V A M O S   P O R   E S E   V I A J E
Cordillera Trail
(cuando el porro se vuelve medicina)

Por: Dani Caribe Atómico

– Aaaaaaaaaa jajajaja
– No veo nada don Ernesto, por favor intente no reírse y saque nuevamente la lengua y diga Aaa…
– (cómo no reírse con ese nombre)
– Aaaaaaaa…
– No veo nada don Ernesto, aparentemente se ve sano. Las amígdalas sí están un poco grandes, pero no tienen placas y en general todo se ve bien.

Hace apenas un par de días había subido como un rayo a la cumbre del Edén a 4.800 m.s.n.m. por el Valle del Cocora, y no contento con haberlo logrado fuerte y firme una vez, lo hice otra más, de principio a fin. En los caminos tuve un millón de reflexiones, todas ellas a hacerme sentir mejor conmigo mismo, con mi cuerpo, desde su salud física, y con mi mente desde la actitud, la confianza y el amor. Definitivamente allá arriba interpreto el capítulo que más me gusta vivir.

Unos días después, ya en Bogotá, el universo pareciera que conspiró frente a toda la energía traída del monte, y me puso a prueba. Entre la espada y la pared, no resistí a tanta presión, que en la ciudad no es más que la cruda realidad, la consecuencia a algunas malas decisiones “sin reversa” de la vida y otras que ya traes “porque ajá”, con las que ya te vistes como la tercera capa de piel día tras día.

Me aturdieron con unos “uppercut” letales, dejando mi estado de ánimo mordiendo la lona, y casi a punto del “knockout”, percibiendo el declive de una vida anhelada como la irrealidad definitiva del alter ego.
– No merezco nada, pensé.

Sí, lo anterior no es otra cosa más que el intento desesperado de volver a conectar a la vida cotidiana y rutinaria, la que no elegiste vivir, la que “toca” para sobrevivir, con la que sueñas y que en pequeños lapsos de tiempo logras materializar. A veces me dan ganas de decir: “¡fuck you vacaciones!” (en medio de todo soy un viejo amargado).

Ya en el suelo y algo reventado por la golpiza, mi dolor y tristeza se combinó con el monóxido de carbono expulsado de los corazones envenenados y contaminados que componen nuestro entorno, hinchados de odio, de maldad, de interés y de grasa, y que ni la propia Caro, mi fiel, comprometida y creativa compañera pudo subsanar por más que cuando ella aparece convierte en oro mis días.

¿Por qué me cuesta tanto reconectarme? Algo no he aprendido bien, algo no he madurado. Mi cabeza se vuelve un caos, no entiendo nada y no encajo, y lo peor de todo es que el tiempo está pasando, y deseo tanto no tener estos “desiertos”… pero acá estoy dando vueltas “desvirolao” como un trompo que gira sobre su eje mientras se golpea contra las paredes, intentando hacer lo mejor posible sin “cagarla” tanto.

Días difíciles.

En algún momento hice consciencia de eso: de no cagarla tanto al volver de las “vacaciones”.
Recuerdo que a finales del 2016, cuando hicimos con La Pandilla Atómica la travesía de “La Toma del Café“, donde recorrimos 1380 kilómetros, y luego de diez y siete días de estar pedaleando por las carreteras del país, le dije a mi fiel escudero “Sebas”, parados sobre el puente vehicular de la calle 13 con carrera 30 y mirando al horizonte, intentando ver el Nevado del Tolima entre la capa de contaminación tan brutal de Bogotá, ciudad de origen y vuelta a la realidad:
– “¡Llegamos! Hay que tener mucho cuidado porque la recarga de energía de lo que vivimos no es compatible con la energía de la ciudad. Uno aclara muchas ideas que se transforman en esperanza y alegría, pero al llegar al lugar de origen una mancha envenenada lo quiere dañar”.

A pesar de tener conciencia de eso, después de esa llegada terminé –luego de sentirme muy fuerte y poderoso– en el hospital por quince días con una enfermedad “tropical” que a veces pienso que es hasta producto de mi propia mente. (También puede leer: https://estoyvivo.org/la-leptospirosis/)

Pero es curioso también que, en otro primer momento, el que le dio origen a mi alter ego “Caribe Atómico: un viaje en bici“, donde pedaleé en solitario 1186 kilómetros, al volver a Bogotá salí en mi moto a reunirme con mi hijo que me hacía una falta brutal, y en el trancón que se forma a la hora pico donde todos -al mismo tiempo- intentamos volver a casa, junto con los desniveles de las losas mal construidas que componen el suelo de la prestigiosa avenida “Autopista Norte”, un conductor de automóvil desprevenido de su entorno, de esos que andan por ahí diciendo “usted no sabe quién soy yo”, se acercó a mí con su auto justo en el instante en que yo perdía el equilibrio por causa de la asesina construcción, y donde tuve que exagerar la sacada lateral de mis piernas para no caer y en ese momento, el señor, que en definitiva no sé quién era, frenó su vehículo en seco sobre mi zapato, ocasionándome la fractura de dos dedos del pie.
– ¿Esta bien?
– Si, gracias por preguntar.

Conduje por espacio de unas cincuenta cuadras más, pero sentí tanto dolor que tuve que parar en la berma de un puente a respirar profundo y a entender qué era lo que me había pasado. El resultado fue un yeso desde la punta de los dedos hasta arriba de la rodilla por 30 eternos días que, entre otras cosas, me dejó por fuera del equipo con el cual iba a participar en las 24 horas de ciclo montañismo del IDRD (Instituto Distrital de Recreación y Deporte).

“La lengua es el azote del culo”

Volver de las vacaciones, de vivir en ese lugar por unos días donde siempre te quieres quedar definitivamente, es muy difícil y duro, y esta vez tampoco fue la excepción.
A conciencia tuve que ponerme la 10 (la camiseta de capitán de un equipo de fútbol) y tomar algunas decisiones para dirigir el juego de mi vida. El problema fue “el tonito”. Al pasar los días, y víctima de mi propia lengua, me empecé a sentir mal de salud. La conmoción de lo pronunciado para imponer mi verdad, me derrumbó.

Faltaba poco para iniciar el calendario de carreras de trail running con la competencia Cordillera Trail. Me encanta ir a las carreras pues, adicionalmente, es el lugar en el que me encuentro con los cientos de amigos que, como yo, hemos encontrado en la montaña el refugio ideal para nuestra vida y nacimiento de nuestros mejores pensamientos; pero a conciencia no me sentía bien, y de seguir así tendría que abandonar la idea de asistir al evento.

Podré ser torpe, terco y testarudo, pero nunca sería capaz de jugar con mi vida; adicionalmente, porque también pienso que no es necesario llevarle problemas a los amigos, a las organizaciones y a la familia por los caprichos propios. Uno debe ponerse la mano en el considere y saber hasta dónde puede llegar. Pero antes de tomar cualquier decisión, lo más prudente era visitar al doctor para entender lo que esta vez me pasaba.

Ir al médico de familia de la E.P.S. me recuerda a una amiga de mi mamá que, cuando nosotros éramos chiquitos, iba a la casa a leer el futuro mediante cartas. Ellas se hacían en la mesa que estaba en la cocina. Recuerdo un salón muy amplio, donde en unos de los extremos estaba la mesa de 6 puestos, vestida con un mantel blanco de rayas verdes entrecruzadas que formaban cuadrículas, y que al interior de cada una de ellas había diseños de motivos frutales. Sobre éste, mi hermana y yo jugábamos a una especie de guerra de piratas, donde la cuchara de la sopa hacía de catapulta que, al accionarla, disparaba las habichuelas y arvejas, cuyo objetivo era “enchocolar” (dar en el blanco) dentro del vaso de jugo que era de extracto de zanahoria o de remolacha. Por lo general demorábamos mucho rato ahí sentados, intentando comer lo que en esa época era incomible, mientras la correa colgaba de una de las columnas del recinto, vigilante. La orden era: “No se paran de ahí hasta que terminen”, y literalmente no nos parábamos de ahí en toda la tarde.

Cuando mi mamá llegaba, descubría que no solo no nos habíamos comido los alimentos, sino que además habíamos jugado con ellos y estaban desperdigados por todo el piso y manchado el mantel. Era de muy mala suerte que ella vistiera la mesa con ese mantel, pues sabíamos que ese día nos esperaba una “juetera” (golpiza con correa, o chancla, o con lo que encuentre), pues seguramente prepararía algo “especial”; caso contrario a lo que pasaba cuando la adivina venía a leer las cartas. Siendo éste un lugar donde a mi hermana y a mí nos iba mal, ella siempre decía, mientras iba sacando de a carta: “Su suerte bien, su suerte bien”. Con el tiempo, la cordial amiga de mamá no termino siendo sino una timadora más, objeto de todas nuestras burlas: “su suerte bien, su suerte bien” mientras todo para nosotros andaba mal (en la medida de ese tiempo escolar).

Espera uno muy juicioso y relajado el llamado por espacio de unas tres horas después de haber recibido el ficho para la consulta prioritaria, actitud muy bien desarrollada cuando lográbamos juntar el almuerzo con la cena en la mesa de mamá, y cuando finalmente está uno cara a cara con el médico de familia, que no deja de ser otro adivino, que va diciendo: “mmm, esto está bien, esto está bien”, y que ante el evento de no encontrar verdaderos signos de alarma –él quería ver una bola negra en la garganta–, sugiere hacer unos cocteles de analgésicos, desinflamatorios y antiestamínicos por un par de días, junto con unos gargarismos de desinfectante tópico bucal que, de haberlo sabido, hubiera preferido asistir donde el cura, otro adivino, a confesarme y recibir la sanación celestial.

“El pez muere por la boca”

Fueron tantas las cosas feas que dije para salirme con mi racional voluntad, además producto de mi inaceptable regreso, las cuales -aunque eran justas-, no era la forma de haberlas trasmitido y algo pasó en mi garganta: no era gripa, no era resfriado, no era amigdalitis. Creo que era karma, y hasta pasar saliva me dolía como si me estuviera pasando una lija grano 40.

Un par de días después, a seis del conteo final para la competencia, mi salud no mejoraba con el dichoso coctel, así que decidí volver al médico, quien hizo sus observaciones un poco más comprometido y resolvió enviarme orden para tomar antibióticos en tres dosis, una diaria. El tiempo apremiaba y la preocupación por la mejoría también. Empecé a echar mano de cuanta fórmula cultural existía: panela, limón, miel, extracto de propóleo, ajos, Halls negro (claro que ese me sirvió pa otras cosas) y protección física constante como gorritos de lana, bufandas, tapabocas, guantes y chaqueta.

“Cuando la mariguana pasa del uso recreativo al medicinal”
El tiempo pasa y nos vamos volviendo viejos. Uno lo oye decir por todos lados, pero… ¿experimentarlo? Sí, ya no es lo mismo que antes. Cómo añoro esos días en que uno le daba “juete” (paliza) al cuerpo y al otro día se paraba como si nada. Pero no hace mucho que estas “jueteras” fueron brutalmente satisfactorias, pues en mi caso, la leptospirosis además, ayudó a desarrollar más rápido el cronológico deterioro. ¿Métodos alternativos? Quiero correr, correr me encanta, pero necesito mi salud.

La noche antes de la gran cita del año nuevo trailero, acompañé a Carocoralina (mi novia) como buen caballeroso y comprometido hombre de las sanas y sinceras causas amoroso-afectivas, a una reunión de amigos de la vida de ella donde, entre otras cosas, sería “presentado en sociedad”. Pensando en la “extraña” ocasión, pues mi vida gira en torno a los shorts, camisetas transpirables y tenis, saqué mis mejores galas que aún perduran en mi closet: jean azul entubado, mi camiseta de algodón de Guns N´Roses y mis hermosos Converse negros; y para no desentonar, me puse mi chaqueta de cuero que me mimetizaba con el azul profundo del nocturno reencuentro.

Estaba muy elegante. Esa era la noche de la última dosis de antibiótico. La enfermedad que pudiera haber tenido ya se estaba desvaneciendo en un alto porcentaje, pero aún persistía; debía cuidarme, jamás bajar la guardia, así que firmes y de frente, con el pecho hinchado como paloma, y que no se note la pobreza: “primero muerta que sencilla”, asistí al añorado encuentro. Eso sí, busqué mis gafas para la presbicia, pues en la refrendada licencia de tránsito quedó inscrito como restricción: usar gafas. ¡Ay de mí con estas ganas de seguir dando lora!.

Ya en el punto de la celebración fueron llegando uno a uno los invitados. Empecé a notar características de las cuales no estoy muy acostumbrado: buenos modales, excelentes pintas: hombres con camisa de puños cerrados y mujeres de vestido y tacones. Yo intentaba mantener mi postura rectilínea para no ser juzgado y dar una buena impresión, pero el tema de diálogo me empezó a martillar la cabeza pues, aunque las enseñanzas de mi abuelita siempre las pongo en práctica: sonreír con la lengua pegada al paladar para que no se note la papada, la discusión me estaba preocupando al punto que me empecé a sentir como morona de brownie en sábana blanca, coloquialmente descrito –y para que usted que me lee me entienda mejor – como mosco en leche.

Sí, estaban hablando de la aparición de dolores y enfermedades producto de la edad. Y yo, que me creo –según Carocoralina– con el síndrome de Peter Pam (la M es de la pronunciación caleña), no resistí más la tentación de hacer un llamado a la audiencia para burlarme de las nocivas y degenerativas nuevas experiencias, no sin antes reclamarle a mi novia, delante de todos –y sin vergüenza– un exorcismo para sacar de mí todos esos conocimientos que no me interesaba albergar en mi mente, y de los cuales me declaro ajeno a ellos desde mi eterna adolescencia tardía.

Todo empezó cuando uno de los asistentes relató su historia con respecto al uso “por coincidencia” –eso dijo–, y como relajante, de una gotita en la lengua del aceite de extracto de mariguana, que por estos días anda de moda entre la sociedad de “riquillos”, ya que con la aprobación legal de su uso para fines medicinales, se ha convertido en uno de los mejores proyectos como negocio económico para invertir y ganar dinero “fácilmente”: el sueño de todos, pero que en el caso del gracioso nuevo amigo, describió como una “traba” terrible. Seguramente no lo necesitaba. Yo tampoco lo necesito. Pero todos estábamos muy pendientes de sus milagrosos beneficios, mientras escuchábamos el divertido relato de un hombre que sintió todo el peso de la Interpol por el llamado a la puerta –en ese instante–, de sus vecinos, pertenecientes a la ultra derecha política colombiana, y eso es peor que la misma oficina de seguridad con una orden de captura.

Eran tantas las carcajadas que produjo el escuchar la historia, que uno de los invitados en vez de reír parecía ahogado, hecho que me dio el “papayaso” para rematar diciendo: “La vejez realmente llega cuando te cuentan algo gracioso, y en vez de reírte, toses y te ahogas”.

En ese momento saltó otro de los invitados a defender a su veterano y ahogado amigo, reclamando mi arrogante juventud tardía, donde destacó que, el hecho de que me pusiera camiseta negra con motivo de banda de rock juvenil, no quitaba las canas que se pintaban –ya muchas– en mi barba, y no hablaban bien de mis prehistóricos años, y mucho menos la banda a la que hacía alusión la camiseta –Guns n´Roses–, ya todo un clásico del rock– , y que más bien lo que demostraban era mi cercanía con el doctor “manotas” y el temible estudio artesAnal de la próstata.

Gracias a Dios no estaba solo ante la magnitud de ese certero golpe que me aturdió por unos segundos, socavando la realidad de este pobre ser, que además ocultaba su verdadero estado tras el “doping” antibiótico –el cual me tenía preocupado, pues ya eran las 10:00 pm y debía ir a dormir para mi participación en la competencia–. Ante los alegatos del amigo, mi enamorada compañera inmediatamente intercedió por mí diciendo: “¡Pues a mí me gusta verlo así, con tal de que sea feliz y me haga feliz a mí!”, comentario que cayó como queja inmediata sobre las mujeres esposas de los asistentes hombres, que arremetieron contra sus compañeras, pues insistieron que la elegancia de sus camisas bien planchadas y botones apuntados hasta el cuello y puños, era influencia de la aplomada postura de ellas y no elección de los santos varones. Hasta uno de ellos declaró que ha sido tanta la imposición social del “buen vestir del adulto contemporáneo”, que intentando eludirlo para continuar con su “eterna juventud” y no desentonar, consiguió una camisa de cuello “mao” (cuello redondo con botones y sin alerones) para acudir a los actos sociales, pero cuando su papá se la vio puesta, hizo referencia a que si se había vuelto “jibaro” (expendedor de drogas). –Era el mismo de la gotita de aceite–. Al rato vino la cena y la hora de partir.

En otros momentos de la vida, recuerdo casi juntar la noche con el día de la carrera, y hacerlo muy bien; pero esta vez me sentía muy cansado. Los “viejitos” cincuentones tenían razón, pensé: ¿A quién quiero engañar? Este costal de huesos “ya no está para esos trotes”.

Me quedaban cinco horas para dormir y la toma de la última cápsula de antibiótico para partir rumbo a San Antonio del Tequendama, epicentro de inicio de la competencia Cordillera Trail, y aún debía definir si viajaba o no.



Las horas estaban vencidas y “lo que ves es lo que hay”, le dije a Carocoralina. Dormimos tan abrazados que sentí que ella me había dado todo su poder para recargar mi cuerpo durante el descanso. Al abrir los ojos, salté con la premura de ese importante día donde lo único que deseaba era brillar. La cabeza ya estaba produciendo muy buenos neurotransmisores de dopamina y serotonina. No importaba nada, solo brillar –era la consigna–.

Vestí mi cuerpo con los “chiritos” que personifican a ese Killian Jornet que todos llevamos dentro, agarré mis “corotos”, ajustamos el rumbo y nos fuimos: yo de corredor amateur aficionado y ella de espectadora enamorada.

Aún era de noche al salir de casa. Nos separaba un viaje de 61 kilómetros para la cita.
La noche se veía aún despejada y en el horizonte la sonrisa tímida de la luna intentando crecer a llena. Amanecía en Los Andes centrales colombianos. Por el oriente, el sol despuntaba al alba, coloreando de fuego incandescente los pocos rastros de esa nube producto del “rocío” que se adhiere a las cumbres reverdecidas de los páramos aledaños. Al ir descendiendo por la carretera desde los 2.800 metros de altura sobre el nivel del mar, el olor del aire va cambiando del que se siente fresco y helado por la cercanía a los suspendidos cristales congelados de las bajas temperaturas de la Sabana de Bogotá en la madrugada, por el del despertar de la vegetación tropical circundante, que se resistió a morir durante la helada y despejada noche, donde hacía presencia con los primeros rayos del sol, expeliendo ese aroma de “mujer recién nacida”, dadora de vida, que abre los ojos a un nuevo día: olor esperanza. (Y no es la Gómez, malpensado cochino).

Hacer “trail running” va más allá del deporte en sí, es un “turismo deportivo” donde el escenario se enaltece exponencialmente con la energía positiva y alegre de todos los participantes.

San Antonio del Tequendama vivió por quinto año consecutivo una de las mejores reuniones del atletismo de montaña. Desde la entrada al casco urbano ya se veían revoloteando los corredores que asistían a la vertiginosa cita; los parqueaderos, las tienditas, los restaurantes y hasta la iglesia –de los que dan gracias a Dios, se encomiendan y piden esa ayudita extra–, estaban abarrotados de personas, hasta el punto de perder el pudor y la vergüenza usando la vía y la plaza pública para cambiarse las ropas, pasando por el punto de desnudez sin temor a ser observados, pues además, entre otras cosas, nadie está pendiente, pues todos andábamos en el mismo afán.

Al ser la primera competencia del año, se dieron muchísimos reencuentros luego de la temporada de vacaciones decembrinas, que desfiguraron a muchas personas con los placeres alimenticios. Fotos, abrazos, sonrisas y promesas inconclusas de travesías y proyectos aventureros con ánimo de hacerlos realidad, fueron el desayuno del día.

Realmente esa es la principal razón –en mi caso– de ir a las carreras: impregnarme de tanta energía que despiden las personas que hacen parte de la aventura, de la montaña, del deporte; es algo que recarga y revitaliza el cuerpo, los sentidos, la mente y el alma. “Más millonario es el que tiene muchos amigos que mucho dinero”. A la cita llegarían algo así como unas mil doscientas personas. Un motivo que nos une con una linda y justa causa: ¡SENTIRSE VIVO!

Pero como todo no podía ser dicha, entre los divertidos alegatos por reclamos y excusas a la intermitente amistad por falta de tiempo y espacios, se unió la voz del director de carrera que, amplificada por el micrófono, dio inicio al conteo regresivo para comenzar la justa.

Yo aún estaba fuera del corral de inicio de la carrera, aterricé al momento, y era verdad que veníamos era a correr: la estampida de los de la punta de la carrera ya estaba a una cuadra de distancia, cuando sentí una profunda ansiedad, de repente hubiera sido suficiente con quedarme ahí charlando, pero la gente se estaba yendo. Sentí que ya había obtenido lo que buscaba, ya me había recuperado de todos los males: ¡NO ERA NECESARIOOOOOOOOO!
Y corrí.

Corrí como si no tuviera piernas, más bien eran alas, pero no iba rápido. Estaba ahí sostenido en el lote de los de atrás, viendo el universo de la carrera desde la cola. Obvio, tenía algo de temor por mi salud y no quería desbocarme por lo que sabía que no tenía preparado, así que decidí disfrutar, disfrutar de la gente, de sus rostros, de su afán, de sus luchas internas, de los demonios que los acompañaban… se sentía, se sentían los propósitos. ¡Qué lindo es competir! A la final, las personas de la cola de la carrera compiten consigo mismo, contra sus miedos, venciendo al no.

Como la ruta era ya conocida por las múltiples participaciones, decidí intentar adelantar para no quedar rezagado en los segmentos donde se corre “uno a uno”. Sentía el cuerpo tan liviano, o no sé si era la sensación de la comparación del ritmo promedio de los acompañantes, pero a medida que avanzaba quería más y más.

Mi participación fue en la distancia de doce kilómetros. Podrá sonar poco, pero el desnivel positivo era aterrador en tan corto espacio: ¡1400 vertiginosos metros! Popular y técnicamente a eso se le identifica como: ¡UNA PARED!

Se me disparó el chip de la competitividad y empecé a apretar, pero al llegar al sitio de avituallamiento me relajé al punto de identificar la ingesta de bebida isotónica y frutas como un segundo desayuno, mientras hacía bromas de mi soterrada desnutrición con los voluntarios campesinos. Bueno, y también seguía observando el comportamiento de los atletas, que para ese momento y lugar, ya varios presentaban en sus rostros el agotamiento físico, al punto de nublarles la orientación y no visualizar que la ruta continuaba en escalada por el sendero de trocha –muy bien señalizado– y se iban por el carreteable –era más ancho–. Inclusive, al hacerles el llamado de atención, hacían caso omiso y además generaba la impresión y burla de los hasta ahí presentes. Solo atiné a pensar y decir: parecen zombis, van con audífonos, perdidos, no hidratan, no comen nada, no llevan mochila de autoabastecimiento… son extraños, pero pues cada quien con lo suyo.

Reinicié la carrera, que todo el tiempo iba en subida, con la misma intención de seguirme divirtiendo pero apretando el paso. El cuerpo respondía muy bien al sometimiento deportivo. Con el paso de los kilómetros la vegetación iba cambiando, hasta llegar al bosque de niebla, enteramente tupido por los vastos árboles y recubierto de musgo por doquier; el canto de las aves armonizaban junto con las caídas de agua el sublime ascenso, que Dios gracias, tengo la oportunidad de llevar grabado en mi mente y en mi corazón junto con ese aroma de “mujer recién nacida” dadora de vida, de la Pachamama, de Bachué, dándole la bienvenida a estos hijos de la montaña, hijos de las ganas y del “perrenque” por estar vivos.

El punto de mi concentración fue máximo, y al contrario de ir desvaneciéndome en fuerzas, paso a paso iba pidiendo más; el cuerpo se recargaba al avanzar, y aún después de llevar casi dos horas dando todo lo que había dentro de mí, tuve la sensación de no querer parar, de quedarme corriendo todo el día por ese mágico lugar que llenaba mis pulmones de una fuerza entrañable, de un oxigeno renovador, que invadió todo mi cuerpo de una explosión, de un Big Bang que me reafirmó lo inmenso de la vida, y que no necesitaba nada más que mi cuerpo para lograrlo, de mi mente para crearlo, de mis ojos para verlo y de mis brazos extendidos al cielo dando infinitas gracias, pues para la montaña todo lo demás concebido está por debajo de ella, y yo estaba ahí, con ella.

A pocos metros ya de la gloria, habiendo dominado ese veneno maldito que me lleva al infierno, me sentí orgulloso, había recuperado ese ser que a veces olvida –por su torpeza de mortal– la alegría siempre constante –dentro de la necesaria tristeza– de un alma indomable, mientras volaba con mis piernas sobre esos últimos escalones de la entrada del Parque y Reserva Natural Chicaque, cuando vi la “meta” que me impulsó con la fuerza del amor, de sentirme vivo, de sentirme fuerte y sano, de sentirme feliz y de caer en sus brazos con toda mi humanidad para reposar por todos los siguientes días en ella: Carocoralina. No fui el mejor de la carrera, pero fui el mejor para mi carrera, coroné la cima y la selle con un gran beso de bienvenida como “¡campeón de la vida!”.

 

Dani Caribe Atómico.
Puesto en la general: 43 de 589 para 12k
Tiempo: 2H 2´25”
Diferencia con el primero: 33´

2 Thoughts on “Vamos por ese viaje”

  • Las travesias diarias de nuestras vidas que hemos pasado y pasado las has reflejado tal cual son con las vivencias de la niñez, las reuniones donde no encajamos pero nos divertimos y sobre todo por lo que nos hace definitivamente felices “EL DEPORTE”. Gracias por tus vivencias llenas de recuerdos, tristezas, alegrías y sobretodo de mucho amor compartido.

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