cubierto de nieve en esa, “mi cumbre” del día. 

Al llegar a ese lugar me quedé observando la postal por algunos minutos hasta que volví en mí, volví a la carrera, prendí la máquina y descendí a lo que mis paticas de cabrito me dieron. 

Llegué a la meta y fuí el séptimo corredor en cruzarla. “Man on the silver mountain – Rainbow”.

Sí, fueron 15 kilómetros de la primera etapa y usted, querido lector, que seguramente ha corrido esa distancia, dirá: “eso es poquito”; pero le quiero recordar que para ese momento llevábamos dos días viajando, solo 4 horas de descanso, un viaje interminable en “Chiva” con butacos de asiento (porque así son las Chivas) y lo peor aún estaba por venir: la Chiva que se había encunetado en la subida, que había sido la última, y que aún seguía en el mismo lugar, pues ahora de bajada era la primera. Pa poder volver a Villamaría había que quitarla o quitarla, pues el camino solo era de “un carril”. 

Así pues las cosas, pensamos que el nombre de la primera etapa debió de haber sido: Chiva al desayuno, Chiva al almuerzo y Chiva a la comida… la competencia de ese día consistió en tener la capacidad de aguantar ese montón de horas que se demoró la “varada”, (me sentí el protagonista del cuento «Autopista Sur» del argentino Julio Cortázar) sin alimentación (había maní por doquier, del cual no quiero volver a saber), y los pequeños brotes de insatisfacción de algunos pseudoatletas que trataron de boicotear la válida, dando un excelente aporte al difícil momento, exigiendo devolución de dineros, mejor trato y cumplimiento de los cronogramas establecidos (aghhh bellezuras del colombiano promedio). 

Nosotros (la Pandilla Atómica y Caro) pusimos la cuota de entusiasmo y humor, y junto a la revelación artística del canto popular, mi querida amiga Roshy, hicimos de ese día montañero, una experiencia enriquecedora para el entrenamiento abdominal, por causa de las carcajadas que emanaban de lo más profundo de nuestro ser.

Finalmente y luego de muchas horas de espera, con el popular dicho: “se me borró la línea del trasero”, mucha hambre, demasiado sueño, torticulis en el cuello y demás dolores aludidos a la PV (puta vejez), llegamos a las 7:30 pm a Villamaría, nuestro lugar de concentración.

Pienso que los transeúntes del abarrotado pueblito sintieron algo de temor al vernos bajar de la Chiva, pues era una escena casi real del primer capítulo de los zombies de “The Walking Dead”, estábamos destruidos… torcidos, adoloridos, cochinos y muertos del hambre, corriendo a algún lugar pa saciar nuestra primera necesidad: un baño ¡”pa hacer del dos”!… y comer.

10:30 pm de vuelta a los brazos de Morfeo sin desear que hubiera un mañana.

Día 2. Lunes 21 de agosto 2:00 am, segunda etapa UTPLN 25k.

… And I ran

I ran so far away

I just ran

I ran all night and day

I couldn’t get away…

(Flock of seagulls – I ran)

… Y corrí, corrí tan lejos, iba por sobre las nubes… no había nada que hacer, me sentía feliz, hasta que de la nada un carro me pitaba, y yo corría, y el carro ahí pite que pite, del desespero me lancé a apagarlo y no dejaba de sonar…

2:00 am no alcanzaba el celular para apagar la alarma que indicaba que ya teníamos el tiempo contado para alistarnos y presentarnos en el estadio de Palogrande de Manizales para la etapa dos. Había dejado el celular a propósito sobre el marco de la puerta, a sabiendas de que si lo ponía cerca apagaría la alarma y seguiría durmiendo. No dejaba de sonar, y no quería levantarme, me dolía todo lo que se llama cuerpo, me ardían los ojos, no lograba enfocar, tenía náuseas… ¡estaba chatarriado!

En la habitación éramos 4 y todos estábamos en esa crisis, esperando que alguno dijera las palabras mágicas: “agggh, no importa, sacrifiquemos la carrera y durmamos felices”… pero ¿vale la pena fracasar? ¿Pa eso vine hasta acá? ¡No señor! Luché con todas mis fuerzas y me paré de esa cama, de esa cama calientica, suavecita, arrulladora, que me hablaba con la voz de las sirenas y me invitaba a morir en sus brazos. De pronto le vi cuerpo de mujer y ante la tentación me tumbé y me entregué a ella, me entregué toitico en cuerpo y alma, pero no agarré el celular, que volvió a sonar a los 5 minutos. Abrí los ojos y decidí negarme a esos malditos encantos nefastos, decidí ¡dar la guerra! dar el grito esperanzado de libertad de Mel Gibson: ¡Freeeeedom! y corrí, como lo hacen los osos perezosos, y me metí a la ducha.

3, 2, 1… y acá estoy otra vez… aún sigo dormido, corro por inercia de ver correr. Son las 5:00 am, otra vez estamos todos los deportistas de las diferentes distancias revueltos; algunos toman la delantera, yo me mantengo a un buen ritmo, todo está oscuro, las aves cantan, el cuerpo se va medio acomodando.

Esta vez fue más rápido el transporte de la Chiva: apenas duramos como 30 minutos del estadio Palogrande al corral de la partida. Yo aún no había estudiado la altimetría, no suelo hacer eso, no porque no me interese, solo es que se me olvida. Correr para mí es un acto de tanta libertad y felicidad, que dentro de mis preocupaciones no está revisar la altimetría, prender el Strava, iniciar el Garmin, armar estrategias pa competir… solo me gusta participar y hacerlo bien. 

Minutos antes de la largada me mostraron la altimetría de los 25 kilómetros y se veía una subida sin mucha “rampa” o “pendiente” desde el kilometro 1 hasta el 18, y a partir de ahí otra subidita vertiginosa hasta el 21 y los últimos 5 planito y de bajadita. Yo ya conocía un poco el sector, y adicionalmente habían dicho en el congresillo técnico que “esa etapa sería de subida, pero suave”, pero adicionalmente, al caer en cuenta y observar la altimetría, descubrí que tendría 2.400 metros de desnivel positivo.

Ya iba como en el kilómetro 5, el cuerpo funcionaba bien, ya había entrado en calor. Iba, no era una chimba, pero iba, y pensé: ¿2.400 metros de desnivel positivo? ¡Eso es como subir tres veces al páramo de la quebrada La Vieja! Ya estaba amaneciendo y se veía allá a lo alto, los riscos del cañón que estábamos serpentiando por sobre un sendero carretable. Analicé un poco y si hasta allá había que llegar, y además pasar al otro lado, y yo me las estoy dando de súper humano (me dolía la rodilla un montón y apenas iba en el kilómetro 11), decidí empezar a caminar a paso de campesino, de esos que le dicen a uno: “Eso le faltan solo 10 minuticos y llega”. Así continué hasta el kilómetro 15 donde ya estaba muerto, me dolían los tobillos y muy fuertemente la rodilla, tenía mucha hambre y sentía que por instantes se me cerraban los ojos; me senté un minuto en el suelo, no quería más, me dio mucha rabia, me preguntaba si era necesario estar ahí haciendo eso, el frío empezó a conquistar mi cuerpo y no había más opción que continuar. 

Pronto me alcazaron y pasaron tres deportistas que llevaban un buen ritmo, me fui detrás de ellos para motivarme a salir de ahí y empezó a llover, las manos se me congelaron, al punto que me las metía dentro de la boca para calentar los dedos, tomaba líquido para no deshidratarme, finalmente llegué al kilómetro 18, donde había una motocicleta parqueda transversalmente y el juez estaba empacado en un “sleeping bag” cubierto con una bolsa de basura negra, tumbado al lado de la berma y que, al sentir que yo había llegado, sacó una manito por un hueco de la bolsa y me señaló el sendero por dentro de la montaña que debía continuar mientras desde adentro gritaba: “hágale por allá”. Me causó un poco de asombro, casi le dejo unas moneditas pal tinto, a ese pobre si lo mandaron allá fue a morirse. Arranqué mi ascenso y el cuerpo se reanimó, se me empezaron a calentar las manos y alcancé unas cinco personas. En ese momento empezó a nevar…

¡Empezo a nevar!

Sí, estaba nevando, se veían caer gotas de lluvia, pero eran raras pues no se veía que tuvieran peso alguno, es más, parecía que flotaban y hacían movimientos de danza entre ellas, pero al caer al suelo se volvían agua. Me quedé un rato observándolas danzar, nuevamente estaba maravillado, me quería quedar ahí por siempre… Sometimes I Feel Like Screaming – Deep Purple. Bajé la mirada y los cristales se adherían a mi lycra pantalón formando una capa blanca, volví en mí (otra vez) y los dedos se me estaban poniendo morados, era hora de seguir.

Salí a un nuevo carreteable y ahí estaba, otra vez, como un arcángel guardián, como San Miguel Arcángel, mi amigo y compañero Oscar Mahecha, con su estilo Andy Warhol montañero, en el punto más alto de la carrera, rodeado de cientos y altísimos frailejones, con esa puta baja temperatura y con esa sonrisa y actitud que calentaba y derretía el más fuerte glacial. Le di un abrazo y aunque él llamo la atención de lo pálido y chatarreado que venía, saqué coraje de Pandillero y reactivé mi cuerpo, mi cuarto aire (siempre sale fuerza de algún lugar) y volví al ruedo. Venteaba muy fuerte y helado, me ardían los labios, el carreteable de bajadita se internó por dentro de un cañón y después de dos durísimos kilómetros y con poco oxígeno dimos un giro, por una portada tipo broche de ganado, luego una pequeña pendiente por un senderito y al salir por encima… el nevado del Ruiz en nuestras caras.

Dani Caribe Atómico

40 km en dos etapas, 3200 metros de desnivel positivo.

1ra etapa 15k 2 horas 06′

2da etapa 25k 4 horas 20′

Posición en la general 6.

Posición en la categoría 3.

Dedicatoria especial: Andrea Florez Martinez, Carolina Echeverri Obregón, Gloria Valencia, Samuel Esteban Valencia Mora, Sebas Valencia, Javi Lopez, Paola Fierro Garcia, Olguita y Trail Run Colombia.