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(¡No me deje morir, perro!)

 

Por: Dani Caribe Atómico

– Cálmese, cálmese señora, ¿Usted venía con los accidentados? ¿Usted es Juanita? 
(mucho barullo y tensión)
– Si me toca, lo denuncio con la policía. Déjeme pasar, ¿Dónde está mi papá?, ¿qué les pasó?

Y cayó en mis brazos.
(Silencio).

Estaba muy oscuro, las luces frontales fallaban ante la niebla espesa, casi llegaba la media noche, éramos cuatro rescatistas, conmigo a la cabeza. Antes de caer, pensé en encamillarla de pie, sabía que iba a entrar en shock, estaba muy afectada por el accidente en las rocas; gritaba, estaba muy angustiada, pero tampoco supe reaccionar a tiempo y se me fue.

Treinta minutos antes estábamos todos los socorristas compartiendo en la carpa principal, con algo de jolgorio, pues habíamos terminado un día muy positivo de nuestras actividades, hasta que se activó la alarma de incidente. También entramos en shock, pues no esperábamos una emergencia a esa hora. Nos indicaron que había ocurrido un accidente en las rocas, lugar donde la gente se reúne a realizar la práctica deportiva de escalada natural, y nos habían designado a nosotros para atender el suceso.

Tomé la iniciativa de comandar el rescate. Ya sabíamos que eran cuatro los implicados en el accidente y me autoproclamé “cabeza de cabezas”, pero a la vez era “cabeza” también… Grave error.

El rescate tiene dos tipos de líderes, la “cabeza” y el “cabeza de cabezas”. El primero será ese que, una vez hallada la víctima, literalmente, se casa con la cabeza (de la víctima); será el líder encargado de esa específica acción, y es en quien reposará la responsabilidad de ayudar al máximo a esa persona que ha caído. El “cabeza de cabezas” será el que dirija toda la logística de la operación y deberá estar pendiente de las necesidades de las “cabezas”.

Salimos en bloque de búsqueda y prontamente llegamos al lugar donde se oían unos gritos de “Ayuda”. El lugar era boscoso y remoto, avanzamos con precaución mientras hacíamos el llamado a las víctimas para poder accesar a la escena. Eran las once y veintiuno de la noche, a 3.000 m.s.n.m. De mi frente caía sudor por montones, estaba muy ansioso, tenía algo de susto, era mi primer rescate como líder de operación.

Entre los arbustos caídos en el suelo, en unas posiciones poco anatómicas, aparecieron las tres primeras víctimas: dos estaban conscientes y gritando, la otra inconsciente.

– Amigo, ¿me escucha?
(con un grito desgarrador contestó)
– ¡Ayuuuuuudaaaa, mis piernas, me dueleeee!
– Amigo, ¿me escucha? 
– Siiiii, ayúdeme 
– ¿Qué les paso? 
– ¡Nos caímos de la roca! 
– ¿Cuántos son ustedes? 
– ¡Somos cuatro! ¡¿Me va a ayudar?! 
– Tranquilo señor, ya vamos a ingresar por ustedes, ¿cree que es seguro para mi equipo acercarse donde ustedes están? 
– ¡Siiii, por favor, ayuda!

Luego de asegurar la zona, ingresamos unos quince rescatistas al punto cero. Había tres víctimas que inmediatamente fueron atendidas por una parte de mi equipo, pero faltaba una, según lo enunciado por una de ellas. Ante el estrés, ordené a los socorristas “libres” iniciar la búsqueda. Unos minutos después, no había rastro de la cuarta víctima. Volví a la escena y pregunté a uno de ellos:

– ¿Cuántos son ustedes? 
– Yo vengo solo, ¡ese señor me cayó del cielo! (Apuntando a la otra víctima).

Corrí donde estaba:

– Señor, ¿Cómo se llama usted? 
– ¡Nicolás! 
– Nicolás, ¿cuántos son ustedes? 
– Vea señor, falta Juanita, ella cayó del otro lado, pero ayude a Carlos, ¡está muy mal!

Di la orden, según la indicación de Nicolás, de iniciar búsqueda hacia el otro lado. Mientras, alcancé a ver a los socorristas que estaban con la víctima de nombre “Carlos” iniciando RCP, lo que me decía que había dejado de respirar.

En ese momento Eder gritaba diciendo que había encontrado a Juanita, pero ella corría desesperada y no se dejaba hablar, estaba como perdida, angustiada e histérica. Salí a intentar detenerla, llegó hasta el punto 0, la bloqueé para que no entorpeciera el rescate. Gritaba, manoteaba, lanzaba patadas, yo le pedía que se calmara. De pronto, fue como si se hubiera desconectado, su mirada estaba en “Carlos”, y se desvaneció en mis brazos, mientras decía: papá.

Estábamos en una zanja muy inclinada. Ella quedó sobre unos arbustos, pensé en sacarla de ahí cargada para iniciar valoración en un lugar más cómodo, pero no confíé en mi instinto y pregunté a mi equipo, quienes sugirieron encamillarla. Yo estaba perdido, estaba en la “visión de túnel” (visión de túnel: solo hay un punto al frente y uno se obliga a ir a él, sin mirar las posibilidades que hay alrededor). Miré el entorno y había un rescatista tendido en el suelo recibiendo atención por parte del equipo. Gritos, sangre, llanto… Miré a Felipe y le pregunté ¿qué hago hermano? y él solo atinó a desviar con su mano gigante la luz de mi frontal que le había encandilado los ojos cuando le pregunté…

Entonces solo pensé en que no quería estar ahí…

Moví la cabeza de lado a lado, me sacudí y abrí los ojos. Al parecer todo había sido una pesadilla: Juanita, Felipe, Eder, Nicolás, Carlos muriendo… ¡Había sido una pesadilla!

Me incorporé lento mientras tosía fuerte, tenía una gripa terrible y estaba empapado en sudor. Alcanzaba a escuchar un silbato como afuera. Me dolía la cabeza. Entonces entendí la situación: estaba dentro de mi carpa, y recordé que realmente estábamos en acuertelamiento por posible emergencia en zona de conflicto; recordé que el silbato era la clave para el llamado de emergencia. Abrí la bolsa de dormir, ya estaba vestido, solo faltaba ponerme las botas y el casco con la luz frontal. Salí de la carpa y llovía. Miré el reloj: eran las 12:20 de la noche. Mareado aún, acudí a la carpa principal donde ya había varios socorristas haciendo la profilaxis (preparando equipos y materiales de rescate). Yo me presenté, la cabeza de cabezas me incluyó en el bloque de búsqueda con otros tres: Felipe, Eder y War, nos entregaron radios y salimos en búsqueda de las víctimas.

Todo pasaba tan rápido, que apenas podía pasar saliva y sentía la boca seca.

 

El clima estaba muy difícil, llovía, había mucho barro, mucha neblina, la luz de los frontales no proyectaba nada más que una pared blanca frente a nosotros. Más o menos teníamos certeza de la zona del accidente, pero debíamos avanzar con mucho sigilo pues había muchos barrancos. Pronto escuchamos el grito de ayuda, había un señor, muy ruidoso…

(Felipe entró en acción).

– Señor: ¿me escucha? 
– ¡Ayudaaaaa!

Ese grito desgarrador……. La muerte rondando las tinieblas de la noche, la lluvia no cesaba, se sentía el frío que se metía por los sentidos venciendo las fibras sintéticas de la ropa técnica que protegía mi piel con su oscura presencia…

– Señor, ¿Qué le pasó? 
– (con llanto) el paracaídas no abrió… ¡ayudaaaa! 
– ¿Cómo se llama usted? 
– Gabriel… 
– Gabriel, escúcheme: ¿Usted está solo?, ¿O hay alguien más con usted? 
– Mis compañeros… no sé dónde están (con llanto).
– ¿Cuántos son? 
– Tres. 
– ¿Podemos acercarnos donde usted está? 
– Siiii, por favor ¡ayudaaaa! Me voy a morir… (llanto)

Felipe se dirigió a nosotros y nos dio la orden de continuar revisando el perímetro. Ya habíamos hallado una víctima del accidente que se encontraba “alerta”, lo cual lo ponía fuera de peligro y nos daba tiempo para ir en búsqueda de los otros.

Eder y War se fueron por la izquierda y yo arranqué por la derecha internándome al bosque, donde la niebla disminuyó, pero la sensación de horror aumentó. Desconocía totalmente la zona y tenía miedo de una emboscada, alumbraba poco a poco los árboles, y no hallaba nada…

– ¿Alguien me escucha?
(silencio absoluto)

El miedo se apoderó de los latidos de mi corazón, los cuales retumbaban en el pecho como si unos tambores africanos estuvieran acompañando el ritual del sacrificio, y yo: la víctima.

Seguí avanzando hasta que llegué a una zona con varias ramas caídas y una densa maraña de matorrales y, entre ellos, otra víctima del accidente. Me arrastré por el suelo hasta que llegué a ella, aún respiraba, pero estaba inconsciente, había mucha sangre. Pronto salí de ahí para avisar al equipo de rescate, pero di la vuelta por otra ramada. Tenía reconocido el sendero por el cual me había adentrado, solo debía trepar unos metros de donde estaba, pero al intentar hacerlo, resbalé y ahí encontré la otra víctima; también estaba inconsciente, respiraba con dificultad y había perdido una mano. Intenté llamarlo, la escena era terrible, había mucha sangre, estaba enredado entre las ramas. Ahí sentí la presencia de los compañeros socorristas cerca, así que corrí, no sé claramente con qué parte de mi cuerpo lo hice, pero corrí mucho, sentí ver la muerte directo a los ojos, ese último señor estaba muy mal, los ojos habían dado vuelta y eran totalmente blancos, al respirar le salía sangre de la boca, y la mano… la mano a un costado colgando aún de algunas hilachas de piel. Los socorristas llegaron a él en cuestión de segundos.

Según el objetivo, habíamos hallado a tres víctimas, pero aún faltaba una. Volví al lugar inicial, donde encontramos al primero para poder tener noticias de Eder y War, los cuales no habían encontrado a nadie más. Así pues que corrimos en búsqueda de la cuarta víctima.

Yo seguía estando muy ansioso, satisfecho porque, ante las dificultades del terreno, ya estábamos atendiendo el accidente, pero impresionado de lo que a esos hombres les había pasado. No podía creer la magnitud de las lesiones y tampoco entendía cómo habían llegado hasta ese lugar, lo que el destino les tenía preparado; entonces fui consciente de la fragilidad tan grande de la que somos presas y de nunca valorar el que “todo” puede pasar…

“No ha pasado nada que ya no sepas. Cada vez recuerdo más que, sin importar el lugar, ni el dinero, el día se vive hoy, se ríe hoy, se goza hoy, desde donde estés, con los que estén y con lo que hay. Que el tiempo no existe y que no hay un mejor lugar que el que te dé la tranquilidad de saber que ahí, desde donde no hay nadie más que tú, estás tranquilo”.

Suesca, campamento de siete días para certificación WFR (rescate y primeros auxilios en lugares remotos). Historias de simulacros con objetivos académicos que viví en carne propia como si de verdad fueran sucesos de la vida real pues, aunque me dijeron que me lo estaba tomando muy en serio, quién putas me dice que todo lo que veo, oigo, siento y vivo… ¿no es real?

Estoy Vivo, y certificado: yo… y Lepti.

Tener la certificación es una obligación como ser humano que todos deberíamos incluir en nuestro currículo de vanidades. Debería ser de carácter obligatorio en todas las instituciones académicas pues, sin importar la posición que ocupes, el lugar o los recursos, es algo que en algún momento podrá servir para beneficio de nuestra especie.

¡Ya hay otro soldado más entre nosotros!

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